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Batallon de San Patricio (Patricia Cox) Capitulo 10

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Capitulo 10

 

¡Se han ido!

 

Nadie los había sentido partir. La madrugada estaba aún lejana y las estrellas parecían bajas, luminosas y limpias por el frío del alba.

Juan O'Leary y Cayetano Uribe detuvieron un momento los caballos para volver la vista atrás, hasta distinguir el rancho de San Lorenzo, perdido en el llano como una isla en el plateado mar de luna. Una estrella fugaz desprendiese del firmamento y trazó en el cielo su cábala misteriosa. O'Leary se santiguió con un ligero estremecimiento. Los irlandeses creen que esas estrellas son almas que se alejan de la tierra.

Iban cabizbajos, absortos, pensando ambos en que aquella despedida podía ser la última.

Constancia sabía que se marcharían sin despedir; así acostumbraba hacerlo su padre APRA ahorrarse ese dolor inútil y, a pesar de eso, cuánto hubiera dado Juan O'Leary por tenerla una vez más entre sus brazos, por sentir el olor de sus cabellos y la frescura de sus labios. ¡Qué largos parecerían de ahora en adelante las tardes, y qué triste el despertar sin escuchar el reclamo de la tórtola con el que Constancia acostumbraba  llamarle siempre.

Cayetano pensaba mucho recordando la larga y continúa lucha vivida, las traiciones y los turbios engaños. Por traición murieron Hidalgo y Morelos: por traición cayeron también Iturbide y Guerrero. ¡Qué sucia intriga para tan triste muerte! ¡Y qué duro vivir en esa lucha sin cuartel y sin esperanza!

Detuvo un momento su cabalgadura y volvió la vista atrás. Juan O'Leary hizo lo mismo. Ambos miraron la llanura solitaria como un desierto regado con sal.

Ellos, que eran arrojados en el sufrimiento, habían huído  acobardados ante el adiós de una despedida. En sus ojos había un brillos húmedo que secaba el resol y la distancia. Y Juan recordó aquella canción de Constancia:

Yo ya me voy,

sólo vengo a despedirme.

Adiós mujer,

adiós para siempre, adiós...

 

La jornada era larga y penosa hasta San Luis Potosí, donde se reunirían las tropas  derrotadas en La Angostura, hombres que arrastraban armas, heridos, impedimenta casi inutilizada. Más adelante encontrarían sin duda restos del Ejercito del Norte, se unirían a ellos, y desde ese momento su soledad sería una entre muchas, y su dolor fuego en la misma llama.

Rocas desnudas que olían a fuego y a muerte. Frío húmedo que castigaba las carnes rendidas por el hambre y la fatiga, y la lluvia implacable que caía por la noche empapando hombres, armas y parque. Las tropas habían sacado el alma de coraje necesario para repeler a Taylor, y pelearon con furia hasta dejarlo de espaldas a la pared. El San Patricio ya figuraba oficialmente reconocido por Santa Anna en el ejercito mexicano. Cayetano los vio pelear como tigres embravecidos; sus gritos enardecieron a los mexicanos cuando se cobró al enemigo la primera pieza de artillería, que resultó ser uno de los cañones perdidos en Monterrey  El Obispado. Allí se convenció Cayetano Uribe que había echo bien en rescatar un soldado para su causa, es decir, rescatarlo no era la palabra: ganarlo, pero ahora su hija complicaba las cosas enamorándose de un extranjero.

Acamparon noche cerrada en una choza improvisada. Era necesario descansar u nrato y reponer las fuerzas quebrantadas. Habían recogido en el camino armamento abandonado y las bestias que ya no podían más.

Desensillaron y refrescaron a los caballos y después prendieron una fogata y calentaron esa humildísima comida que cabía en las cantinas de la cabalgadura y que tenía que durar para varios días. Cayetano ofreció a O'Leary un poco de tabaco; que era un pretexto para recomenzar una charla interrumpida por pensamientos sombríos.

-¿Podremos salvarnos, irlandés? -preguntó de pronto Cayetano. Torcía entre sus dedos el cigarrillo de hoja para llevarlo a los labios y levantó la vista para ver el rostro de Juan iluminado por el fuego.

-Lo único que nos salva es la fé, Cayetano Uribe.

-¿En quien hemos de creer, si todos nos traicionan?

-En Dios..., en nosotros mismos.

-¡Yo creo que por nuestra maldades Dios nos ha olvidado!

-Somos nosotros quienes nos olvidamos de Él -respondió O'Leary.

Cayetano no contesto; se echó sobre las espaldas y miró el cielo, que se asomaba por el techo destruido de la cabaña. Luego, como si confiaba algo que pasaba sobre su conciencia, dijo con voz queda, tan callada que apenas pudo escucharla el irlandés.

-¿Sabe? ¡Yo estuve excomulgado!

Juan pareció no escucharle, porque no respondió. Cayetano entonces se incorporó y se apoyó sobre su brazo mientras preguntó.

-¿Oyó lo que dije?

-Si. Lo oí perfectamente pero no ha dicho por qué.

-Todos los insurgentes lo estuvimos, fue lastimarnos donde mas nos dolía. Yo vi a Morelos, al hombre de hierro de don José María llorar como una criatura cuando la inquisición leyó su excomunión acusándolo de hereje... ¡Y no había hombre mas piadoso, hombre que hubiera sido más devoto de la Virgen María! ¡Es terrible saber que se esta luchando fuera de la iglesia..., es como pensar que se está contra ella, contra Dios mismo! ¡Y yo, desde entonces, no me paro en la iglesia..., pero sigo creyendo, sigo poniéndome en las manos de Dios! A alguien tenía yo que decirle esto ¡ por su muero! He vivido ya el infierno -su voz pareció ahogarse, luego volvió a echarse sobre la espalda y a mirar el cielo.

O'Leary entonces pareció hablar consigo mismo. No era una respuesta a Cayetano Uribe, era un recuerdo de sus propias penas y conflictos espirituales.

-Fue el Papa Adriano IV quien decidió entregar Erin a los ingleses. La cedió a Enrique II para castigar ala rebeldía de los irlandeses sobre ciertos asuntos que yo creo no merecían tan severo castigo. Eran fervores de un pueblo acendradamente piadoso. De este modo, un pueblo débil y rebelde quedó uncido por bula papal al carro triunfante de Roma y de Inglaterra. Vino después la reforma protestante y bajo Enrique VIII, bajo los Tudores, Irlanda sufrió su mas riguroso castigo, y siguió siendo católica y creyente; y sigue siéndolo a pesar de que sus sacerdotes-caudillos han desaparecido. Ahora llevan una política de "par a cualquier precio, a toda costa", con tal de que no se les moleste pero los hay, también, que siguen llevando en sus sangre la herencia de la lucha por la libertad, y ellos, como los de aquí que usted menciono, no se arredran ante el martirio. Es un calvario que debe llegar hasta su cruz, una y cien veces, porque no debemos de juzgar al sacerdocio por el hombre...

Cayetano, como era natural, no tenía idea de aquel asunto, es más, ni siquiera imaginaba que en otros pueblos las flaquezas humanas fueran semejantes.

-No olvidaré sus palabras, Juan O'Leary..., no las olvidaré cuando la confusión que se avecina  esté a punto de tambalear una y otra vez mi lastimado sentimiento religioso. Me ha hecho un gran bien hablándome como lo hizo... -tendió su mano por sobre los rescoldos y Juan se la estrecho con calor.

-Los hombres, como los pueblos, tienen su destino... ¿Por qué habría yo de venir hasta aquí, y en esta soledad, en esta tragedia, encontrar mi felicidad?

Y fue entonces cuando el irlandés, en lo profundo de su alma, hizo suya la bandera donde el águila abría sus alas, mientras la serpiente se arrastraba abajo emponzoñándolo todo.

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Comentarios Batallon de San Patricio (Patricia Cox) Capitulo 10

de nuevo ante todo gracias tu aportacion ayudo a alguien mas 
kozmik kozmik 05/03/2010 a las 00:54
Estimado amigo.. he leido con gran interes los dos primeros capitulos del libro de Cox.. lamentablemente me he quedado atorado pues no encuentro los capitulos 4,5 y 6, 13, 14 y subsecuentes al 17.. podrias decirme si estan en la red.. o donde consigo el libro.. ya agote mis instancias y no hay en enta.. gracias por este esfuerzo... quedo pendiente..
paco vega paco vega 15/03/2010 a las 06:36
Estimado amigo.. ya baje los restantes capitulos, anotados n mi comentario anterior... quisiera saber si en este concluye el libro.. gracias
paco vega paco vega 15/03/2010 a las 06:49

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