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Batallon de San patricio (Patricia Cox) Capitulo 2

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Aqui les pongo el capitulo numero 2 de este para mi un gran libro, espero les guste yo seguiré subiendo los demas capitulos lo mas pronto posible mientrastanto espero sus comentarios.

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Capitulo 2

 

Un Patriota.

 

-No volverás a irte... ¡Nunca más!  ¡Nunca más! -gimió Dominick.

Juan no pudo separar sus ojos de aquel rostro austero, enflaquecido, de ojos profundamente azules y de atormentado mirar, la boca finalmente dibujada tenía un extraño rictus y los labios le temblaban ligeramente. Sus manos curtidas acariciaban los cabellos de su esposa. En las muñecas se advertía claramente el castigo del hierro.

-No me iré, Dominick... ¡he venido a empezar de nuevo!...

Juan advirtió un estremecimiento que denotaba claramente el horro que Dominick sintió ante aquellas breves palabras. Como impulsada por un violento empuje de inconformidad casi gritó:

-¿Empezar de nuevo, Esteban O'Leary? ¿Acaso has terminado? ¿Y quien va a secundarte? Aquellos hombres nuestros que tú dejaste no están ya, los que quedan están viejos, enfermos y desencantados. Los jóvenes no quieren oír hablar del pasado u sólo piensan en salir de aquí en busca de la tierra de promisión. Dicen que es América, los demás no ambicionan nada: tienen alma de esclavos y han jurado fidelidad ala reina. Protestan en voz baja y nuestros sacerdotes predican la paz " a cualquier precio".

-Daniel O'Connel opina de distinta manera. Dios que ahora la lucha es política y que logrará la unión de Irlanda a pesar de los irlandeses -dijo Esteban.

-¿A pesar de nosotros mismos? ¿Quiénes nos han empujado a la desesperación?...., ¿Quién nos apartó, Esteban? -Al decirlo, le miró angustiosamente, dolida de los largos años de ausencia y separación, y añadió-: ¡Tenemos derecho a un poco de felicidad... y para mi, la dicha toda es estar a tu lado!

Juan pensó en aquellas palabras de Dominick, provocadas por la desolación y el abandono: ¡Si yo fuera hombre!. El cambió era brusco y rotundo: era, sobre todo, mujer y esposa. Esteban la miró inundado de amor y ella le beso las manos.

-¡Mira cómo te han dejado, amor mío! -dijo al ver las marcas del hierro en las muñecas. Después reaccionó y habló con voz muy suave, lenta, como si cada palabra le pesara en el alma-: Olvidaba que para nosotros no puede ni deber haber paz humillante. Perdóname. Esteban O'Leary. Es curioso que el tenerte otra vez conmigo me ha acobardado, me ha hecho sentirme mujer otra vez.

Esteban no respondió. Le tomó las manos y ambos se miraron con infinita ternura. ¿Porqué recordó Juan aquel breve poema escuchando muchas veces de labios de su madre?

 

 

¡Ah, mirlo! Estás alegre

Con tu nido escondido entre matojos.

Eremita, no tañes la campana:

Dulce, suave y plácida es tu nota.

 

-¡Tu nota, eremita, que destruiría el encanto de esta hora nunca vivida antes! -dijo completando el antiguo romance, mientras calladamente se retiró a su lecho.

-¡Ah, pícaro lepricorn!, ¿por qué no has usado de tu magia y has limpiado el país de invasores y nos dejas dueños de nuestras tierras? -se preguntó al cerrar los ojos y caer en las tinieblas del sueño.

Muy de mañana Dominick bajó al pueblo sola. Era necesario comprar algo especial para agasajar a su adorado huésped. Sus ojos tenían un reflejo profundo de felicidad. Los vecinos la saludaron extrañados de verla sola.

-¿se te ha casado Juanito? -preguntó el vagabundo Popsi.

Dominick sonrió, pero no respondió, y siguió adelante, de prisa, porque los minutos para ella se convertían en horas.

Esteban y Juan se vieron por vez primera. Hasta ahora, los ojos del padre encontraban al hijo presentido apenas.

-Eres ya un hombre -dijo-. A tu edad, yo tenía una esposa.

-Usted tenía tierras.

-Es verdad. Las tenía. A lo largo de los años, a solas con mis pensamientos, he llevado sobre el corazón una carga muy pesada. Haber fracasado, y haberlos abandonado. Para una lucha como ésta, el hombre debe ser soltero. Ninguna mujer debe llorar nuestra ausencia, su soledad y su pobreza. Pero ya es tarde para regresar el camino andado... -dijo Esteban, sentándose frente a la mesa y mirando a Juan que, de pie junto a la chimenea, observaba aquel rostro tan viejo y tan nuevo, temeroso de que la magia del lepricorn lo hiciera desaparecer así como lo había echo llegar.

Parecía irreal encontrarse de pronto frente a frente y teniendo tanto qué decirse, no saber de que hablar. Así lo demostraban los grandes silencios en que, sin quererlo, se encontraban como sumergidos en una corriente extraña. De pronto, Juan hizo la pregunta en la que ambos pensaban:

-¿Y si le encuentran, padre?

-Hay orden de disparar sobre cualquier fugitivo, ¿lo sabes? -despeus de un breve y pesado silencio, su padre dijo-: ¡Nadie puede imaginarse la vida de un forzado, y Australia está tan lejos que se pierde en el mar!. Si he de morir, prefiero que sea aquí en la tierra de los míos, donde están mi casa y mi familia. Tal vez sólo a eso he venido, Juan: a morir aquí. Estoy  desencantado de todos y principalmente de mi mismo.

Alargó sus manos enflaquecidas y tomó  entre ellas las de Juan.

-Suceda lo que suceda, cuando el tiempo pase quiero que recuerdes esto: el hombre nació para vivir libre, ese hombre soy yo, eres tú, somos todos los que luchamos y fracasamos, los que aun perdiendo, tenemos una esperanza. No sé a ciencia cierta que esperamos, pero creemos en algo que debe llegar un día, en la justicia que debe regir sobre los hombres, en la comprensión y tolerancia que hacen llevadera la convivencia humana y, a pesar de decirlo, yo no he sido tolerante porque no puedo convivir con quienes durante setecientos años han explotado y envilecido a mi pueblo, contra quienes le han despojado de su cultura y de su fe, de su idioma y de sus tradiciones. Me asquea y me da lastima mi propia gente, derrumbada bajo el peso de su desgracia. ¡Qué contradictorio y ¡qué absurdo es todo! Luché por la libertad y me deportaron, condenado a trabajos forzados. Amé la vida y me arrancaron de los que amaba y, a pesar de todo, espero que llegue un día la libertad y la paz. ¡Y tengo miedo de no verlo!

Dejo caer la cabeza,  abatido, y soltó la mano del hijo, que le había escuchado bebiendo sus palabras, luego levantó los ojos y los fijó en Juan.

-No debo estar mucho tiempo aquí. Quiero ahorrar a tu madre el trago mas amargo. He venido dispuesto a morir y huyo de quien puede hacerme la muerte menos dura, menos amarga... ¡Ay!, Juan, ¿cuántas veces Cristo ha de redimir al hombre?

Juan le oía extasiado. A nadie había escuchado jamás expresarse en esa forma, con palabras tan simples y tan bellas, como las de alguno de los antiguos poemas célticos, como se hablaba en los Cánticos de Ossian.

-¿Pensar que nunca antes te había visto, que jamás pude hablarte? Y teniendo tanto de qué decirte, no te he dicho si no mi propia pesadumbre. ¡La comprenderás, porque eres un hombre y eres esencia de mi sangre! Así como ahora, te he visto siempre dentro de mi mismo, como el fin y la razón de mi esperanza. Después de ti, nada sino el vacío.

Juan sintió arder sus manos por la fiebre, vio los ojos brillar como una luz lejana.

Así los encontró Dominick, que regresaba del poblado. Todavía no se sabía nada de los recién llegados... Se arrodilló frente al esposo y preguntó:

-¿Crees que hay un mañana?

-El hoy es lo único que nos pertenece... -dijo Esteban, inclinándose a besarla.

Juan les miró fascinado. Había descubierto una ternura desconocida en su madre, valerosa y aguerrida siempre, como un soldado. Se retiró a su habitación sin que ellos se dieran cuenta y cayó en un sueño acogedor y profundo.

Le pareció escuchar un disparo, podía ser, quizá, cualquier ruido que perturbara su sueño; pero no tardo en oír otro y otro más. Despertó sobresaltado, y unos golpes violentos a la puerta de su casa le pusieron de pie  rápidamente.

Se asomó a la ventana. Era apenas el alba, un amanecer sucio de nubes grises y de charcos sobre el camino.

¡Dominick O'Flynn! -gritó desde afuera una voz imperiosa-: ¡Abre en nombre de la reina..., sabemos que tu marido está en tu casa!

Junto a la puerta, Juan encontró a su madre. La miró rápidamente y comprendió que era de nuevo la mujer adusta de siempre.

Afuera otro grito:

-Disparen sobre todo aquellos que se mueva.

La puerta abierta dejó ver el rostro  odiado y sanguinario de un peeler, con la bayoneta sobre el arma.

-En nombre de su majestad la reina... -dijo.

-Pasad, en nombre de Dios, que es el único que se venera en esta casa. -dijo Dominick, franqueándoles la entrada.

-No escapará con vida, Dominick... ¡No escapará! -dijo uno de ellos mientras arriba se escuchaban los pasos, el remover de muebles y las palabras groseras.

-Ha muerto hace mucho, y ustedes los irlandeses lo mataron -respondió ella levantando el mandil sobre su rostro y cubriendo su cabeza en señal de dolor y desesperación.

Y muerto estaba. Le sorprendieron al huir, no mucho más lejos del acantilado. Dominick iba entre los peeler que la custodiaban con lujo de fuerza. A Juan le habían atado los brazos ala espalda y lo llevaban a golpes tras de su madre.

Lo vieron tendido en unas angarillas, el cuerpo sangrante, acribillado por las balas asesinas. Entre el hoy y el mañana había transcurrido un breve tiempo, el alba apenas, tan breve que sólo quedaría señalando por más horas.

Dominick permaneció silenciosa como una estatua. Sus labios se movían pronunciando solamente un nombre: ¡Esteban... Esteban O'Leary!

Después se arrodillo junto al cadáver,  mientras el pueblo entero desfilaba junto a ellos.

Para colmar la balanza inmisericorde de aquella turba que burlaba toda piedad y justicia, colgaron el cuerpo en un improvisto patíbulo, "como un escarnio y una advertencia" -dijeron.

Dominick no se había movido de su sitio. Parecía petrificada, anonadada en el torrente de su propia angustia.

-¿Quién lo dispuso así? -pregunto Michael Hegarty, que no tardó en presentarse en el lugar.

-La justicia -le respondieron.

-¿Quién le juzgó?

El silencio fue la respuesta. Pero el coronel Johnston había llegado también. El pueblo le abrió paso respetuosamente. Era un hombre seco, de pocas palabras, que ejercía su autoridad sin abusos, y a pesar de ellos el pueblo no le amaba. Tenía que pagarle el arrendamiento de sus propias tierras y esto era más que suficiente para odiarle.

Con los ojos penetrantes y dominantes miró a los peeler y preguntó al jefe:

-¿Quién dio semejante orden?

El peeler trató de excusarse:

-Es la ley, señor...

-Pero la ley tiene reglamento. ¡Que ninguna mano se atreva a ejecutar a lo que yo debo disponer! ¡Abajo ese cuerpo!

Los hombres obedecieron.

Dominick solo tenía ojos para mirar a su marido, inerte como un fardo, destruido y miserable por una causa justa. El coronel Johnston se acercó a ella.

-Llévate el cuerpo de Esteban O'Leary y dale cristiana sepultura. Dios sabe que hombres como él no merecían esa muerte.

 Dominick no respondió. Su rostro pálido parecía sin sangre y sus ojos estaban secos, como si de pronto la fuente de su llanto se hubiera agotado.

-Desatad al muchacho -ordeno Johnston.

Y Juan sintió el martirio de su sangre corriendo bruscamente entre sus venas, pero permaneció impasible, como su madre, Johnston les volvió la espalda y subió a su caballo. Michael Hegarty le siguió.

Los vecinos ayudaron a Dominick en aquella penosa tarea. Estaba tan profundamente abatida, que parecía no darse cuenta de todo lo que ocurría a su alrededor. Nada falló para el velorio, y cualquiera que no hubiera sido ella, podría haberse sentido satisfecho de tan magnifico funeral.

-Hemos pensado mal de esta pobre gente -dijo Juan más tarde  cuando todo hubo concluido y estuvo a solas de nuevo con su madre-, En el fondo, estamos estrechamente unidos, no se necesitan palabras para decirlo, las voluntades, aparentemente quebrantadas, se mueven en un solo y generoso impulso. Necesitan solamente un poco de esperanza, un poco de fe en sus hombres, en sus guías.

-Nada de eso puede devolverme a Esteban O'Leary. Todos ellos juntos no podrían dármelo de nuevo - dijo.

Juan trató de consolarla.

-Mi padre venía dispuesto a morir, ¿telo dijo acaso? ¡Quería que sus cenizas descansarsaran en la tierra de los suyos, cerca de ti, a la que tanto amó!

Fue entonces cuando toda la férrea entereza de Dominick se quebrantó. Se dejo caer sobre el piso, donde Esteban Había apoyado sus pies, junto a la mesa, y allí lloró desconsoladamente. Lloró hasta quedar sin lagrimas.

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Comentarios Batallon de San patricio (Patricia Cox) Capitulo 2

buenísimo..felicidades..y a ver si pronto nos sorprendes con otro.
Hoteles Milán Hoteles Milán 13/10/2008 a las 18:30
Muchisimas gracias por ponernos otro capitulo aqui!
Un saludo.
Alquiler Pisos Alquiler Pisos 23/10/2008 a las 01:35
Saludos. Me interesan datos biográficos de Patricia Cox que no encuentro. Entiendo que es la autora de la novela Umbral que publicó la Editorial Jus en 1948, o se trate de otra persona.  Gracias por la respuesta.
FELIPE J. DE LA TORR FELIPE J. DE LA TORR 25/07/2011 a las 21:30

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