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Batallon de San Patricio. (Patricia Cox) Capitulo 8

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Capitulo 8

 

Confusión

 

No era que Cayetano hubiera abandonado la idea de buscar a Macario. Pacheco; cada día le odiaba más y  procuraba no recordarle. ¡Si pudiera borrárselo del pensamiento! Pero allí lo tenía, clavado, ardiéndole como lumbre en la carne viva. ¿Y como habría de olvidarlo si en cualquier momento, a cualquier hora podría volver a San Lorenzo y encontrar sola a Constancia? He de encontrarlo, se decía, así ardiera como yesca y la guerra le cobrara su presa. El desquite sería de otros, como le aconteció a Enésimo y a tantos otros como él. ¡Pero el no se cansaría de odiarlo! ¡Sus hombres todos tenían la consigna de buscarlo, y aquel que lo encontrara le ajustaría las cuentas si no podía hacerlo por propia mano Cayetano Uribe!

Volvía a San Lorenzo con ansia de abrasar a su Constancia, ahora más que nunca querida. Su hija era valiente y brava, como la Matilde, pero no quería que, como ella, tuviera la vida amargada por la soledad y los recelos.

-¡Pensar que hicimos la independencia para ser libres y no lo conseguimos! -dijo a su compadre Enésimo García, padrino de Constancia, que andaba con él en las guerrillas y volvía también a San Lorenzo.

-Y pensar que si nos ganan los yanquis volveremos a la esclavitud... -le respondió-. ¡Eso dicen los entendidos! Y seremos esclavos y herejes y no de cristianos...

-Lo mismo da de unos que de otros..., ¿pero por qué, yo me lo pregunto, ni así nos entendemos nosotros mismos?

-¡Sabe! -comentó Enésimo, con aquella palabra que significaba lo mismo una pregunta que una afirmación entre la gente del norte.

Las noticias no eran halagadoras. El país seguía dividido en bandos y opiniones, desunido por la masonería, entre escoceses  lorquinos..., y ya Zacarías Taylor hacia meses que había tomado Monterrey y permanecía inactivo, sin avanzar, como si esperara mañosamente su presa. Nuevo México, la California, Santa Fe y Chihuahua estaban ya en poder de avanzadas invasoras, y las tropas nacionales no recibían parque y armas suficientes, ni ordenes concretas y sensatas; la división se ahondaba porque, a falta de dinero en las arcas nacionales, Valentín Gómez Farías había decretado la desamortización de bienes de manos muertas. Los bienes de la iglesia, y ya que el alto clero se negaba a proporcionar más y mayores préstamos, éstos serían confiscados para proporcionar ayuda contra el invasor, medida que contribuía a encontrar  más los ánimos, fomentaba el descontento y la desconfianza y desorientación al pueblo ignorante y hambriento.

-No nos entendemos -decía Cayetano Uribe a su gente-. ¡Parece que hablamos en distintos idiomas!

Las escaramuzas no resolvían nada, por más que las guerrillas despegaban valor y denuedo. Se sabía que don Antonio López de Santa Anna, que había vuelto de su destierro en La Habana, adiestraba gente en San Luis Potosí para avanzar hacia el norte a encontrar al enemigo. Sobre don Antonio se cernía una tormenta de descontento y era inexplicable que, volviendo al país en guerra como un soldado, según había dicho en un discurso, asumiera el gobierno otra ves como presidente y fuera ala ves general en jefe del ejército.

-¿No fue por don Antonio que perdimos Texas? -había preguntado Enésimo.

-Así dicen. Fue él quien firmó ese papel que daba a los texanos su independencia.

-¿Y por qué lo firmó?

-Porque no de haberlo echo, Houston lo hubiera fusilado, ¡digo yo! Ya se sabe que un cobarde en peligro entrega hasta a su madre con tal ve salvar la vida...

-Compadre... -dijo enésimo levantándose el sombrero por detrás y echándoselo sobre los ojos -‘Y éste es el general-presidente?

-El mismo..., solamente que once años más tarde.

-Y con once años más de malas mañas...

Los dos hombres guardaron silencio. Iban adelante, agrupados, pero en desorden, con las armas a la bandolera. No eran tropas de línea sino guerrilleros feroces cuando entraban en acción. Cayetano Uribe no admitía en su guerrilla más que hombres honestos, que supieran con certeza lo que iban a hacer. Muchos de los alzados habían acabado por convertirse verdugos de su propia gente y saqueaban las conductas o caían sobre rancherías indefensas. Eran hombres sin corazón ni conciencia, maleantes que se echaban al monte seducidos por el grito de guerra de cualquiera de tantos caudillos que se autonombraban salvadores de la patria. En aquella confusión de doctrinas y hombres, de centralistas y federalistas que bien a bien no sabían l oque peleaban, el bandidaje  había alcanzado proporciones alarmantes, y la crueldad se superaba cada vez más con los procedimientos que aprendían que aprendían ahora de los muchos desertores de las filas invasoras que probaban su fortuna incursionando por presidios y poblaciones aisladas y sin guarniciones.

Cayetano no ignoraba que cualquier hombre podía caer en al tentación de un caudal hecho con rapidez y facilidad y por eso era inflexible con sus hombres. Perdonar una falta hubiera sido tanto como traicionar a  la causa, y Cayetano tenía muchos años sobre las espaldas y la amarga experiencia de las luchas de la insurgencia para permitir una indisciplina.

Conocía el terreno como pocos, conocía a sus hombres y odiaba a los yanquis con sacrosanto furor. Nadie pudo explicarse por qué había perdonado la vida de Juan O'Leary y por qué lo había llevado a San Lorenzo. Enésimo García se lo preguntó una vez y el guerrillero se encogió de hombros.

-¡Sabe! ¡Sería la medalla la que le salvo la vida, no yo!

-¿Se la hubieras perdonado a un gachupín?

-Soldado no; civil si. Varios te lo pueden decir. Después de todo, hablamos el mismo idioma y tenemos la misma iglesia.

-¿Y entre estos..., vendrán cristianos? -preguntó candorosamente Enésimo.

-Si fueran buenos cristianos no se contarían entre ellos... A Dios no le mentimos: o somos sus hijos o somos su entenados.

-¿Y éste?... -insistió Enésimo-, no vas a engañarte que estaba contra nosotros...

-No. No me he engañado yo, y creo que tampoco ustedes..., pero Dios le salvo la vida.

Los hombres habían detenido las cabalgaduras. San Lorenzo estaba a la vista, como una luz encendida en el desierto. El sol del poniente bañaba de luz la blancura de los muros y parecía encender el rojo de l tejado. Se miraron entre ellos y sonrieron.

-Jamás lo vide tan lindo... -exclamó uno.

-Pues míralo bien..., porque no sabemos mañana -dijo Enésimo García trazando sobre su frente la señal de la cruz.

-A galope, muchachos... -ordenó Cayetano aflojando las riendas de Moro. Los demás le siguieron.

Constancia, desde el pretil, miró a lo lejos y dejó la labor sobre la mesa, se llevó las manos al pecho como si tratara de calmar los desacompasados latidos de su corazón.

Juan O'Leary la vio palidecer y dirigió la vista hacia aquella polvadera que había atraído la atención de la muchacha.

-Matilde..., Matilde... -gritó Constancia bajando las pequeñas escaleras del portal-.  ¡Es papá..., es papá!

Matilde se llevó las manos a los ojos para hacerse sombra. En el brocal del pozo vertió el agua en el cántaro con mano temblorosa por la emoción.

-¡Es el amo..., es el amo! -gritó.

Las mujeres de los peones se agrupaban avanzando hacia la nube de polvo que era cada vez mas cercana.

Juan se incorporó de su asiento. Se sentía ahora menos débil y podía caminar algunos pasos sin el apoyo de nadie, pero las fiebres y los sudores le provocaban delirios y malas noches, como si su sola conciencia no fuera lo bastante para obligarle a pasar insomnios.

-¿Es el amo, de verdad? -preguntó ansioso.

Matilde le miró sonriendo.

-El corazón nos lo ha dicho a todos... -y señaló hacia las mujeres que corrían ya al encuentro de la cabalgata.

Juan se persignó, como si temiera ese encuentro, como si creyera que los ojos de Cayetano Uribe iban a desnudar sus pensamientos y a descubrir el engaño.

Le hubiera reconocido entre muchos, sin saber por qué. Estrechaba a Constancia fuertemente contra su pecho. La mano ruda no había soltado la fusta guarnecida de plata; el ancho del sombrero alzado sobre los cabellos dejaba descubierta la frente amplia, el rostro anguloso y serio. Usaba, como todos los hombres de la región, la barba rasurada, pero conservaba el ancho bigote gris y las patillas largas. La expresión de los ojos era fiera, como de águila, pero no dejaba de tener, al lado de la hija, una bondad escondida y firme; la boca grande era franca y severa, al mismo tiempo. El cuerpo erguido y seco, de hombre echo a las privaciones y temperazas de una vida parca y austera. Las piernas ligeramente abiertas, demostraban a las claras que era hombre de caballo. Le miró de frente y le tendió la mano en ademán amistoso y seco. Al saludarle le dio su nombre, según la usanza:

-Cayetano Uribe, para servir a Dios.

Juan Sintió la fuerza de aquella mano; su bondad, su rudeza, le recordaron aquellas manos cuya fortaleza lejana estaba adormecida en los recuerdos de su juventud. Esteban O'Leary tenía aquellas mismas manos vigorosas y fuertes, manos de hombre que no rehuían a la ternura. Manos de varón. En lo pasado y  el presente, en lo remoto y lo cercano, los dos hombres podían ser uno solo, un solo ideal.

-Me alegra verle fuera de peligro -dijo Cayetano ocupando un asiento que Constancia había traído mientras Matilde se afanaba en la cocina preparando la cena campesina, la carne asada sobre las brasas, los frijoles negros, las tortillas y el atole. Constancia había querido ir a ayudarla, pero su padre la retuvo consigo, y ella, increíblemente dichosa, le miraba arrobada.

O'Leary tuvo que volver a relatar los mismo que había contado a las mujeres; Cayetano le escuchaba con interés. Había creído que en la civilizada Europa no hubiera pueblos esclavizados al frente. ¿No se dijo que toda tiranía había muerto con Napoleón? ¿Y España, la grandiosa España, estaba tan revuelta como las tierras de México que ahora sacudían un yugo mas brutal y más infame, un yugo extranjero que traía consigo despojo y esclavitud?

-No hay día que no traiga una nueva lección -comentó- y aunque ya estoy viejo, siempre aprendo algo nuevo. La vida es como ir a la escuela.

La gente se había reunido para rezar el rosario, según la costumbre, y en esta tocábale a Cayetano la piadosa cuenta de las Ave Marías.

Constancia se había arrodillado junto a Juan, y con la cabeza baja disimulaba su turbación. Rezaba mecánicamente, distraída, pensando en una larga conversación que había tenido con  la Matilde.

-A mi no me engañas Constancia..., entre tú y el extranjero algo se traen, y yo me sé lo que es.

La muchacha se sobresaltó. Los ojillos maliciosos de Matilde la observaban escrutadora mente. Era casi el tribunal de la Santa inquisición erguido frente a Constancia; es más, hacía días que esperaba aquel interrogatorio y hasta había preparado las respuestas, pero en el momento dado se le olvidaron, como si jamás las s hubiera meditado.

Bajó la cabeza y sintió que el rubor se le agolpaba en las mejillas. La Matilde se le acercó y le tomó la barbilla para obligarla a levantar la cara.

-¿No me equivoco verdad?

Constancia movió la cabeza afirmativamente.

-¿qué te ha ofrecido, dime? -continuo la vieja-. ¡Ya se me la historia! -dijo sentándose frente a la muchacha-: Nos casaremos, vendré por ti y te llevaré a mi tierra. Conocerás países que no has imaginado siquiera...

La muchacha guardaba empecinado silencio y las palabras de Matilde cayeron en el vacío.

-¿No es eso lo que te ha prometido? -preguntó.

-No me ha ofrecido nada.

Matilde se desconcertó.

-Te habrá pedido algo, entonces.

-Solamente mi cariño.

-Es mas peligroso de lo que o creía. Constancia. Espera que llegue tu padre y se aclare esto. Nadita que va a gustarle -dijo Matilde con tono de reconvención.

-Nada tenemos que ocultar.

-Tú, nada seguramente..., pero él...

-¿por qué lo dices?

-¡Conozco el mundo y sé lo que son los hombres!

-No todos han de ser iguales.

-¡Son idénticos!..., qué te crees. Como si el diablo los hubiera echado al mundo de un solo molde.

Matilde advirtió la zozobra en los ojos de Constancia, la ansiedad de sus labios que temblaron.

-¿Por qué eres así, Matilde? ¿Por qué has de pensar siempre mal?

-Porque los conozco, y nada bueno sacarás de ellos. Si ya escapaste del Macario, no te enredes ahora por tu propia voluntad. De Macario estuviste a salvo porque no estabas enamorada; de este hombre estás apasionada y eso te entregará hasta perderte y no tendrás lagrimas bastantes para llorar tu vergüenza.

Constancia tenía ya los ojos arrasados de llanto, Matilde parecía solazarse criminalmente en atormentarla.

-Un hombre como éste no quiere novia, quiere mujer, Constancia. Es hombre maduro, con modos para hacerse querer, con palabras para decir cosas bonitas que te trastocan el cerebro; cualquier día de éstos, se lo lleva tu padre, si no te lleva a ti antes un mal cariño.

Un sollozo ahogado sacudió el cuerpo de la muchacha.

-Ten piedad de mí, Matilde -suplicó.

-por eso te lo digo..., vale más que llores ahora no mañana cuando ni esperanzas tengas de verlo. ¿Qué sabes tú de donde vino, qué busca y adonde va? No te engañes, Constancia -dijo estrechándola en sus brazos mientras añadió con voz muy suave, tan queda que la muchacha  casi no la oyó decir:

-¡Que Dios me lo perdone!

Esa mañana, cuando Juan la había llamado imitando el arrullo de la tórtola, tal como ella lo hacía, se miraron solamente sin decir palabra y Constancia se alejó de prisa, toda miedo. Matilde había conseguido envenenarle el alma, y todo el día rehuyó encontrarse con Juan bajo la sombra del portal, donde el enfermo yacía tomando el sol, saturando de silencio, de espacios abiertos, de llanura.

-¿Por qué no me miras siquiera, Constancia? -le preguntó esa noche acercándose a su oído mientras la voz de Cayetano llevaba al rezo. Ella le miró con ojos húmedos de ternura y de dolor.

Cuando terminó el rosario, aparecieron las vihuelas. La ocasión requería olvidarse de la guerra y disfrutar la presencia de los hombres. El tiempo pasaría como un suspiro.

Una mano varonil rasgueó las cuerdas y una voz bien timbrada cantó un romance mexicano:

A los ángeles del cielo

Les voy a mandar pedir

una pluma de sus alas

para poderte escribir.

 

Una, dos o tres palabras

donde te pueda decir:

chaparrita de mi vida

tú eres todo mi querer.

 

 

La música quería ser alegre sin lograrlo. Las mujeres miraban a sus hombres con un extraño arrobo, con una honda ternura que ponía en sus ojos reflejos húmedos. Los sones despreocupados de las huastecas hacían ruido, pero no olvidaban la tristeza, la irremediable despedida.

Juan miraba a Cayetano. ¿Hasta qué punto ese hombre conocía la verdad sobre él, cuando herido le llevaba a San Lorenzo? Se sentía humillado al verse débil, y el despecho le apretaba la garganta con su sabor amargo. El huidizo silencio de la Constancia le acongojaba sin esperanza de alivio. ¡Si pudiera irme..., si  me fuera posible no verla nunca más! -pensaba.

Pero no podría hacerlo, por mucho que lo deseara. No le sería posible emprender esa larga jornada bajo el sol abrasador del páramo. Y tenía que esperar cerca de Constancia, que rehuía su compañía, que esquivaba sus miradas y le regateaba las palabras.

Casi se sobresaltó cuando escuchó a la muchacha tañer la vihuela y cantar; era un dolido canto lleno de nostalgias, desgarradores acentos y escondidos suspiros. Sobre la alegría del baile cayó un crespón de tristeza. Todos guardaron silencio y la rodearon; las mujeres le apremiaron:

-Sigue, Constancia. ¡Hacía tanto que no cantabas! Y ella continuó:

Yo ya me voy,

al puerto donde se halla

el barco de oro

que debe conducirme.

 

Yo ya me voy,

sólo vengo a despedirme

adiós mujer

¡adiós para siempre, adiós!

 

 

Aquellas voces, unidas todas, eran una imploración y una queja contra el destino. Las manos fueron estrechándose y se buscaron las húmedas miradas. La música y el canto fueron apagándose lentamente y quedaron en silencio, como si de súbito la realidad hubiera teñido de luto la aurora cercana.

-¡Buenas noches, patrón! ¡Buenas noches, jefe! ¡Hasta mañana Constancia!

Por el campo, entre las chozas, se dispersaron los hachones de ocote y todo quedo envuelto en un silencio transparente, bajo un hielo donde la luna iba plegando sus velas.

Juan no durmió. Conmovido por las emociones busco su asiento de costumbre bajo el portal. El campo y el cielo parecían bruñidos y las pálidas estrellas languidecían en el alba. Como surgidos por un misterioso llamado fueron apareciendo los jinetes de la guerrilla de Cayetano Uribe; eran sombras que se deslizaban sin ruido hacia el amplio horizonte. Se iban sin decirse adiós. La madre, la esposa o los hijos sabían que encontrarían el lecho vacío; despedirse era morir anticipadamente. Como gente de campo, abrigaba aquella superstición.

O'Leary salió de la soledad, el frío del relente le hizo embozarse en la cobija. Junto al brocal del pozo estaba Constancia; en la hondura del agua se apagaban los luceros y un gallo cantó a lo lejos. Ya de los hombres de la guerrilla sólo quedaba una nube de polvo en la distancia.

Constancia se volvió hacia Juan y exclamó con voz que era un sollozo:

-¡Se han dio!

Juan le abrió los brazos y la estrecho contra su corazón. Vencida al fin, Constancia se echo a llorar.

-¡Constancia, mi pequeña... cuánto te quiero! -dijo él con voz suave-. ¡Si pudiera hacer algo para no verte llorar!

-¡Tal vez no vuelva a verle!

En estas palabras estaba encerrada su congoja, el dolor de su tierra invadida y sangrante, la desesperanza de los débiles y la angustia de todas las mujeres. Así en muchas partes, llorarían las madres y las esposas, las hijas y las novias, pensando que ese adiós sin palabras podía ser eterno.

Constancia levantó su rostro bañado de lágrimas y como si ella misma temiera pronunciar sus palabras, dijo también:

-¡Cuánto te quiero!

O'Leary se inclinó aún para besarla. Estaba ávido de cariño, sediento de sus labios, embriagado de su nombre. Era inútil oponerse a ese amor que le estaba predestinado. ¿Qué otra cosa si no eso le llevó hasta ella y puso su vida entre sus manos?

-¡Tú también te irás un día, sin despedirte, sin decirme adiós! -dijo ella.

-Pero volveré, Constancia... Y haré todo lo que pueda para hacerte feliz.

Ella le puso el dedo en sus labios y sonrió tristemente.

 

 

 

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