Avisar de contenido inadecuado

Batallon de San Patricio (Patricia Cox). Capitulo 4

{
}

hey hey hey :-)  hola a todos de nuevo, aqui una vez mas les dejo el cuarto capitulo de este buen libro del batallon de san patricio, espero qeu lo sigan disfrutando tanto como yo en transcribirlo para ustedes, bueno subiré el proximo capitulo para el miercoles, espero sus COMENTARIOS :-P . saludos a todos.

---------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

Capitulo 4

Otra patria.

 

Esa mañana, al volver en si, al revivir sus recuerdos, comprendió la grandeza del dolor y la enorme alegría de vivir. Pocas veces se había encontrado tan dentro de si mismo. Un loco torbellino le había arrastrado desde ese día en que Deirdre se alejara para siempre de su lado y la gente le volviera la espalda. Había sido fugitivo de sí mismo, rehuyendo el encuentro de los que fueron sus compañeros, y rechazando el llamado del padre Nolan. Partió para siempre, sin decirle adiós a nadie, sin saber siquiera a donde podía buscar fortuna. Vivía aturdido y humillado y creyó que nunca se aliviaría la herida de su corazón. No sabía por qué recordaba ahora todo aquello. Era como si algo extraño hubiera rebotado lo vivido, como si volviera a beber su copa de amargura. Pero el agua turbia se tranquilizaba lentamente y los sentimientos también.

¡Qué extraña sensación de paz y de nostalgia, tendido sobre un lecho limpio, sin dolor, sin angustia, sin saber siquiera dónde se encontraba!

Juan O'Leary creyó que soñaba, cuando su mirada encontró los risueños ojos negros de una muchacha que le observaba tímidamente; con la sonrisa jugando en los labios entreabiertos. Estaba muy cerca de su lecho, y la joven tenía las manos cruzadas sobre la blancura de las sábanas. Eran manos pequeñas, morenas y así enlazadas, le parecieron a Juan como esos pajarillos parduscos que alegran el campo.

-¡Alabado sea Dios! -exclamó la joven-, por primera vez le veo los ojos limpios, libres de nube que parecía borrarle todo.

Su voz cantarina y alegre sacudió los nervios del herido. La muchacha hablaba en castellano, idioma que O'Leary comprendía, aunque lo hablaba lentamente por su marcado y rudo acento irlandés.

 La joven se incorporó y le toco la frente, bajó sus dedos por su rostro y le rozó la barba crecida. El la dejaba hacer, gratamente satisfecho; tenía la curiosa sensación de haberse convertido en un animalillo mimado y orgulloso.

-Todavía tendrá que estar muy quieto -le reconvino la muchacha amenazándole con el índice-. Sus heridas no están del  todo cerradas; no deberá dar manotazos, ni empujarme las manos cuando le cure... ¡tendrá que portarse como niño bueno para que se alivie pronto!

O'Leary disfrutaba de aquella charla infantil y del ademán de cariño con que la muchacha cumplía sus deberes de enfermera. Cuando ella guardó silencio y se quedó pensativa, el enfermo oyó a los pájaros alborotar afuera.

-¡Ave María Purísima! -exclamó--, ¡es posible que no haya entendido nada de todo lo que he dicho!

O'Leary la miró enrojecer mientras se inclinaba sobre el lecho y sus ojos buscaban su mirada. Había apoyado sus manos muy cerca de la que O'Leary tenía fuera de la sábana, y los dedos largos y fuertes se acercaron a la manecita que permanecía inmóvil.

-Comprendo todo, niña... -respondió oprimiéndola ligeramente.

Ella se asombró de haber sido comprendida. Había oído decir que los extranjeros hablaban un idioma incomprensible y en su inocencia creía que por eso eran herejes y perversos; difícilmente podría olvidar el horror que le causó desde su niñez haber escuchado al Tata Cura en la doctrina hablarles de la Torre de Babel, y pensó que hablar otro idioma que no fuera el suyo significaba ya en sí una maldición.

El enfermo, desde su lecho, la miraba curioso. De pronto se sintió abochornada por los ojos fijos en ella, entre sonrientes y burlones, pero se sobrepuso y haciendo acopio de su ánimo le preguntó:

-¿Es usted Iñaki?

O'Leary sonrió y negó suavemente con un movimiento de cabeza, mientras respondió:

-No..., soy irlandés.

-¿Y allí..., hablan nuestro idioma?

-No. Tenemos lengua propia, pero los ingleses nos obligan a usar la suya.

-Y eso..., ¿dónde queda?

O'Leary hizo un ademán amplio mientras dijo:

-Al otro lado del mar.

Constancia fingía entretenerse con pequeños dobleces que hacía entre sus dedos nerviosos a la sábana cuando preguntó lo que más le interesaba:

-¿Y qué hace usted aquí?

O'Leary se desconcertó y no supo de pronto qué responder. Sus ojos se clavaron en ella y su mirada suplicante y humillada.

-No sé... -respondió confuso-. Pelear..., supongo.

Constancia le miró las manos sin sangre, enflaquecidas y debilitadas, manos que ella había tenido que contener rudamente durante la fiebre, manos que habían sido entre las suyas flores arrancadas de su tallo. Levantó la vista y la fijó en él; un extraño impulso la obligó a callar la pregunta que estaba por hacer.

-¿Peleaba usted por ellos?..., o por nosotros?

Nunca sabría explicarse porqué guardó silencio; jamás quiso decirse a si misma que sabía la verdad. Sabía que había cuidado con esmero a un invasor, a un puerco yanki al que su padre, los guerrilleros y aun ella misma, en un momento dado, hubieran matado sin tentarse el alma.

O'Leary advirtió que ella no parecía feliz, como hacia apenas un momento y, sin embargo, veía que la dominaba esa recóndita ternura con que las madres miraban a sus hijos y las niñas a su muñeca preferida. Era agradable su rostro casi infantil, sus manos breves y morenas, su figura toda menudita y graciosa. Le pareció sentir la impresión de encontrar en ella algo que podía considerar íntimamente suyo como si le perteneciera por un misterioso derecho. La miró por un instante seria, pensativa, y luego adoptó una actitud rotundamente maternal y severa.

-Va a quedarse solo porque tengo mucho qué hacer allí afuera -dijo señalando hacia la puerta entornada-. ¡Nada de hacer imprudencias! -reconvino mientras concluyó-: ¡Fue muy duro pelárselo a la muerte! ¡Cuantas veces me amaneció sentada en este mismo sitio cuidándole las manos para que no se arrancara los vendajes o se quitara las cobijas y cogiera frío... Fue un batallar continuo hasta esta mañana... ¡Y ahora ha salido el sol!

¿Por qué lo dijo? Había habido sol todas las mañanas y allí estaba como siempre, en el cielo desnudo y azul, cayendo sobre el llano donde estallaban las flores amarillas de huisache..., y, sin embargo, creyó firmemente que ese sol no había brillado para ella sino hasta ese día. Se levantó bruscamente de la orilla de la cama y fingió ocuparse de recoger ropas y vasijas que acomodaba en una cesta. Había guardado silencio, pero escuchó al enfermo tararear una canción llena de nostalgia.

Un hombre como él, se dijo, debe tener muchas mañas con las mujeres, Es distinto de nosotros, viene de otro mundo, de otra gente que no habla siquiera nuestro idioma y, sin embargo, aunque quisiera, no podía aborrecerlo, casi le pertenecía, casi era suyo. Y sintió ganas de llorar, sin saber por qué, así como se dejaba llevar sin defensa por encontrados sentimientos, por extrañas  y oscuras sensaciones.

Ella no había conocido más hombres que los rudos rancheros del llano, de esa tierra dura como madrastra a la que había que arrancarle cada grano de maíz, cada mata de fríjol. Las nopaleras y los magueyales crecían arrancado al llano su propia subsistencia. Eran ásperos y hermosos, por lo menos a Constancia le agradaban, y los hombres tenían algo de la llanura, pero eran hombres malos porque todos los hombres son malos, así lo aseguraba Nana Matilde, que la había criado al faltar su madre.

Sintió un ferviente impulso de huir, pero a la vez un extraño sobrecogimiento la retenía. Hubiera querido preguntarle por qué la observaba así, pero hacerlo no estaba permitido en las normas de la buena crianza. Recordó entonces que los dedos del enfermo habían oprimido suavemente su mano, y se turbó más todavía. Acabó por confesarse que algo extraño le ocurría, algo que ella había presentido desde el comienzo, y tal vez por eso pensó con angustia en las palabras de Nana Matilde: "Los hombres son todos malos, muy malos, no lo olvides, Constancia...". Como si escuchara la voz de la mujer, dio media vuelta y lentamente, sin atreverse a mirar de nuevo al  enfermo, salió del cuarto.

O'Leary creyó que con ella se había ido su alivio, su alegría de vivir otra vez, la felicidad de su abandono. Muchas mujeres habían pasado por su vida después de Deirdre, aunque ninguna como ella, hasta esta criatura de quien ignoraba el nombre. A todas las había amado en distinta forma, tal vez en realidad buscaba en ellas a la que dejó en su juventud un agrio sabor de imposibles, y cuyo recuerdo permanecía tan solo adormecido en su corazón.

El despertar de esa mañana había sido como renovar sus sentimientos. Esa niña le invadió de una dulce esperanza, de una deliciosa embriaguez que le llevaba aprisa la sangre por las venas. Juan O'Leary ya no era  joven. Había pasado de los cuarenta hacía ya tiempo, pero tenía hermoso aspecto y los pocos cabellos blancos que resaltaban en su pelo cobrizo, le hacían más seductor; por otra parte, era libre y de espíritu aventurero, sabía charlar y su conversación de su éxito en el mundo femenino, aunque careciera de fortuna.

-Es ridículo -pensó- conmoverse así por esta niña que puede ser mi hija. -Trató de justificarse ante él mismo explicándose: la debilidad reduce al individuo y lo vuelve a la niñez; en estas condiciones, un hombre es capaz de llorar por una nadería. A pesar de sus reflexiones, sintió que despertaba de nuevo como si desde su adolescencia se hubiera quedado dormido a la orilla del camino, ese mismo camino donde cerró los ojos a su primer amor y lo dejó perder. Constancia, sin saberlo, le traía el recuerdo de sus días felices. Resultaba sorprendente volver a encontrarse a sí mismo, como si él tiempo se hubiera detenido y una magia extraña lo hubiera transportado a un país diferente, tan ajeno a su infancia que su solo nombre parecía conjuro de horizontes.

-No -insistió reprochándose otra vez-, la debilidad es maña, acobarda y nos hace ridículos y sentimentales.

Pero a pesar de todo se sentía feliz, dulcemente embriagado por esa diáfana paz que brillaba en los ojos de la desconocida.

Y Juan O'Leary sonrió como si estuviera presente.

{
}
{
}

Comentarios Batallon de San Patricio (Patricia Cox). Capitulo 4

Muy bueno el capitulo 4, a ver cuando me leo el capitulo 5!
Australia Australia 12/12/2008 a las 11:14

[url=http://www.buychionline.com]chi flat iron[/url],
[url=http://www.buychionline.com]chi hair straightener[/url],
[url=http://www.buychionline.com]chi flat irons[/url],
mbt shoes outlet mbt shoes outlet 25/05/2010 a las 09:08

Deja tu comentario Batallon de San Patricio (Patricia Cox). Capitulo 4

Identifícate en OboLog, o crea tu blog gratis si aún no estás registrado.

Avatar Tu nombre