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Batallon de San Patricio (Patricia Cox) Capitulo 9

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Capitulo 9

 

Lo que ha de ser.

 

-Acuérdate que eres polvo y que has de volver al polvo...

El sacerdote trazó sobre su frente la señal de la cruz con la ceniza bendecida. Una vez más volvía a escuchar aquellas sacramentales palabras que ponen al hombre frente a la eternidad al día siguiente de carnestolendas. A su lado, Constancia y nana Matilde tenían el rostro transfigurado por la devoción.

Habían ido hasta el pueblo para cumplir con el precepto de la cuaresma. A Matilde la habían enseñado a hacerlo así y ella a su vez había enseñado a la Constancia. Las mujeres de los peones, con sus hijos y los viejos, habían ido a acompañarlas con el mismo fin, y salieron desde muy temprano para regresar antes de que cayera la tarde. El día era gris y frío y soplaba un viento destemplado, de esos que anuncian las heladas en las tierras desiertas.

Matilde sabía del noviazgo de la niña; esto la intranquilizaba porque, "entre santa y santo, pared de cal y canto", según decía, mucho más si Cayetano desconocía aquellos amores que podían no ser de su agrado. Los extranjeros no habían logrado en México otra cosa que desconfianza y hasta corría un dicho que lo señalaba significativamente: "No te cases con extranjero, que quiere criada o busca dinero"; y eso privaba entre gente de mediana posición, ¡qué no sería entre pobres que no tenían que dar, sino las tierras agrietadas y resecas de San Lorenzo!

Movido por ese presentimiento, había ido Matilde una noche a la habitación de O'Leary y le preguntó abiertamente cuáles eran sus intenciones para con la niña.

Había penetrado furtivamente y soltó la pregunta sin preámbulos. La Matilde no era para andarse con rodeos.

-Tengo ojos en la cara y me doy cuenta de las cosas. Eres lo bastante hombre para darte cuenta de que la Constancia es una niña y con nosotras no vas a jugar -le había dicho.

Juan sonrió para tranquilizar su inquietud y le repuso:

-¿Qué intenciones puede tener un hombre como yo si no son las de casarse como Dios manda?

-¿Y por qué no hablaste con el amo antes de que se hubiera ido y dejara las cosas en regla? Mira que él lo presentía, y me lo dijo: "Cuida de Constancia, si yo le falto y no vuelvo, no la abandones y mira que se case bien casada" Para Cayetano no es el caudal lo que hace un buen matrimonio, sino todo un hombre...

Juan se acercó hasta ella y la codeó con sus brazos, la llevó a su asiento y procuró calmarla.

-Antes que Cayetano se fuera, Constancia no me había dado siquiera esperanzas. Era esquiva y no me miraba. Un hombre de mi edad no puede jugar con una niña...

--No debe, dirás..., porque jugar, sí que pueda hacerlo, mucho más un hombre como tú, que debe tener más mañas que el mismo diablo...

 Juan soltó la risa, una risa alegre y divertida. Matilde le miró con enojo.

-Ya conozco tus santas opiniones sobre los hombres, Matilde..., pero no todos hemos de ser lo mismo.

Comenzó a caminar por la habitación; su alta figura se amplificaba contra el muro, iluminaba por la llama de la lámpara de aceite. Se detuvo y apoyó las manos sobre la mesa mientras buscaba la mirada rencorosa de Matilde.

-Dime qué debo hacer para convencerte de que tengo intenciones honradas...

La luz de sus ojos, intensamente azul, la trastornó. Aquella mirada era capaz de conmover a una roca, su sonrisa hacia amable el rostro y anguloso hasta la barba rojiza parecía iluminar sus ojos. Contra su propia voluntad, Matilde sonrió débilmente mientras pensaba: tiene razón mi niña en perder la chaveta por este individuo.

-no sabemos nada de ti, de tu familia, de tu tierra -dijo como pretexto que comenzaba a debilitarse.

-Te he hablado de mi y de mi tierra; de mi familia tengo poco que decirte porque nos hemos perdido. Parece extraño que los parientes desaparezcan a veces, como si jamás hubieran existido. De mi solo podría contarte una triste historia de tránsfuga, la vida de un hombre que huye sin encontrar refugio, sin ninguna esperanza, sin fe siquiera en sí mismo, hasta que un día, moribundo y más cerca de la muerte que de la vida, unas manos piadosas le dan lo que nunca tuvo, lo que buscó siempre, sin encontrarlo -se arrodilló y tomó las manos de Matilde y las llevó a su pecho, hasta sentir las palpitaciones de su corazón, y la miró a los ojos-.¿Me crees ahora? -preguntó-. ¡Tu corazón, entumido por los años, puede despertar y oír el llamado de mi amor! Más todavía que esto -dijo aprentando las manos contra el pecho- es Constancia para mí. ¡Mucho más que mi vida! Lo único por lo que puede vivir un hombre como yo...

Matilde bajó los ojos y procuró desasirse de aquellas manos, mientras murmuró débilmente:

-dios te castigue si mientes, Juan O'Leary... ¡Estas manos que cuidaron tu cuerpo y que trataron de salvar tu alma, te darán la muerte si dañas a Constancia...., si te burlas de esta casa donde los Uribe nos dieron amparo a ti y a mí, cuando éramos vidas sin rumbo!

-Dios me libre de hacerlo, Matilde. ¡Por la salvación de mi alma y de la tuya!

Guardaron los dos silencio, fatigados por aquel momento en que ambos quedaron frente a frente. Matilde se levantó para marchar, pero Juan la detuvo:

-Tengo que irme , Matilde, y no esta lejano el día en que deba hacerlo. Tengo  que cumplir primero mi deber, para venir por la niña  o para quedarme con ella para siempre. ¿qué se yo? Pero quiero pedirte que la cuides como cosa mía, no solamente tuya y de su padre. Ella es lo único que tengo..., y si no vuelvo, Matilde, es porque morí lejos y sus manos no cerraron mis ojos. Entonces ayúdala a olvidarme, ayúdala a encontrar el amparo y el cariño que yo hubiera querido darle...

Su voz tenía un acento opaco, hundido en el dolor anticipado de las cosas. Matilde tembló y le tomó las manos en un impulso de afecto.

-¡volverás!... -le dijo-. ¡tienes que volver!

-No somos dueños de nuestro destino, Matilde. Estamos todos empeñados en una guerra, y un desertor como yo, tiene en contra su ley del fuerte, aunque ampare la justicia del débil. Sé lo que me espera si caigo prisionero, ¡y créeme que en ese caso preferiría morir combatiendo!

Matilde se cubrió el rostro con las manos, horrorizada.

-¡por el amor de Dios..., no digas siquiera! ¡ No llames a la mala suerte!

Juan sonrió tristemente.

-No la llamo. Dios es testigo de que nada hay más lejos de mi deseo que invocar a la madrastra de los hombres..., pero no sabemos lo que pueda suceder. Una guerra no es un juego, Matilde, y menos una guerra como ésta, en la que los mexicanos no tienen ninguna seguridad para ganarla. Los invasores son dueños ya de más de la mitad del territorio.

Le tomó el rostro con ambas manos y la acarició con ternura.

-No digas anda de lo hablado a Constancia. Quede esto entre tú y yo, como un secreto. Ella lo presiente, pero no lo dice. Yo adivino la lucha que hay en su tierno corazón y por qué trata de engañarse, ¡pero deben ser terribles sus noches sin consolación, sus días que aparenta alegría! ¡No seré yo, Matilde, quien le mienta un cariño; no seré yo quien la haga infeliz! Daré mi vida por la libertad de su patria, que ahora es mía también. Como irlandés, yo te lo digo: sé lo que significa el dominio de gente que habla otro idioma y tiene otro credo religioso. Al amparo de lo uno y de lo otro se esclaviza al hombre y se le despoja de la tierra de sus mayores, de la casa que construyeron las manos de los suyos. A veces pienso que Cristo nuestro Señor sentiría vergüenza de que se use su nombre para invocarlo y se practique lo contrario a lo que Él nos enseño...

Matilde se persignó y movida por un recóndito impulso levantó las manos y le bendijo, después, tímidamente, le besó.

-Matilde..., mi vieja y buena Matilde -dijo él estrechándola contra su pecho.

No volvieron a hablar para nada de todo aquello. Parecía que se lo habían dicho ya todo, pero Matilde, fiel a la suplica recibida de Cayetano, no abandonaba para nada  la muchacha. Si acaso alguna vez, haciéndose la distraída, los dejaba marchar delante de ella cuando por las tardes salían al campo a recoger leña. Así por lo menos, se decía, no dirán que no los dejo en libertad.

-Las fiestas de carnestolendas se quedaron en el calendario. ¿Quién iba a tener alegría para ponerse frente a la caza una mascara y hacerle bromas al vecino? Apenas estaba el tiempo para vivir en duelo y trabajar duro para no pasar hambres. Por lo menos descansaban algo, porque Cayetano no había traído mas heridos hasta San Lorenzo.

Y, sin embargo, para Constancia y Juan O'Leary, aquellos breves días fueron de felicidad. Se aferraban a ellos con renovado brío, con ansias de plenitud y de vida; sabían que el mañana era incierto y que pronto llegaría la hora de partir.

La anticipada primavera era calurosa y seca por el día y helada por las noches. Las cabañuelas no habían traído agua que pronosticaran lluvias para las cosechas. El tiempo era tornadizo como el hombre.

O'Leary pensó que la primavera era, en mucho, semejante a la juventud, calida y potente, pero sin la frescura de las lluvias, estremecida por la angustia de una tierra atormentada y seca. Así creía él que era el hombre cuando la vida desprende de la niñez la promesa de sus ilusiones y de sus sueños. La adolescencia tiene amarguras trágicas, tormentos inútiles, desvelos estériles. Y temblaba como un padre como un padre al pensar que Constancia pudiera tener una  juventud como la suya, inquieta y dolorosa, afligida por un amor frustrado y ausencias imprevistas.

-Me duele quererte tanto..., y que me quieras - le había dicho esa mañana, mientras marchaba delante de Matilde, las manos enlazadas, retrasando el paso

-Lo que es, es; y lo que ha de ser, será; le respondió Constancia,  como si en aquellas palabras renunciara a toda idea de lucha y se entregara con las manos atadas al fatalismo.

"Acuérdate hombre que eres polvo y que has de volver al polvo..." La voz del sacerdote era monótona, el ademán mecánico para trazar el signo de la cruz sobre muchas cabezas, y , sin embargo, cuán hondas había llegado hasta el mismo corazón irlandés.

¿Salí alguna vez del polvo?, se preguntó con tristeza. ¿No he sido sino una brima al viento y un árbol sin raíces?

Y pensó en Deirdre y en aquella hija a la que no conocía, de la que supo su existencia por referencias de Dennos Conaban, soldado de aventura en España como él y perdido después en los azares de aquella guerra.

Se sintió invadido por una profunda melancolía, por la nostalgia de una ternura jamás sentida. Constancia le miraba y apoyó su mano sobre las suyas.

-¿Estas triste? -preguntó.

-¿Por qué no estarlo? -respondió.

Desde un rincón del templo la Brígida les había visto, y una curiosa sonrisa se dibujo en su rostro.

A la salida procuró hacerse la encontradiza con ellos, así pudo observar a sus anchas al hombre que ocupaba, por derecho, el sitio que Macario Pacheco quisiera para sí. ¿Había aceptado Cayetano Uribe a un extranjero, a un desperdiciable yanqui para que su hija sustituyera a su enamorado galán?

Marcharon juntos y la Brígida procuró charlar con la Matilde. Tenía necesidad de aclarar muchas cosas que le interesaba saber, por si acaso...

Y naturalmente, Matilde relató cómo había llegado O'Leary a San Lorenzo y cómo la noche en que agonizaba, se presentó Macario por sorpresa.

-Tú no puedes quererlo, ¿verdad? -preguntó Brígida.

-Tengo razones que tú sabes...

-No por nada se lo tragó la tierra. Nadie sabe de él, ni su propio padre.

Matilde rió con una mueca desdeñosa.

-Ha de querer esconder su cara cortada.

La Brígida suspiró y dijo con fúnebre acento:

-Por lo menos la Constancia nos vengó a ti y a mí, ¿verdad?

-¡Hemos odiado años y todavía no nos aliviamos de ese mal!

-¡Como crees que vamos a olvidarnos, si nos envenenaron la vida para siempre!

Las dos mujeres guardaron silencio, ambas metidas en su pensamientos y en sus tristezas. Caminaban una a lado de la otra, como dos sobras negras en el oro de la tarde. Delante de ellas, Constancia y Juan marchaban juntos de la mano, golpeando a su paso las piedras sueltas de la vereda.

-¿No va a unirse con las tropas? ¡Yo puedo encaminarlo! -dijo una voz de hombre mitad arriero, mitad soldado.

Constancia intervino violenta, casi disgustada:

-Es de la gente de Cayetano Uribe -dijo secamente.

-Bueno, lo decía por si quería -dijo el hombre disculpándose.

-Quiere, porque no es ningún cobarde -terció Matilde-, ¡Habrías de ver como nos lo trajo el amo! ¡Se lo quitamos a la muerte de entre las garras! Pero no se moverá de aquí hasta que Cayetano Uribe no lo disponga.

El hombre se llevó la mano al sombrero en señal de saludo. La Brígida se despidió y siguió con ellos.

La gente de San Lorenzo tomó su camino. Ya bajaba la tarde y el sol untaba sus dedos de sombra sobre el llano. Constancia, temblando, se estrechó junto a Juan.

Matilde, como si rezara, iba murmurando:

-¡Malditos..., malditos..., malditos!

Una de las mujeres, como para librarse de  malos pensamientos y deseos, levantó la voz:

Alabado sea

el santísimo sacramento

del altar.

 

Las otras voces respondieron

Y la limpia  y pura

Inmaculada Concepción.

 

Ardió la yesca tallada por el pedernal y se encendieron los ocotes. Una fila de luces temblorosas se extendió por el campo. La noche venía bajando y el aire frío anunciaba la helada.

Ya estaba San Lorenzo a la vista, como un remanso. O'Leary la miró con ansia, como si fuera la última vez que tendría cobijo bajo su techo. Allí había vivido las mejores horas de su vida y, por extraño que pareciera, sintió de pronto el deseo de abandonarlo de una vez por todas y de ir al encuentro de Cayetano Uribe.

-¿Dónde crees que esté tu padre? -preguntó a Constancia.

-No se..., no se..., ¿cómo voy a imaginarlo siquiera si ni aquellos hombres lo supieron? ¿Quieres irte ya? - le preguntó rehuyendo su mirada.

-De una vez Constancia..., antes de que puedas avergonzarte de mi, antes de que yo mismo me sienta un miserable...

Una angustiosa prisa se apoderaba de él y le enfermaba de impaciencia.

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Comentarios Batallon de San Patricio (Patricia Cox) Capitulo 9

El Batallón de San Patricio es una de las tantas heridas que tenemos que lavar los mexicanos. ¿Como puede un pueblo progresar en su proyecto si lo han enseñado a despreciar sus triunfos y a desdeñar el sacrificio de los que han creído en él? El sefardita, el español, el francés y el yanqui nos han invadido muchas veces. El último más de cien veces ha violado nuestras fronteras físicas amén de las infinitas violaciones a las políticas y culturales. Desde La Conquista, la violación es institución. Cortés, De Alvarado y compañía y luego los sefarditas y españoles durante La Colonia y el de los yanquis y los franceses que humillaban sistemáticamente a nuestras mujeres, violándolas. El que se nos esconda que los sureños esclavistas vendieron mexicanos como esclavos no quiere decir que no haya sucedido. Los Rojos Valientes son nuestros héroes y el olvido oficial no quiere decir que no hayan existido y vencido al yanki hasta el últrimo día de su vida.
Othón Echavarría Othón Echavarría 16/07/2009 a las 16:42

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