Avisar de contenido inadecuado

Batallon de San Patricio (Patricia Cox) Capitulo 11

{
}

Capitulo 11

 

La Angostura

 

San Luis Potosí se divisó a lo lejos, apenas una mancha ocre entre el gris desolado de llano. Por el camino ya no había hombres, pero el rastro de su paso estaba sobre la tierra, entre el dolor y las enfermedades. La disentería y el hambre habían echo profundos estragos en el diezmado ejercito.

Muy cerca de la población, Cayetano detuvo su caballo y miró a O'Leary por última vez:

-Todavía es tiempo -le dijo-. Si usted es de los yanquis, vuelva con los suyos y que Dios le perdone.

O'Leary guardó silencio; no dijo verdad ni mentira, simplemente reconoció lo suyo y siguió tras el guerrillero. Había decidido presentarse simplemente al general Francisco J. Romero, que era jefe de la compañía de San Patricio.

Desde las primeras calles se advirtió una ciudad sobre las armas. Hombres con la ropa echa jirones, con las cabezas vendadas con sucios trapos, con los brazos colgando en cabestrillos improvisados con rasgones de uniformes, con los rostros demacrados por la fiebre y la disentería, con las manos temblorosas por la debilidad y el hambre; hombres que habían sostenido una tremenda batalla "con una ración de tasajo y de tortillas" y con tres noches de marchas forzadas, sin reponer la fatiga ni el hambre, hombres que vieron en La Angostura temblar a los yanquis ante su empuje pidiendo clemencia arrodillados, con los rosarios y los escapularios en las manos gritando que eran católicos..., ¡lo recordaron entonces cuando vieron la muerte centellear en las puntas de las bayonetas! Y volvieron a olvidarlo cuando Santa Anna se negó a firmar el armisticio.

San Luis había respondido heroica y desinteresadamente al llamado del general presidente. Sacrificó sus bodegas y sus cosechas para el ejercito y dio sin tasa todo lo que tenía en las arcas particulares; allí se acuñó moneda y se hizo el vestuario que requería ese ejercito echo al amor de la patria y de la libertad..., y ahora recibía con los brazos abiertos a los hombres víctimas de la "gloriosa derrota de La Angostura".

La ciudad era toda cuartel y hospital de sangre.

Cayetano y O'Leary caminaban  despacio, mirando anonadados los restos del glorioso Ejercito del Norte.

Enésimo García apareció en una esquina y su ancha y ruda sonrisa fue un saludo breve, que se ensombreció al acercarse a Cayetano. Venía a caballo, como buen guerrillero.

-Ya comenzaron a salir de la ciudad las tropas que pueden hacerlo. Los heridos y los enfermos tenerse en pie, irán saliendo poco a poco. ¡Hay revolución en la capital!

Cayetano se demudó al escuchar aquella noticia.

-¿Revolución? -dijo-, ¿no basta lo que tenemos ya? ¿Quién la encabeza?

-Gómez Pedraza contra Gómez Farías, con dinero del clero. Hay pena de excomunión para todo el que compre bienes que pertenecen a los conventos...

-¿Y que gente está pelando?

-Los Polkos..., son los señoriítos de la sociedad. Dicen que los cuarteles son ferias...

-Pero los Polkos no son soldados... -dijo Cayetano incrédulo-. ¡Esto ya es demasiado!

-Pero es la verdad -respondió su compadre-. Hay revolución en la capital, mientras los yanquis han sitiado Veracruz...

Cayetano guardó un silencio pesado y sombrío. Volvió la vista para encontrar a O'Leary quien había escuchado asombrado hasta la incredulidad las tristes noticias. Luego los ojos del guerrillero adquirieron un fulgor siniestro y alzó la fusta; el caballo, encabritado, levantó el cuerpo y pateó al vacío mientras Cayetano gritó:

-¡Así vamos a ganar la guerra, hijos...!-y soltó el cervantesco vocablo.

Enésimo y O'LEary miraron aquella cólera impotente, aquel furor aplastado por la adversidad.

De pronto, un grito asombrado y alegre llamo un nombre:

-¡Juan O'Leary, Juan O'Leary!

Sus ojos descubrieron a Dennis Conaban que avanzaba hacia el caballo, los brazos en alto, la risa aflorando sobre el rostro como un destello.

-Dennis Conaban... -exclamó mientras se apeaba y abría los brazos.

Era el mismo dennos de muchos años atrás; el mismo con el que compartiera desde la niñez largas horas de juegos y esperanzas.

Cayetano modificó su expresión de cólera. Uno de los hombres del San Patricio había reconocido a su extranjero, luego entonces, podía haberse equivocado en las duras palabras con que le  había hablado al llegar a San Luis.

Ya no podía pensar serenamente, estaba excitado y furioso, pero su cólera iba más contra los suyos que contra los extraños. Si se perdía la guerra, la culpa sería de los malos mexicanos que no parecían percatarse de la enorme tragedia que aplastaba a sus hermanos por todo el norte del país. Con la amenaza de Veracruz sería más grave el conflicto y menos hombres a defenderla..., ¿estaban locos o eran tan perversos que no podían abrir los ojos a la realidad?

O'Leary y su amigo se habían trabado en una animada charla en su "bárbaro idioma".El compadre Enésimo y Cayetano se miraron entre extrañados y conformes.

-Habíamos pensado mal, compadre, Dios nos perdone -dijo Enésimo-. Después de todo, el extranjero estaba con nosotros...

Cayetano se encogió de hombros y repuso:

-Ya no sé nada..., estoy aturdido con todo lo que pasa. Nosotros podemos salir enseguida.

-No con tanta prisa -repuso Enésimo-. Eso mismo le dije a mi teniente coronel Cruz y me dijo que había que esperar.

-¿Esperar que?

-¡Sabe!... -dijo Enésimo encogiendo sus anchos hombros.

O'Leary y su amigo volvieron hacia ellos. Juan tendió su mano a Cayetano que la estrecho entre las suyas fuertemente...

Cayetano sintió el impulso de abrirle los brazos y estrecharlos contra si, pero era hombre poco efusivo y se contento con decirle:

-Gracias, O'Leary..., y perdóneme.

-Perdóneme usted a mí -respondió Juan-. Pero no lo dijo por qué. ¡Nos encontraremos algún día, en alguna parte y volveremos juntos!

-Dios lo quiera -repuso el guerrillero.

Juan puso en sus manos la brida del caballo y se despidió de Enésimo que, conmovido, exclamo:

-Quien dice adiós se muere, vale. ¡Somos muy machos para morirnos! ¡Todavía tenemos que enseñarle a los malditos yanquis quienes somos! ¡La Angostura no fue todo! -sonreía con una expresión melancólica que trataba de ser aguerrida.

¡La Angostura no fue todo!, ¡no! Era apenas una derrota entre muchas otras, todas victoriosas y llenas de gloria y de llanto, de despecho y de impotencia. Eso era La Angostura....

Un irlandés más en las compañías de San Patricio no causaría sorpresa alguna.

El extraño fenómeno de semejanza parecía arrastrarlos hacia los débiles, hacia os derrotados. Los  desertores de las filas americanas aumentaban increíblemente el número de los colorados del San Patricio.

Circulaban profusamente las proclamas patrióticas escritas en correcto inglés y firmadas por Guillermo Prieto, Fernando Ramírez y Luis Martines de Castro, en las que se hacía a los irlandeses un patético llamado a sus principios religiosos y morales, poniéndolos al tanto de la verdadera situación de México con respecto a sus invasores.

Aquellos hombres, que en su inmensa mayoría habían salido de su patria huyendo de la injusticia, y que buscaban en Estados Unidos el "paraíso prometido", habían, sido villanamente engañados al arrastrarlos a la guerra. La Verde Erin, así como México, eran pueblos débiles y víctimas del sajón. Esta semejanza era hábilmente aprovechada por los escritores mexicanos, que llamaban a una puerta cuyo resorte no era difícil de hallar. La situación de México, hasta en sus problemas internos, era tan parecida a la de Irlanda que podía comparársela perfectamente.

Desde 1823 Irlanda había vuelto sus ojos hacia México y diez mil familias solicitaron del gobierno autorización para colonizar la provincia de Texas, ya en disputa con los supuestos limites con la Florida, pero México estaba hundido en tremendas dificultades partidarias y no se respondió a ese llamado, sino que se favoreció a los planes de Esteban F. Austin, que tenía el designio de hacer de Texas parte de la Unión Americana, y no cejaría en su empeño, afirmando que sus colonos eran perseguidos en los Estados Unidos por ser católicos.

Algunas familias irlandesas habían fundado el condado de San Patricio que un día fue aniquilado por los indios apaches, que no dejaron de sus hogares piedra sobre piedra. Ya para entonces don Lorenzo de Zavala, Esteban F. Austin y Samuel Houston tenía decidida la independencia de Texas y habían resuelto seguir sosteniendo la esclavitud, abolida en México, como país independiente.

El hambre de 1846 provocada por la perdida de cosecha de papas, arrastró a Texas buena cantidad de inmigrantes irlandeses, esos sí, católicos perseguidos a quienes Estados Unidos prometía "la tierra de libertad"; apenas desembarcados tuvieron noticia de la supuesta agresión de México hacia la naciente republica de Texas cuya independencia no estaba ciertamente reconocida por el gobierno mexicano, ya que el Congreso no aceptaba la cobarde firma de don Antonio López de Santa Anna en los arreglos de San Jacinto.

Muchos colonos continuaban fieles a México mientras una mayoría esclavista obedecía los intereses de don Lorenzo de Zavala y del Congreso de la Unión y estaban por la guerra.

Las razones expuestas por el gobierno americano fueron tan convincentes que muchos irlandeses creyeron de buena fe que tomaban las armas para combatir a los bárbaros del sur, nombre que se dio a  la apachería.

Dennos Conaban había sido de los colonos fundadores del condado de San Patricio y estaba más o menos enterado de los sucesos de la historia, así que puso sobre antecedentes a su recién encontrado amigo.

Para ambos, Irlanda parecía ahora muy lejana, pero habrían de encontrarla revivida a cada paso en el vasto territorio invadido mexicano y ensangrentado. La misma pobreza, la lucha con el miedo hostil siempre al campesino, la inicua explotación, el acendrado sentimiento religioso del que se hacía bandera por la libertad y los derechos humanos y hasta ese cierto desprecio ante la muerte que un cantar mexicano resumía en una frase:

"Si me han de matar mañana

que me maten de una vez..."

 

Los dos amigos habían visto retirarse a Cayetano Uribe y al compadre Enésimo García. Ellos eran como muchos hombres en el mundo, luchadores incansables de un ideal que parecía cada vez mas lejano, casi inalcanzable. Ellos no equivocaban sus sentimientos y su bandera, sino que eran leales a sí mismos y al suelo que los vio nacer. No comprenderían tal vez en su totalidad la tragedia de los inmigrantes, forzados a buscarse una patria que el déspota había echo imposible para ellos; el arraigo a la tierra era tan vital a la sangre de sus venas.

Los extranjeros caminaron lentamente por las angostas calles empedradas que estaban sucias y maltratadas por el paso de hombres y caballos; los adoquines habían soltado bajo el peso de la artillería, y en puertas y ventanas se miraban rostros anonadados, incrédulos ante el pavor de lo ocurrido en poblados ocupados por el invasor.

Niños y perros ambulaban por las calles en busca de limosnas; algunas mujeres esperaban pacientemente ante la puerta de La Lonja para adquirir un poco de maíz y la fortuna de unos granos de fríjol. San Luis, que había abierto sus bodegas para llenar de provisiones al ejército, padecía de hambre por su generosidad. Al fortalecer la ciudad, muchos huertos habían desaparecido y los campos, tan raquíticos de por sí, permanecían ociosos. No había manos para trabajarlos, y las conductas que podían llegar de la Huasteca, lo hacían por caminos y veredas extraviadas, dado que Tampico estaba ya en poder del invasor.

-¡Habernos encontrado aquí! -exclamó dennos pasando su brazo por sobre los hombros de O'Leary. Se detuvo un momento y añadió-: ¡Me costo trabajo reconocerte, después de tantos años, y metido en esas fachas... -Su sonrisa no era burlesca, pero difícilmente podía dominarla ante aquel traje armado sobre la elevada estatura de su amigo.

-Me vistieron con lo que pudieron -dijo Juan a modo de explicación, dejando caer los brazos a lo largo del cuerpo.

-No necesitas decirlo..., ya lo veo. ¿Quiénes son ellos?

-Cayetano Uribe...

Dennos Conaban hizo u gesto de sorpresa.

-¿El guerrillero? ¡No haber sabido quien era!

-¿Lo conoces?

-Sé quien es, no hay en el norte quien no conozca el nombre de Cayetano Uribe... es muy mentado, dijo en español.

-Pues a él le debo la vida..., y también mi felicidad, si llega el día en que acabe esta maldita guerra y yo pueda volver a San Lorenzo...

Dennos rió escandalosamente y algunos rostros se volvieron a verlo con reojo. Dominó su ruidosa alegría y volvió a pasar su brazo sobre los hombros de Juan mientras decía:

-¡La hija de Cayetano Uribe..., la Constancia!..., ¡quien lo hubiera dicho!

-¿La conoces?

-¿Quién no va a conocerla entre la gente? ¡Son muchos quienes deben a sus cuidados contarse entre los vivos!..., dime cómo es ella...

-Demasiado joven..., demasiado hermosa.

-Y tú..., enamorado como un bobo.

-Enamorado a mis años, ¡ha de parecer ridículo! Pero así es. El hombre no puede dejar de amar y ya he vivido una eterna búsqueda del amor -dijo Juan con gravedad.

-Has vivido una eterna búsqueda de la mujer, diría yo.

-Tal vez. Yo mismo traté de librarme de esa adorable criatura. Una vez estuve dispuesto a echarme al llano y no volver a verla nunca ni saber de ella. ¡Es absurdo, puede ser mi hija!

-Para el amor no hay edades, Juan. Todos los hombres llevan íntimamente un anhelo. Encontrarlo es una fortuna que no todos tienen. Tú has sido afortunado, ¡desde nuestra lejana juventud te admiré por eso!

-¿Admiraste mi desgracia?

-La envidié... Deirdre era la mujer que te correspondía y que te arrebataron todos esos absurdos que urden las sociedades... ¡Diferencia de clases! ¿De dónde salieron ellos, Juan? ¿No fueron hombres que por malas artes se adueñaron del destino de los pueblos? ¿De dónde el poder y la gloria, la riqueza y la nobleza?

Juan se sobresaltó al escuchar aquellas palabras.

-Anarquista..., ¿o demagogo?

Dennos movió la cabeza con gesto dubitativo.

-Cuando se vive como nosotros, al azar del viento, sin raíz ni esperanza, se miran muchas cosas que no pudieron verse antes, porque la juventud persigue ideales y la vida va desahogándolos hasta dejarlo a uno desnudo, ¡entonces se piensa!

-Peor tú aprendiste en una gran escuela, en un seminario famoso.

-Y tú aprendiste, como yo también, en la vida, que es la mejor maestra... Sólo sé algo de cierto, Juan. ¡Que el hombre con toda su carga de amarguras y esperanzas, de ilusiones y desengaños, no es sino una sombra que pasa y que el tiempo borra! No somos sino un grano de arena en la inmensidad del desierto. Nuestro destino está señalado desde que nuestra madre nos engendró, y no podemos escapar de él.

Guardó silencio y se detuvo. Señalando a Juan un ancho portal abierto sobre el que flameaba el pabellón tricolor.

-Pasa -le dijo-. Ahora vas a firmar tu suerte con tu destino.

Y sonrió enigmático, como si aquellas palabras fueran una sentencia.

-------------------------------

-------------------------------

Dejen comentarios porfavor =), y diganme que tal les esta pareciendo este libro.

{
}
{
}

Comentarios Batallon de San Patricio (Patricia Cox) Capitulo 11

Los sanpatricios fueron heroicos y grandes ejemplos de que nuestra patria puede recuperar su libertad. Es injusto que los olvidemos.
Sebastián Echavarría Sebastián Echavarría 17/07/2009 a las 04:24
Quiero recuperar un estribillo que cantaba en inglés el Batallón de San Patricio que  empezaba con "green goes ..........  y de ahí Patricia Cox decía que por eso se les llama gringos a los americanos ¿en qué capítulo está? me podrías mandar el estribillo o el número de capítulo y dónde buscarlo.
olga arias olga arias 25/05/2010 a las 19:44

Deja tu comentario Batallon de San Patricio (Patricia Cox) Capitulo 11

Identifícate en OboLog, o crea tu blog gratis si aún no estás registrado.

Avatar Tu nombre