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Batallon de San Patricio. (Patricia Cox) Capitulo 6

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Capitulo 6

 

Constancia Uribe.

 

-La mujer que a mí me gusta la tomo, quiéralo o no, le guste o no...-dijo Pacheco.

Estaban en una de las callejas del pueblo, solitaria y oscura. Constancia tembló, pero saco fuerzas de su propio miedo. Volvió la vista en busca de amparo y no vió a nadie. Estaba a Merced de Macario.

-Te costara muy caro si tocas a la hija de Cayetano Uribe -replicó desconociendo su propia voz.

-No mientras Cayetano este lejos de San Lorenzo -dijo Macario tomándola por las manos hasta hacerle daño. Constancia se volvió furiosa y él comenzó a reír burlesco, mientras decía-: No te asustes, paloma. Yo escogeré la hora y el sitio. Me gusta hacer las cosas como las hacía mi padre bien echas y a la antigua.

Constancia miró los ojos oscuros brillar como ascuas; los dientes blancos y parejos destacarse bajo el bigote, por el rostro hermoso y perverso apenas iluminado por la luz que iba muriendo en un atardecer sangriento. Había logrado desasirse y echó a correr, pero la risa de Macario la perseguía como un demonio que fuera tras sus pasos como una maldición.

-Antes me mato..., antes me mato -dijo jadeante, sintiendo el agitado corazón golpearle el pecho.

Matilde le miró llegar pálida y sobresaltada.

-Cualquiera dirá que has visto un alma en pena -dijo.

-Era el diablo mismo... ¡Macario Pacheco!

-¡Jesús, María y José! -exclamó Matilde levantándose y yendo hacia Constancia.

-¿Te amenazó?

La muchacha afirmó con un movimiento de cabeza.

-No volverás a salir sola, por la señal de la cruz -dijo la vieja besando el sagrado símbolo.

Constancia le relató detalladamente el encuentro. Al concluir, Matilde comentó:

-Con que le gusta hacer las cosas bien echas, como a su padre.

Constancia le miró sorprendida.

-¿Cuándo murió Macario el grande?

-No, niña. Ese no ha muerto. ¡Cuánto diera este infeliz por ser las botas viejas del conde            de Valdespino! El sí que hacía las cosas bien echas; tuvo muchos hijos de muchas mujeres y a ninguno olvidó. Pero éste, el mas despreciable, el mas ridículo, iba ser su castigo, iba a ser la afrenta que no puede levarse porque ya no tiene manos para hacerse justicia. -La voz de Matilde temblaba con extraña emoción, todavía cuando dijo su frase sacramental: ¡Los hombres son malos, todos ellos son la piel de Judas!, había en su voz un asomo de llanto.

Constancia guardó silencio mientras Matilde cerraba los ojos, y los labios le temblaban como si rezara. De pronto interrumpió su oración para decir:

-¿Con que va a escoger hora y sitio? ¡Eso lo veremos, porque para hacerlo tendrá que pasar sobre los huesos de la vieja Matilde!

Le tendió los brazos y se estrechó contra ella, como si en ese momento Matilde estuviera más temerosa que Constancia ante aquella amenaza.

-¿De verdad..., no te gusta?

-No.

-Es Extraño...

-Tal vez..., pero me da miedo.

  • - Es mejor, es preferible que así sea. No volverás a salir sola. Te defenderé de un mal encuentro. Ahora duérmete.

La arropó y apagó la luz. Constancia hubiera jurado que Matilde no dormía. Se levantaron muy temprano. De Palma Sola a San Lorenzo eran dos horas de camino por un llano solitario.

Desde que la guerra había estallado, meses antes, se hablaba mucho, pero muy pocos habían echo lo que hizo Cayetano Uribe al sacrificarlo todo por su patria.

Todavía recordaba Constancia su rostro grave al despedirse:

-No tengo nada que dejarte, sino un hombre honrado y una tierra pobre. Sé que sabrás cuidarlos.

Y los cuidaba con celo, porque algún día la guerra acabaría y Cayetano vendría de nuevo.

Pero nada más lejos de aquellas esperanzas. Desde la toma de Monterrey, las guerrillas comenzaron su verdadera lucha. El territorio no se prestaba para combates enforma, y esto lo sabían los hombres de las guerrillas. El teniente Coronel Cruz consideró a Cayetano como un valioso elemento y le confió las hazañas más peligrosas que el viejo soldado cumplió con valentía y desición.

Desde agua nueva, Las animas, El salado y por Peñasco, La Hedionda y Laguna seca, por valles y desfiladeros, las guerrillas de Cayetano Uribe eran incansables. El numero de heridos hizo que este resolviera a llevar a San Lorenzo a todoslos que pudieran transportarse. Una vida salvada era un hombre sobre las armas, un soldado para intervenir la injusta intervención.

-¿Podrás hacerlo,  Constancia? -preguntó una noche, aquella en que volvía a verla después de su partida.

-Trataré de hacerlo. Pondré mi alma en servir de esta manera.

Cayetano la bendijo y partió, no había tiempo que perder; el enemigo avanzaba implacablemente.

Ni Constancia ni nana Matilde tenían tiempo para preocuparse de los Pacheco. La hedionda estaba alejada, y ellos posiblemente hubieran sentido un impulso generoso y se decidieran por la guerra. En San Luís Potosí, el general Santa Anna adiestraba tropas para salir a combatir a Zacarías Taylor, adueñado de casi todo el norte, mientras los políticos discutían las conveniencias o las desventajas del centralismo o la federación, como si la forma de gobierno fuera más importante que combatir al invasor.

En el afán de ayudar, de ser útil a los hombres que servían a México, Juan O'Leary entró en la vida de Constancia Uribe.

Una noche en que el herido parecía entrar en agonía la joven junto al lecho la pasó rezando casi con histerismo. De pronto creyó escuchar el galope de un caballo y se sobresaltó. No podía permanecer allí sola y ver morir al hombre que casi agonizaba sin más compañía que su escaso valor. Todo podía soportarlo menos eso. Se levantó suavemente y sin ruido cruzó la puerta y salió al portal. Miró hacia la llanura solitaria. El cielo, cuajado de estrellas, le dio un poco de tranquilidad. Penetró en la cocina llevando en la mano un pequeño farol con una vela de sebo que ardía parpadeante y la colocó sobre la mesa. El relincho de un animal afuera de la habitación la puso en guardia, se llevó las manos al pecho sintiendo palpitar su asustado corazón.

-¡No..., Dios mío no lo permitas! -musitó persignándose, recordando la superstición de los rancheros sobre la muerte cabalgando entre la noche.

La puerta se abrió de improviso y apareció en ella Macario Pacheco. Constancia dio un grito al reconocerle. Macario se había levantado el ala del sombrero y avanzaba hacia ella sonriendo burlescamente.

-¿Te acuerdas que te dije que escogería hora y sitio? Entonces hubiera sido imprudente. Estábamos en el pueblo y los hombres del mesón hubieran podido socorrerte. Ahora estás sola y tu plazo se ha cumplido...

Constancia trató de alcanzar la puerta, pero Macario se lo impidió tomándola de los brazos.

-Estás sola...,¿no te das cuenta? Después de esta noche es cuando vas a querer casarte conmigo y no será posible. Nadie podrá obligarme, ¿entiendes?

Constancia le imploró:

-Un hombre esta muriéndose, Macario..., ¿lo dejarás morir sin que encomiende su alma a Dios?

-¿Qué me importa a mi cualquiera? Yo estoy vivo y tú sigues gustándome como antes. ¡Que se muera el que tiene que morir!

Esas palabras tuvieron el poder de despertar en Constancia toda su cólera y su indignación. Con fuerzas desconocidas dio un empellón a Macario que, al tambalearse por lo inesperado del ataque, tropezó con la mesa y la tiró al suelo. La luz se apagó. En la oscuridad sólo se escucho el jadeo de su respiración enfurecida.

-Perra..., maldita perra..., conmigo no vas a jugar ya más -gritó.

Ese breve instante sirvió a Constancia para buscar a tiendas el atizador del fogón y con él entre las manos tembló de miedo y rabia.

-Atrévete a tocarme..., da un paso más y no respondo de mi... -al decirlo, desconoció su propia voz.

Macario, desde su rincón de sombras preguntó:

-Di solamente por qué no me has querido.

-Porque me repugnas. Porque eres malo, como tu padre...

-Y tú eres hipócrita, como el tuyo..., pero yo te dejaré tan humillada como tu me dejaste a mi, ¿te acuerdas?

Se había orientado en la oscuridad y  avanzaba hacia la muchacha pisando los carros rotos, en el piso humedecido por el agua derramada. Constancia casi podía verlo, más bien, presentía dónde estaba por el sonido de su voz.

-Te advierto... ¡No te me acerques! -gritó.

-¿Crees que tengo miedo, chiquita? ¡A mi no me asusta ni el diablo cuantíennos tú!

Estaba como siempre, arrogante y seguro. Constancia sintió sus pasos, su aliento, y levantó el atizador cerrando los ojos mientras decía:

-¡Aver María Purísima!...

Sintió que el atizador había golpeado y escuchó un alarido de  rabia y una maldición:

-Malhaya...

Por la puerta entornada vio salir tambaleante una sombrea, y ella, desfallecida, se dejo caer sobre el piso. Al coraje seguía una sensación angustiosa de miedo. Si Macario volviera, ya no podría defenderse. No encontraba el atizador. Escuchó los cascos del caballo golpear suavemente la tierra y le pareció que se alejaba. Alguien abrió la puerta llevando en las manos un farol que iluminó la revuelta estancia.

-Por los santos varones... ¿Qué sucedió aquí? -preguntó Matilde con sobresalto.

Constancia, apenas pudo, respondió:

-¡Macario Pacheco!

-Hijo de su... -gritó Matilde en el como de si indignación. Constancia no se alarmo siquiera. En esos momentos se sentía a salvo y nada le importaba lo que Matilde hiciera o dijera. La vieja mujer salió a la puerta y gritó en demanda de auxilió. No tardaron en presentarse algunos hombres que no eran sino un remedo de guerrilleros, sin armas, debilitados y heridos.

Matilde se había acercado a Constancia y la sostuvo, la llevo a una silla u mientras los hombres levantaban la mesa y ponían un pocote orden, trataba de consolarla. A la débil luz del farol descubrió una mancha de sangre sobre la tierra suelta de la cocina. Al mismo tiempo la habían visto los hombres.

-¡Lo heriste Constancia!...

Uno de ellos tenía el atizador en las manos.

-¡Vaya si le diste un diablazo, muchacha! -dijo como un general en una acción arriesgada y heroica-. ¡Bien por la chiquilla!

Apenas entonces Constancia se dio cuenta de lo sucedido y preguntó asustada:

-¿Lo habré matado?

-No, mi alma, ¡que bueno fuera! Los muertos no se van a caballo...

Matilde tuvo entonces un ligero presentimiento:

-¿Qué hacías aquí?

Constancia se puso de pie bruscamente.

-Me dio miedo. El extranjero agonizaba y salí a buscarte...

Echo a correr sin importarle la oscuridad y abrió la temblorosa puerta de la habitación. El rostro afilado y pálido tenía los ojos grandemente abiertos y la miró. Ella se acerco temblando y le tomó los las manos, se arrodillo y murmuró:

-No volveré a dejarte..., no, por Dios, así el miedo me mate contigo...

El extranjero cerró sus ojos y ella le miró anonadada. Las manos eran tibias, sudorosas, sacudidas a veces casi imperceptiblemente.

Atrás de ella, Matilde comenzó a rezar el rosario de difuntos. Parecía el fin de todo afán, de tanto esfuerzo, de tanto desvelo. Las voces de los hombres, enronquecidas, salmodiaban el monótono Ruega por él. Nadie sabría jamás el nombre del desconocido. Quedaría allí, en tierra extraña, donde la caridad de los Uribe le darían piadosa sepultura...

En el corazón de Matilde  se revolvieron viejos pesares adormecidos. Un hombre que muere y desaparece..., uno mas entre muchos que se pierden para siempre jamás.

Se arrodilló y ella también tomó entre las suyas las manos del agonizante.

-Ruega por él -dijo mientras pensaba: ruega por este hombre al que dimos piedad siendo extranjero, del que no sabemos ni su nombre. Por lo menos, nuestras manos cerrarán sus ojos y pondremos una cruz sobre su tumba. Permite Señor que esto que hacemos ahora, alguien lo haya echo ayer por el hombre que fue mi marido...

Uno de los hombres la tocó en el hombro y ella volvió la vista hacia él, como si se hubiera olvidado de todo.

-No se va a morir, por lo menos no ahora -le dijo.

El rostro del enfermo parecía inundado de paz. Pero no era la tranquilidad de la muerte; la intensa palidez y los hundidos ojos, tenían algo extraño que inspiraba un poco de confianza.

Constancia, arrodillada todavía, tenía inclinada la cabeza entre las manos y se había dormido, rendida por la fatiga. Matilde sonrió y su rostro duro y áspero, pareció bañarse de una recóndita ternura. Así la sorprendió el amanecer.

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