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Batallon de San Patricio. (Patricia Cox) Capitulo 5

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Hola otra vez, como dije esta vez no tardaré en subir los capitulos y asi lo hize y buneo seguire subiendolos en maximo dos días, para que lo puedan leer mejor. Que disfruten el capitulo el miercoles les dejo el 6... saludos.

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Capitulo 5

 

Llama el amor.

 

Constancia salió ensimismada del cuarto del enfermo. El brillante azul del cielo abierto ante sus ojos, la cegó. Todo parecía radiante es mañana; el eriazo, el aire, las distantes montañas, el agua del aljibe y aquellos ojos hondos, cuya mirada llevaba adentro como cosa suya.

Dejó a un lado la canasta y se sentó sobre el petril de la casa que daba al campo. Necesitaba soledad para poner en paz su agitado corazón. Sentía un dulce temor que la embriagaba y tenía miedo de que Nana Matilde descubriera lo que le ocurría. Estaba enamorada y no quería negárselo ella misma; lo había estado desde que Cayetano Uribe dejó en sus manos aquel cuerpo desgarrado e inconsciente. ¡Si pudiera llorar un poco! El llanto alivia las penas, pero ella no estaba triste, lejos de eso, se sentía turbada por una rara felicidad nunca sentida.

El campo yermo y reseco se extendía a lo lejos. De vez en vez , se escuchaban gritos aislados de algunas mujeres que desempeñaban ahora la ruda tarea de los hombres. El sol caía implacable sobre las espaldas inclinadas, y las agudas hojas de los magueyes se perfilaban altivas retando al sol. Comenzaba a sentirse el bochorno que seguía a las frías madrugadas; y los pájaros anunciando la primavera, que poco se podía advertir en aquel páramo.

Constancia sintió remordimiento por su ocio, hubiera querido dormir profundamente y descansar; olvidarse de la guerra, de las privaciones y las hambres, de su fatiga y, sobre todo, de Macario Pacheco. Quería olvidarlo por completo, como si no hubiera existido nunca, y tal vez por eso se entregaba en cuerpo y alma al trabajo huyéndole a los pensamientos. Ahora precisamente, el maldito recuerdo vino hasta su sueño y la despertó.

Recordó precisa la tarde en que el padre de Macario Pacheco apareció en San Lorenzo, acompañado de su hijo. Constancia había advertido desde tiempo atrás que el muchacho la cortejaba, hasta que un día, en una de las callejas del pueblo vecino, al que fue de compras, le cerró el paso y algo dijo que ella no comprendió del todo.

Macario le parecía insolente y apagado de sí; había en su sonrisa algo de perdonavidas y tenía la arrogancia de esos hombres por quienes las mujeres pierden honor y vergüenza. Apuesto, con buena voz y con dinero, montaba con gallardía y usaba caballos lujosamente enjaezados, acostumbraba hacer alardes en las esquinas de la población, donde todos lo vieran y comentaran por la noche sus actitudes, y eso era demasiado,  ya que de los Pacheco se hablaba bastante mal, por cierto.

El padre era mayordomo de la Hedionda, una hacienda en la que los amos no se presentaban desde que en 1833, los españoles fueron expulsados de México. Dueño y señor de tierras y de vidas, Pacheco no desperdiciaba la oportunidad de humillar y robar, productivas aficiones que había ejercido con anterioridad robando al amo mañosamente, para cobrarse en dinero el precio de su honra, pues se afirmaba que su esposa y el amo eran auténticos padres de su hijo.

Nunca había dado Constancia mayores oídos a los chismes que corrían, porque ni el padre ni el hijo le interesaban ni poco ni mucho; además, Nana Matilde parecía con saña especial y aunque nada sobre ellos hubiera dicho, Constancia había advertido un extraño fulgor en sus ojos cuando se les mencionaba.

Al verlos aquel día en su casa, la muchacha sintió un extraño malestar, pero no esperaba ser ella el objeto de la visita.

Macario Pacheco, tan insolente como su hijo, era vanidoso de su persona y de su fortuna, que sus alardes lo hacían ridículo, porque a fuerza de propalar que "era muy decente y buen cristiano, que su fortuna era echa honradamente", parecía acusarse públicamente de sus descaradas raterías y de sus abusos.

Constancia les introdujo en la estancia, una salita íntima en la que el principal adorno era un altar donde lucían todos los santos patronos de diferentes pueblos vecinos y diversas imágenes de Nuestra Señora en varias advocaciones, todos ellos adornados con flores de oropel, candelabros de cobre pulido y una lámpara que ardía continuamente por el eterno descanso del alma de su madre.

No era ese el sitio que a ella le hubiera gustado llevar a unos visitantes como aquellos. La estancia era su grada por muchos y diversos motivos y creyó que la profanaba la presencia de los Pacheco, pero nunca antes se había visto en semejante dilema. Los amigos, que eran pocos, iban siempre a la cocina y allí prolongaban la charla hasta muy tarde, entre jarro y jarro de café o fumando los apestosos chacuacos que compraban en San Luís Potosí, en "ca de ñor Benito", un buen señor que tenía de todo y para todos, según afirmaba con tal de vender.

Se pasaba la vida entera en la cocina y por eso Matilde y Constancia la tenían alegremente adornada con toda clase de juguetes y jarros de barro vidriado que brillaban de puro limpios, y una enorme tinaja donde se guardaba el agua para el uso corriente. El piso de tierra suelta olía a frescura por las tardes, cuando entre ambas mujeres lo negaban, y ponían sobre la mesa una jarra de vidrio con flores de papel de China que Constancia había aprendido a hacer cuando fue a la doctrina, y allí, naturalmente, había un altarcillo con la imagen de San Pascual Bailón y de los santos varones, patronos en toda necesidad, sobre todo el primero, en las tribulaciones culinarias.

Constancia había titubeado sobre la habitación  correcta en la cual introducir a los visitantes, y pensaba en ello mientras iba en busca de su padre a los corrales.

-¿A qué vendrán? -preguntó mirándola mientras ella le ayudaba a meter los brazos en la chaqueta corta que usaba para siempre desde sus tiempos de guerrillero en la lucha por la independencia.

-¿Saber? -respondió Constancia con clásica pregunta que trata de responder sin hacerlo.

No hablaron más hasta que Constancia les introdujo en la estancia y se disponía a salir sin despedirse. Al advertir su ademán Macario, el padre, indicó:

-Yo me permito rogar a la señorita Constancia que nos honre con su presencia. El asunto que nos trae le interesa a ella directamente... - el timbre de su voz era desagradablemente burlesco o, por lo menos, eso creyó Constancia, que buscó con la mirada los ojos de su padre mientras respondió:

-Si mi padre lo autoriza.

Constancia no hacía nunca nada sin contar con el consentimiento paterno. Se encontraba en todo sometida a él, como lo estuvieron las mujeres de la edad antigua, y nunca había pensado que pudiera tomarse ciertos derechos y determinadas libertades.. No se sentía por ello esclavizada, puesto que adoraba a su padre en quien había fundido el amor maternal, del que careció desde el momento mismo de nacer.

-Si el asunto que trae a estos señores te concierne puedes quedarte, hija mía.

Constancia tomó asiento, los dos pies apoyados sobre el piso, las manos enlazadas en el regazo y los ojos bajos, mirándose con interés la punta del calzado. Creyó que escuchaba mal cuando oyó ponderar a Pacheco todas sus virtudes de muchacha cristianamente educada, seria y formal, digna de ser la esposa de su muchacho. Ellos eran lo bastante ricos para compensar la desigualdad social que existía entre ambas familias. En suma, iba a pedir a Cayetano Uribe la mano de Constancia para su hijo.

Afortunadamente Cayetano sabía ocultar perfectamente bajo su ruda apariencia un carácter firme y tenaz, su reconocimiento de la vida y de la gente, su convicción de que no era el dinero lo que iba a compensar "la desigualdad social de las familias", y respondió sin altanería, pero con firmeza:

-Me permito recordar a usted que en nuestro medio no se acostumbra dotar a los hijas. En este caso, aunque pobres, San Lorenzo es una propiedad particular que me pertenece, que he trabajado y que está libre de hipotecas. Será este rancho el que herede mi hija cuando yo haga falta, no antes, mientras mis manos puedan trabajarla.

Pacheco pareció que mascaba plumas, pero se contuvo y respondió:

-Lo sé muy bien, señor Uribe, y creo que ha dado usted una equivocada intención a mis palabras.

-Usted no midió las suyas..., tal vez -dijo Cayetano mirándole retadoramente.

-Lo acepto y le presento mis excusas.

El lenguaje era demasiado refinado para unos campesinos como ellos, pero Pacheco quería hacer sentir una superioridad que creía tener, y Uribe le demostraba qué el sabí colocarse en el terreno en que lo obligaran.

-Excusado está -dijo con enfado.

-volvamos al tema que nos ha traído -dijo Pacheco tosiendo y revolviéndose en el asiento-. Aspiramos la mano de la señorita Uribe, que posee todas las cualidades de una dama.

Ahora no podía replicar nada Cayetano Uribe, así que miró a Constancia buscando su mirada, pero ésta había enrojecido y permanecía con los ojos bajos, tenazmente fijos en la punta de su calzado.

-¿Ha habido algún convenio entre los jóvenes? -preguntó Cayetano con la voz quebrada, como si  haber descubierto por ajena persona un romance de su hija le hubiera decepcionado profundamente. La pregunta parecía que iba a quedar sin respuesta, hsta que el propio Pacheco tuvo que contestarla.

-Que yo sepa, no, señor Uribe, solamente que a mi me gusta tener las cosas a la antigua..., bien echas.

Muchas palabras se agolparon en la mente de Cayetano, palabras crueles que no se atrevió a decir. Guardó silencio un momento y concluyó:

-Pues lo haremos a la antigua, señor Pacheco. Usted conoce la etiqueta. Yo debo interrogar a mi hija si desea casarse, y quiéralo o no, tendré que darle una negativa la próxima vez que usted venga por acá con sus presentes. No soy hombre que acostumbre sujetarme a convencionalismos tontos, pero es el sistema que usted ha escogido y lo seguiremos. La ultima palabra quedará para que sea Constancia quien lo diga por mi conducto... -Al terminar esta frase, Cayetano se levantó. Fue entonces cuando Constancia le miró asombrada, anonadada casi. La alta y seca figura erguida frente a ellos, la voz firme, profunda y grave, los ojos entrecerrados, como el águila que atisba su presa. ¡Ese era su padre Cayetano Uribe, el temible guerrillero de la independencia, el que secundará, sin preguntar, razones, las órdenes del generalísimo! La mano  áspera tenía entre los dedos la fusta, era una mano de la que Constancia solamente había recibido ternura, pero ¡qué fiera se miraba con las manos levantadas!, como ríos de sangre que se abalanzaban haciendo latir su pulso en apagada cólera. Ese era el hombre que había amado hasta la muerte, porque no otra cosa había sido encerrarse en San Lorenzo y dedicarse  su hija con devota ternura.

Macario Pacheco y su hijo se habían levantado también,  y el padre se despidió sonriendo irónico:

-Fijaremos un plazo razonable..., digamos dos semanas, ¿le parece?

-Digamos dos meses...

-Es largo el plazo -argumentó Pacheco.

-¿Le parece poco lo que ha venido a pedirme?

Pacheco quiso tomarse la libertad de tocar el rostro de Constancia, que permanecía inclinado, pero ella se retiró violentamente mientras él se disculpaba:

-Pero criatura..., si mi sueño dorado es que tú me cierres los ojos -dijo tratando de parecer convincente, entonces le tendió la mano y los dedos de ella apenas rozaron los suyos. Fue un movimiento repulsivo más que tímido.

Una vez que se hubieron ido, Cayetano preguntó:

-¿Ha habido entre tú y el hijo del mayordomo de La Hedionda?

Constancia advirtió que su padre mencionaba intencionadamente el oficio de Pacheco, entonces le miró francamente a los ojos y sonrió abiertamente.

-No papá..., ni me gusta.

-¿No te gusta porque Matilde te haya pervertido, o simplemente porque te no gusta? No creo que sea la clase de hombre que le desagradecería a una mujer -dijo Cayetano sentándose en el petril del corredor. Constancia vino a su lado y le acarició.

-¿Matilde nunca te ha dicho nada sobre ellos?

-Nunca... -Constancia hizo la señal de la cruz y la besó.

Cayetano era ahora el que sonreía.

-Pues si alguna vez dice algo, será mucho, créeme. Ella los conoce bien, ella y todos nosotros, los que sabemos sus porquerías, sus robos, sus... -guardó silencio y luego se levantó violentamente y casi gritó descargando el puño sobre el petril-: ¡Y ese quiere que seas tú quien le cierre los ojos!

-¿Qué es lo que no te gusta de él, papá?

-¿Por qué no te gusta a ti? -preguntó volviendo a sentarse junto a ella y tomándole las manos. Constancia se encogió de hombros.

-No sé..., no podría decirlo.

-¿Presentimiento?

-Tal vez...

_No hay corazón que engañe a su dueño, pero mira bien, Constancia, algún día debes casarte. No quiero dejarte sola, no quiero que causes lástimas como Matilde.

-Pero Matilde -interrumpió Constancia-, Matilde fue casada y perdió al marido.

-Si lo perdió, pero quedó sin amparo, sin nadie que le entendiera la mano, que viera por ella, y seso no es lo que quiero para ti. Por eso aferro a San Lorenzo, por es quiero que te cases -la miró a los ojos y dijo resignado-: con el hombre que tú elijas, solamente mira que sea todo un hombre.

 -Todo un hombre como tú, Cayetano Uribe -dijo ella besándole las manos que soltaron la fusta.

-Constancia... - dijo como un murmullo.

-Dime papá... ¿Me llamas a mi o llamas a mamá?

-Un poco de cada una. Soy hombre de un solo amor Constancia. En la vida y en la muerte solo hubo una mujer para mi.

-Yo también quiero ser amada así, en la vida y en la muerte -dijo ella como un suspiro...

Al cabo de los dos meses convenidos, los Pacheco volvieron a San Lorenzo. Esta vez ya les esperaba Cayetano, que había escrito la fecha en la pared de la cocina con un pedazo de carbón.

 -La llevo estampada en el lama también -comentó con sus amigos, todos ellos vecinos y trabajadores, gente ruda y pobre, pero decidida y enérgica, que no disimularon su admiración ante los hechos.

-Quiere hacerse decente el tal... -dio uno.

-Nada más que la herencia es como el talento, se nace con ellos y se muere sin que nos dejen -respondió otro.

Allí estaba otra vez insistiendo en su propuesta, sin que Cayetano pudiera explicarse qué razones tenían.

La respuesta negativa no parecía desanimar a los Pacheco; es más, la esperaban y decidieron poner otro plazo, "según lo acostumbrado!. Sobre la pequeña mesa de la estancia estaban los presentes que la novia rechazó también, según lo establecido. Un rebozo de Santa María, de eso que pasan por un anillo de puro fino que son; unas arracadas de oro y una mascada de seda. Los Pacheco regresaron con ellos por donde habían venido.

-¿Otros dos meses? -interrogó Pacheco.

-Digamos cuatro -respondió Cayetano.

-Es mucho tiempo.

-Están jóvenes, pueden esperar. Yo no tengo prisa -dijo Cayetano casi furioso.

Pero la tercera vez fue necesario aclarar de una vez por todas la rotunda negativa de Constancia.

-La muchacha no quiere casarse -dijo Cayetano.

-¿Por qué?

-Porque no quiere. Eso es todo y conste que lo advertí desde la primera visita.

-Fue una jugada darnos plazo.

-Una jugada que ustedes quisieron hacerse. Si mal no recuerdo, señor Pacheco, usted dijo que haríamos las cosas a la antigua. Así lo hemos hecho. No hay poder ni ley, ni fuerza legal alguna que me obligue a entregarles a mi hija contra su voluntad -dijo Cayetano con tono decidido.

-La señorita nos desdeña... -replicó Pacheco recogiendo  violentamente los presentes de sobre la mesa y añadió casi entre dientes-: ojalá no le pese algún día habernos echo este desaire.

Constancia, como era lo establecido, había acompañado a su padre en las dos entrevistas, pero sin levantar la vista, exactamente igual a como se comportara la primera vez. Todavía Pacheco insistió acercándose a ella y preguntó:

-dime la verdad, hija mía. ¿No te han forzado a dar la negativa  por contesta? ¿Voluntariamente desdeñas a mi hijo que te quiere tanto y puede hacerte feliz?

Constancia no sabría decir por qué sintió miedo, y persistió en su terca actitud sin levantar los ojos.

-No quiero..., no quiero... -respondió rompiendo su miedo, la timidez que la tenía asida por los cinco sentidos, y entonces levantó la vista y desafió la altiva de los Pacheco.

Mal había acabado la entrevista. No quedó siquiera la atenuante del disimulo, sino la desnudez del despecho.

-Vamos, padre -intervino el hijo-. Ninguna mujer hasta ahora nos había afrentado como la señorita Uribe. Somos muy poco para ella, pero Dios quiera no se arrepienta de haberlo echo...

Cayetano y Constancia los vieron partir. Está ultima vez, para impresionarlos sin duda con los brillos de su fortuna, habían echo la visita con un carruaje de La Hedionda.

-Uno de los coches del amo -dijo Cayetano mirándolos alejarse.

Más tarde, al comentarlo con Matilde, ésta dijo con rabia contenida:

-Bien se cobra el fulano los galanteos de su mujer con el señor de Valdespino. Nadie ha de reclamarle ahora nada si desde antes no o hicieron.

Y la voz de Matilde parecía un comienzo de llanto, de rabia y despecho apretados en la garganta como una tenaza.

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Comentarios Batallon de San Patricio. (Patricia Cox) Capitulo 5



Desde la Plaza Tapatía (al fondo, el Instituto Cultural Cabañas), Guadalajara, jalisco, Mex.

Felíz fín de semana
Estoy deseando ver el capitulo 6, tiene muy buena pinta! :D
Empleo Empleo 02/11/2008 a las 00:45
Leonardo que preciosidad de foto has puesto, donde es?
Un saludo.
Reino Unido Reino Unido 12/12/2008 a las 11:15
Yo veo tambien el avatar y es buena la serie y parece japonesa pero este U.S.A. o.O¡ XD¡ Buena tu pagina chaux

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