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Batallon de San Patricio. (Patricia Cox) Capitulo 7

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Capitulo 7

 

Aprender a vivir.

 

Un sol blanquizco se adormecía sobre el campo sediento, y un cielo triste parecía reflejarse sobre el llano, donde algunos brotes dispersos anunciaban una temprana primavera.

Juan O'Leary había pasado apenas los difíciles días que le tuvieron en el umbral de la muerte. La barba crecida y los ojos hundidos daban a su rostro esa profunda melancolía de los convalecientes. Su debilidad le había puesto a merced de las piadosas manos que se afanaron por hacerle vivir; y vivía sin saber cómo, ni dónde. Recordaba su torpeza cuando le llevaron de la cama hasta la butaca; dio algunos pasos con las piernas temblorosas, con el cuerpo empapado de su sudor frío, con sus ojos empañados por la impotencia y vergüenza, en tanto que las dos mujeres se esmeraban por sostenerle y le animaban con palabras cordiales y tímidas sonrisas. Aquella cortesía, un poco rígida, un tanto desconfiada, no estaba exenta de ternura.

Lo habían sacado al portal, para que tomara el sol, y desde allí miraba esa misteriosa lejanía que le hablaba de un sitio desconocido y ajeno. Más allá comenzaba la llanura desierta y caliza, como una llama blanca y sucia que requemara las piedras erizadas de espinos.

Muy atrás el perfil adusto de la cordillera que llevaba a las Huastecas, fecundas y alegres.

-San Lorenzo es nuestro santo patrono -le dijo Constancia señalando el horizonte mientras decía-:es un poco triste, ¿sabe?

San Lorenzo era un sitio completamente español, de no haberse encontrado en México. Austero y seco, pero sin molinos de viento ni crepúsculos que lo incendiaran como el  crisol de la llanura manchega, crepúsculos dorados que tenían el alivio de las aspas chirriando al viento. La gente de San Lorenzo debería ser como la gente de Castilla, severa, silenciosa, de pasiones violentas y escondidas, de simple vida y recta cristiandad. El color de la piel era semejante, el yantar muy parco, y la palabra, y la efusión de sentimientos, sobrios como el paisaje, como el agua, como la escasa frescura de la tierra. Gente difícil de entregarse a los efectos, pero leal hasta la muerte cuando daban su amistad o su cariño.

O'Leary se imaginaba a Cayetano Uribe como un Quijote, osado y temerario, cauto  silencioso. Constancia era la Dulcinea de aquella tierra escasa de verdor; era como una flor bajo el cielo, como las alas de algún pájaro o como el espejo del aljibe en que abrevaban los rebaños.

La había contemplado muchas veces frente a él, inclinada la cabeza sobre el labor, el cutis apiñonado y terso, los ojos oscuros sin malicia y los labios risueños y candorosos. Entre todos sus recuerdos no había una imagen como la de esa criatura sorprendentemente nueva, sin nada que lo atara a él y, sin embargo, tan suya. No había en su semblante la huella de otro rostro, y su voz, cuando le hablaba, tenía un dejo de ternura como el arrullo de las tórtolas. Hasta su nombre era tan nuevo que no despertaba nostalgias en su corazón.

-Constancia..., ¿sabes que tienes un nombre muy hermoso?

-Es el de mi madre.

-¿Te parecías a ella?

-Puede ser..., así lo siento cuando me mira Cayetano Uribe.

-¿Qué edad tienes, Constancia?

-Diecisiete años.

¡Qué pocos resultaban sus diecisiete años para el medio siglo que Juan llevaba ya vivido! Constancia podía ser su hija, y se había aferrado a esa idea tratando de salvarse, por lógica, del cariño que le iba naciendo muy dentro, contra su propia voluntad.

A veces sentía la profunda impaciencia de partir y alejarse de ella para siempre, no volver a verla nunca más, arrancársela del sentimiento y olvidarla. Pero volvía a mirarla, retacada y seria, como una estampa de los viejos tiempos, como alguna imagen de los dorados retablos españoles donde las santas llevan sonriendo la palma del martirio.

Y pensaba en Deirdre, libre como los pájaros, impetuosa como el oleaje, fresca como la lluvia, melancólica también como las canciones de su isla, y sin quererlo, la unía a Constancia y la hacía viva en ella, como si volviera a ser joven y renaciera a una vida en la que esperó siempre sin lograrla.

Acushla, Acushla,

Tu dulce voz está llamando

Me llama dulcemente

Una y otra vez

Acushla, Acushla...

 

Había cantado en gaélico, y Constancia le miró atenta, atraída por la profunda nostalgia de aquella antigua y desconocida canción. Juan comprendió su curiosidad y tradujo al castellano las palabras.

-¿Quién es Acushla? -preguntó.

-Eres tu.

Constancia se ruborizó sin saber por qué. Ella se sentía feliz al lado de Juan, tranquila y segura solamente con saberlo cerca.

-Acushla simboliza lo que más amamos, aquella que nos llama donde quiera que estemos, ala que volveremos siempre -dijo Juan.

Constancia bajó los ojos y los fijó nuevamente en su labor, pero sus manos y sus labios temblaban, y para ocultar su turbación, dejó la labor en su regazo y volvió a mirar hacia el campo donde se ahogaban las cigarras.

Ambos guardaron silencio, temerosos de haber dicho algo que pudiera haber sido escuchado por oídos ajenos. En verdad, pensaban en lo mismo: en la barra de la separación, en esa hora implacable que abría de llegar y los apartaría de nuevo. Era tan encantador pasar las horas largas llenas de silencio, del sol, de olor a tierra, de lejanos rumores y sentirse cerca y saber que en esa simplicidad se puede ser inmensamente feliz.

La guerra parecía olvidada; no la mentaban las palabras, pero estaba viva en sus sentimientos.

Juan tenía plena sensación de culpa. En Irlanda, donde había permanecido hasta que con Deirdre pareció haberse agotado su afán de lucha y de libertad, creyó estar al lado de la justicia; en España, a la que salió por la aventura y llevado por el afán de recobrar a Deirdre, creyó también estar al lado de los débiles.  Las revueltas que siguieron a la muerte de Fernando VII convirtieron el país en un caos sangriento, como si todavía Napoleón no hubiera muerto; y en América, Juan se había equivocado de bandera. Le parecía encontrarse arrastrado por un torbellino y todo era confuso, como si una niebla espesa le impidiera hallar el verdadero camino, aunque en el trasmundo de su conciencia intuitivamente tratara de salvar el poco de felicidad que había encontrado. Y esa dicha era Constancia.

Era inútil engañarse. La búsqueda de Deirdre había sido solo un pretexto para salir de Irlanda. Juan no tenía los arrestos de Esteban O'Leary ni la entereza de Dominick O'Flynn. El era como esa juventud de la que su madre abominara tan cordialmente, era de aquellos que llevaban la política de paz a toca costa, cansados de la lucha sostenida por los padres de sus padres, sin rescate posible. Y ya era la hora de encontrarse a sí mismo.

Ahora lo comprendía claramente, y frente a Constancia sentía vergüenza y le parecía que usurpaba un lugar que no le correspondía.

Había llegado la hora de tener limpios el cuerpo y el alma. ¿Pero Dónde estaban las palabras para decir sus culpas? ¿Cómo desengañar a Constancia Uribe de que él era solamente parte del odiado enemigo?

No supo por qué le preguntó:

-¿No llueve nunca?

Constancia volvió el rostro hacia él y le miró otra vez, pero como si rehuyera encontrar sus ojos.

-Llueve muy poco..., pero vemos la tormenta por las Huastecas. -Luego de un momento, casi con severidad interrogó-: ¿Cómo entiende mi idioma y yo no entiendo el suyo?

-¿Te he hablado acaso en mi lengua?

-No, pero cuando estaba enfermo, decía cosas que no podía entenderle..., ¿dónde aprendió el español?

-viví largo tiempo en España.

-Pero usted dijo que no era español.

-Telo dije. Soy Irlandés.

-¿Y que fue a hacer a España?..., ¿Qué vino hacer aquí?

Juan sonrió y dijo señalando con el indice ala muchacha:

-Eres muy curiosa, ¿verdad?

-Si..., me extraña que la gente salga de su tierra y deje su casa y los suyos, ¿para que?

-Para buscar lo que no se encuentra nunca.

Constancia había abandonado por completo la labor en su regazo y escuchaba atenta.

-¿Qué es lo que buscan? -preguntó.

-Algunos, libertad; otros, fortuna.

-¿Y usted?

Juan levantó los hombros con gesto displicente.

-Tal vez un sitio donde poder vivir.

Los ojos de Constancia le miraron con extrañeza.

-¿Y porque no puede vivir entre los suyos?

-Es una historia muy larga y muy triste -dijo Juan, y añadió-: ¿Quieres que me entristezca al contártela?

Ella movió la cabeza negando, pero Juan tuvo la impresión de que no era eso todo lo que ella quería saber.

-¿Qué mas quieres saber de mi ¿ -preguntó.

-El señor cura dice que debemos huir de los herejes todos los que no hablan nuestro idioma ni profesan nuestra santa religión.

-No te preocupes por eso en lo que a mi respecta, hermosa niña -dijo galantemente, como un caballero español-. No hablo tu idioma por nacimiento, pero nací en un pueblo católico, perseguido por su fe... -y al decirlo, le mostró la medalla que colgaba sobre su pecho.

-Ya la había visto -dijo ella-, y a esa medalla le debe la vida. Dice mi padre que detuvo la punta de la bayoneta sobre su pecho...

-La he traído hace años conmigo..., desde que era joven. Fue un regalo de un ser muy querido.

-¿Su madre'

-No...

-¿Su esposa?

-No tengo esposa..., no la tuve nunca -respondió y guardo silencio recordando a Deirdre nuevamente, cuando aquella remota tarde en que colgó sobre su pecho la pequeña imagen de plata, le dijo: "Sé que con ella me recordarás siempre..." ¿Pero porque hablar de Deirdre?, ¿Qué podía importarle esa historia a una curiosa muchacha como Constancia?

-Debe ser triste no tener a nadie, ¿verdad? -dijo ella suspirando conmovida.

-¡Te tengo a ti! -respondió Juan sin reflexionar.

-¿A mí?

Ella fijó entonces sus ojos en la mirada azul, fascinada por las pupilas brillantes, por aquellas palabras, por él mismo y por su propia e inmensa soledad.

-¡A mi! -volvió a decir, pero no ya como una pregunta, sino como una afirmación.

-¿Puedes quererme, Constancia Uribe? -preguntó con voz suave.

-¿Por qué no habría de quererlo? -su voz era suave, inocente, pero firme.

-¿Sabes tú lo que es amar, Constancia? -preguntó Juan tomando entre las suyas las manos de la joven.

-No lo sé, pero imagino que es alegrarse si el amado es feliz, llorar si él sufre; compartir las penas, los trabajos..., y compartirlos para toda la vida...

-Yo no lo habría dicho mejor que tú, Constancia. ¡Y tu has compartido mi desgracia, mi enfermedad y mi pobreza! ¿Es porque me amas?

Se inclino y se llevó a sus labios las manos de Constancia y añadió buscando nuevamente sus pupilas azoradas, como las de una gacela.

-Aunque bien puedes haber sentido piedad por el desconocido que legaba a tus manos.

Constancia movió la cabeza negando, Juan paso sobre sus labios su dedo y agregó:

-Puedes haberme sentido lastima, Constancia, y me cuidaste como se cuida a un animal herido, y te encariñaste con ese pobre ser que era ya más tuyo de lo que se pod´´ia suponer.

-¡Hacía mucho que lo esperaba!

-¿Me esperabas? -preguntó sorprendido Juan.

-Si. Le esperaba. Desde alguna noche en que alguno de los hombres habló del  San Patricio y nos dijo que eran extranjeros que se pasaban del enemigo para pelear por nosotros. Entonces le pedí ala virgen que me lo mandara.

Aquella confesión resultada inesperada y sorprendente. ¿Con que había soldados que abandonaban al ejercito triunfador?..., ¿y con que motivo? Locos deberían de ser para hacerlo así..., Locos o....

-¿Qué más sabes de ellos? -preguntó interesado.

-Nada más, por eso esperé el milagro. La guerra pasa por pueblos alejados y nosotros resentimos sus rigores. ¡Y odiamos a los invasores!

La mirada de Constancia se endureció de pronto.

-Tienen razón -dijo, pero no agrego una palabra más. Su sentimiento de culpa, el haber tomado las armas contra México, era como una muralla que se levantaba entre él y la muchacha, y era una muralla infranqueable, un abismo de odio. Lo decían los ojos ardientes, los labios plegados en un citus de rabia impotente, las manos crispadas.

San Patricio, había dicho. Los soldados extranjeros no podían ser otra cosa que irlandeses que, católicos al fin. No habían visto bien aquella guerra y obedecieron la voz de su conciencia.

Pero también había católicos equivocados como él; y al pensarlo, recordó al padre Anthony Ray, quien aseguraba que tomar las armas contra México no era pelear contra su propia fe, aunque ambos pueblos fueran católicos. De allí la horrible muerte que unos guerrilleros mexicanos dieran al sacerdote.

-¡Maldita guerra! -dijo con voz apagada.

Guardaron silencio mirando hacia el horizonte. Un cielo limpio y desteñido por el poniente parecía tragarse el sol como una moneda redonda y roja. No había nubes que embellecieran el crepúsculo, ni había pájaros que cantaran u buscaran en las ramas de los árboles los nidos de su querencia. No había grillos, ni brumas. Allí seguramente no existirían los lepricorn que hicieran travesuras a los humanos, ni niebla donde guarecieran sus tesoros, ni cuevas húmedas donde danzaran por las noches.

Constancia le miró pensativo  preguntó:

-¿En que piensa?

-En algo tan ajeno... -dijo Juan sonriendo-. Cuando yo era joven todavía, esperaba las noches de luna llena para encontrarme con un lepricorn; son unos hombrecitos que caben en la palma de mi mano...

-¿Y existen de verdad? ¿Son encantados? -los ojos y la voz de Constancia adquirieron una impaciencia casi infantil.

-No los vi nunca..., ¡pero estoy seguro de que existen!

Y la sedujo nuevamente con el encanto de aquella dorada y vieja leyenda; y le describió el paisaje húmedo y lluvioso, sus grandes lagos, sus ríos que cantan, su mar rugiente que se estrella contra los acantilados en el mar de Irlanda, y los duendes verdes que hacen zapatos y a los duendes rojos que se beben la cerveza y tienen mal carácter.

Y se olvidaron de la guerra, y de las amarguras y las hambres, hasta que el cielo de estaño se fue oscureciendo poco a poco y los ángeles de Señor colgaron bajo el oscuro palio sus luceros.

Matilde los encontró así, las manos enlazadas y charlando como niños que se contaran embustes. La luz del farol le daba en los ojos oscuros y penetrantes, como el águila.

Constancia apartó de inmediato sus manos y se levantó.

-Es la hora del rosario -dijo Matilde.

Por el campo se aceleraban las mujeres, los niños de los peones y algunos viejos.

-¿Querrá nuestro huésped llevar el rezo de esta noche? -preguntó con severa malicia entregando a Juan el grueso rosario de cuentas toscas de madera, ensartadas en un cordel, sucio de tanto manejarse.

-Lo rezaré con gusto -dijo esperando que la gente se arrodillara, y al concluirlo exclamó:

-En Irlanda son siempre las mujeres de la casa las que levan el rezo. La autoridad de la mujer es indiscutible en el hogar.

Constancia le miraba desde la noche, donde los luceros parecían ensartarse en sus cabellos.

Así era el hombre que ella había amado anticipadamente a su llegada. Estaba segura de ello, aunque Matilde dijera  que todos los hombres son siempre malvados y perversos. Juan no podía serlo, no podía engañarla ni mentirle.

Sintió que el corazón le palpitaba aceleradamente y que la sangre se agolpaba en sus mejillas.

"¿Quieres dejármelo Virgen Santa, por mucho tiempo..., mientras se acaba la guerra y mi padre vuelve? Sólo así ha de irse nunca..., sólo así se quedara conmigo", rezó fervorosamente.

Le llevó a su cuarto mientras la Matilde caminaba erguida, con el farol alumbrándole los pasos.

Del campo venía una voz remota y melancólica:

Sólo Dios alcanza a ver

lo que hay en el porvenir;

por tanto no has de decir

de esta agua no he de beber.

 

Ya en su lecho, Juan se dejó llevar por el pensamiento de Constancia. Le había mentido, la había engañado..., ¿pero que objeto tenía arrancar la verdad  de su candor? Nunca es tarde para reparar el daño; nunca sería tarde para encontrar a aquellos que se le habían adelantado. Y lo haría, porque tenía esa deuda que pesaba sobre su corazón más que sobre su conciencia. Porque solo así podría ser libre para amarla como nunca hubiera querido a mujer alguna.

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