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Batallon de San Patricio. (Patricia Cox)

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Capitulo 1. Nuevo despertar.

 

Al estallido siguió una luz violenta como un relámpago, y con ella, un dolor que parecía rasgar su propia carne, intenso hasta el delirio; después se dejo caer sin voluntad y sin defensa en una hoguera donde las llamas fueron convirtiéndose en sombras; luego, el silencio, la noche pesando en sus pupilas, en sus labios, en su mente.

 Volvía a la vida sin saber cuándo ni adónde.

La brisa perfumada le traía olores de campiña, el balar de los rebaños, el canto de los  gallos y alguna voz indefinida que iba a perderse a lo lejos en un paraje desconocido y remoto.

 Su pensamiento giró violentamente; su memoria, como una ruleta, se detuvo recordando un grito, un paño tricolor flameando al viento, un disparo y esa nube  roja, incandescente, que lo envolvió consumiéndolo en el olvido. ¿Habían pasado días o años? Lo único que sabía con precisión era que estaba herido, en tierra extraña, en un país desconocido y hostil.

 Había tomado las armas en una guerra que le era ajena. La brecha abierta por las tropas de Zacarías Taylor, en el fuerte de Santa Isabel, se había convertido en un desierto hasta el Desfiladero de Piñones. La aridez de la tierra tenía espejismos distantes, y las noches pasaban de luceros y presagios. El odio estaba petrificado en rostros tallados en las rocas, en ojos calcinados en la arena; eran garras las espinas que florecían en el yermo, y un sudario de ceniza el horizonte gris, donde el sombrío perfil de la sierra era el filo de una amenaza en asecho.

 Será insospechado el sitio donde estoy -pensó, recorriendo con la mirada la habitación modesta y limpia, una como muchas de las que había visto en pueblos y ranchos que cayeron al empuje del invasor. Cabañas de gente pobre, de campesinos rudos convertidos en guerrilleros y de mujeres en cuyos rostros de habían desdibujado la sonrisa.

 Tienen razón en odiarnos..., pero no somos enemigos; la fatalidad nos arrastró hasta este país desconocido donde los irlandeses no tenemos porque combatir, porque despojar, incendiar y saquear. ¡Hemos dejado un mar de llanto a nuestro paso! -suspiró, pensando en los ojos que le miraron con rencor, en los rostros señalados con el hierro de marcar esclavos, en las manos caídas y vacías en los labios marchitos y sedientos. Esos ojos, espejo de todas  las tristezas, le recordaron a su madre. Allí estaba ella, en ese llanto silencioso, en esas manos lacias como flor tronchada. El rostro querido estaba fijo en su memoria, imborrable en el amor, aclarándose en su conciencia, preciso como si sus ojos lo miraran. Estaba adentro, como su sangre y su dolor.

 Cuando un hombre llega a la vida -pensó-, siempre hay una mujer. La vida misma es como ella, débil y fuerte, amorosa y cruel. El hombre siempre tiene en sus recuerdos un nombre de mujer.

 Ese rostro, borrado casi por los años y la ausencia, volvía de nuevo a su memoria. Había sido tan suyo como su paisaje húmedo, su propia soledad y la locura de sus sueños de adolescente; era, a la vez, irreal como la niebla y el humo del hogar, como los duendes de las leyendas y la queja errabunda de las ánimas en pena.

 De su niñez miserable y amarga, de su juventud aniquilada, no le quedaba si no el melancólico recuerdo de Dominick O'Flynn, atareada siempre, porque decía ella que las mentes ociosas engendran malos pensamientos, y ella era joven, hermosa y asediada. Alguna vez su mano áspera y grosera, maltratada por la tierra y los quehaceres domésticos, se detenía en los cabellos, la única caricia que le hacía, le comunicaba energía y confianza en la lucha diaria que llevaban las cuestas.

 Vivían solos, alejados de la población, en el ambiente húmedo y sombrío de pantanos recobrados difícilmente para la agricultura, labrando una tierra que ya no era del todo suya, sorteando la miseria y el abandono con un valor ejemplar.

 En la diaria oración que recitaba Dominick frente al cazo donde humeaban las papas, daba gracias al Señor por la ración lograda como premio al fruto del trabajo, agradecía también el techo que les cobijaba y pedía por el padre ausente y perseguido; un nombre que era para Juan una añoranza y para Dominick un destino sin mañana.

 Juan estaba acostumbrado a esa vida hosca y silenciosa que interrumpían a ratos las visitas de los vecinos, hombres, mujeres y niños que solicitaban invariablemente ayuda de aquella solitaria mujer. Les escuchaba charlar de los eternos e insolubles problemas del campo y la cosecha; y oía a las mujeres quejarse de sus hombres, y los niños hablar de las proezas realizadas en sus sueños al arrecho de cualquier desvelado lepricorn verde o rojo que pudiera sacarles de su miseria, dándoles un tesoro en relucientes monedas de oro.

 Año con año, el alboroto de la feria les llevaba al pueblo con sus mejores ropas. Dominick se miraba deslumbradamente hermosa con los cabellos recogidos en lo alto de su cabeza, como una dama, y vestida con el traje verde oscuro que había sido el de sus bodas y que ella conservaba con esmera.

 Iba ala feria a vender sus productos y sus animales y a pagar también la cuenta al administrador del coronel Johnson, deuda que casi siempre era mucho mayor de lo que esperaban.

 -Te has salvado otro año, Dominick -decía el administrador a la hora de las cuentas, cuando ella le entregaba relucientes monedas recién adquiridas-. ¡Si aceptaras mi proposición no trabajarías tanto y habría a tu lado un hombre que mirara por ti!...

 -Mientras ese hombre sea mi marido, ninguno estará a mi lado ni pisará mi casa -respondía ella sin alterarse.

 -¡Hace años que te abandonó y aun así lo quieres!  -insistía el administrador sin preocuparse de la presencia de Juan que, todo oídos, no dejaba escapar una sola de aquellas palabras, la gorra entre las manos y pegado a su madre como una sombra.

 - No me abandonó y bien lo sabes, Michael Hegarty. Fue mas hombre que tu y eso lo perdió. Si tuvieras vergüenza te abstendrías de cobrar el dinero que sudamos los campesinos, y estarías en Australia deportado.

 Michael dejó la pluma sobre el escritorio y miró retador a Dominick.

 -Bien sabes que yo no los delaté -murmuró.

-¡Por el nombre de Cristo!, yo no he dicho tal cosa, aunque en algunos quede esa deuda...

-¿Y qué podía yo haber hecho?

-Combatir a su suerte como te correspondía.

-¡OH, no! A dios gracias, no me agrada el papel de víctima. Vivo bien y tengo un puesto de confianza.

-Un puesto que un hombre honrado no admitiría jamás; si no hubiera hombres como tú, hace tiempo que Irlanda hubiera echado a los ingleses  -añadió Dominick con voz alta y enérgica.

 Entre el grupo de campesinos que esperaba su turno pacientemente, se comentó aquel dialogo que Juan solamente comprendió en parte.

 Michael Hegarty administraba los bienes del coronel Johnson, que era inglés y protestante, pero que cumplía como caballero cristiano con sus deberes de caridad y tenía compasión de sus acreedores, una compasión llevada lógicamente hasta cierto límite, pues de lo contrario, recurría a los peeler y hacía lo que todos los terratenientes: desalojar a los morosos, arrasar sus cabañas y quitarles todos los animales y cosas de valor, si algo valioso podían tener, para cobrarse el adeudo.

 Cada año, después de la feria, seguía el pago del arrendamiento, las admoniciones, las quejas y lamentos y las componendas. Dominick O'Flym trabajaba como un hombre, y como tal respondía a sus compromisos. Se le miraba con respeto por su energía, por ser la mujer de un rebelde y también. Porque era mujer de letras, de allí que respondiera a Michael como debía.

 -Agradece ala bondad del coronel el que estés en tu propiedad a pesar de tu marido...

 -El coronel y tú saben bien que Esteban O'Leary heredó esas tierras de su padre. Eran de ellos, por la concesión que se dio a los campesinos sobre los pantanos, y se dijo que no pagarían impuestos. De no haber sido por la desventurada revolución del 98, la tierra seguiría siendo nuestra.

 --Tu marido fue convicto -dijo Hegarty apartando de ella sus ojos y mirando hacia su libro de cuentas. Aquellas palabras parecían mas una acusación que una disculpa, pero Dominick no se arredró y repuso:

 -Eran hombres valientes, Michael Hegarty, hombres que creyeron en la fuerza de sus armas mas que en la policía de manos tendidas, hombres que quieren ser libres y luchaban por esa libertar, dondequiera que estén...

 En la oficina se levantó un murmullo de aprobación. Michael cambió entonces el tema y preguntó, mirando a Juan:

 -¿Este es tu hijo?

-Dios le bendiga -respondió ella acariciando con fuerte mano  los cabellos del muchacho-. ¡Es el único hijo que he tenido y quien me ayuda a salir adelante mientras las cosas cambian!

 -Las cosas no cambiarán, Dominick. ¡Ya no hay valientes! -dijo Michael en un susurro de voz que sólo ella escuchó, como si aquellas palabras dichas tímidamente hubieran evocado una época, una gloria y un triste destino que no le fue posible alcanzar.

 Dominick sonrió enigmáticamente y contestó:

 -No todos son como tú, Michael Hegarty, que desertaste de las filas de la libertad para volver a las de los esclavos.

Los ojos de Michael parecieron arder y respondió con ahogada cólera:

-Tienes la lengua muy suelta, Dominick, y podría costarte caro.

-No más del precio que ya he pagado, y mientras seas tú quien me oiga y el coronel sea tu amo. Los dos, amo y siervo, me conocen bien.

-Te conocemos bien, ¿por el amor de Dios que sí!, pero abusas en el uso de tus palabras...

-Pago religiosamente un impuesto que no debería pagar y nunca les he pedido ayuda ni plazo alguno...

-respondió ella con leve altanería mientras tomaba a Juan por los hombros y se disponía a marcharse. Ya en la puerta sonrió con profundo desprecio.

-¡Cuánto darías por verla humillada, pidiéndote siquiera una prorroga y logrando por la mala lo que nunca supiste por la buena!... ¡Qué hermosa venganza para ti!, ¿verdad, Michael Hegarty? -dijo una voz varonil al administrador, y añadió-: Dominick O'Flym tiene mas valor que todos nosotros juntos.

Juan apenas alcanzó a escuchar aquellas palabras, pero el dialogo anterior le reveló mucho de su propia vida, ignorada hasta entonces, porque Dominick pretendía no remover su pasado y le enseñaba solamente a venerar y a esperar el regreso de su padre, con la ciega confianza de que volviera.

Juan había advertido, además, que había en la localidad muchos hombres como Michael Hegarty que seguían a Dominick con mirada codiciosa. El candor de Juan había presentido las miradas de fuego; y mas tarde, ya adolescente, se dio cuenta cabal de aquel asedio y sintió odio hacia todos aquellos que miraban a su tierra, cuando se veían precisarlos a emplear brazos extraños para levantar la cosecha.

-A ti te come la impotencia -le había dicho el viejo Popsi, un vagabundo tuerto que conocía al dedillo de las habladurías, los chismes y vidas de los vecinos-. ¡Yo también creo que Esteban O'Leary volverá algún día!

Y Esteban O'Leary volvió entre la lluvia, una noche muy cerca de San Juan, cuando los chicos se empeñaban en acumular leña en sus tejavanas para prender las hogueras de esa noche: Había tiempo que Juan había ido al monte con otros muchachos , y al volver a casa había encontrado en el pantano un puñal oxidado. La excitación del hallazgo hizo a los muchachos disparatar sobre su posible procedencia. Alguno afirmó que no era sino el arma dorada de uno de los lepricorn rojos, tal vez el rey de todos ellos y el más temible.

-Esta noche se volverá de oro entre tus manos, y el lepricorn aparecerá para recobrarla. Pídele entonces tres deseos---, pero ten cuidado, porque son muy duchos para enredarte en tu propia ambición.

Juan había guardado el arma bajo su camisa. Dennis Conaban se le acerco para preguntarle:

-¿Qué le pedirás el lepricorn?

-No creo que existan...

-No digas eso..., pueden tomar venganza -digo Dennis francamente asustado-. ¡Sé de un hombre que los negó y los lepricorn se metieron en su vida y no lo dejaron ni morir en paz.

Juan sonrió u observó la seguridad de su amigo al mencionar a los astutos duendecillos.

-¡De verdad..., pregunta a Popsi! ¿Qué les pedirás?

Obedeciendo a un súbito anhelo acariciado largos años, Juan se llevó la mano al pecho y tocó la oxidada hoja metálica mientras decía:

-Que vuelva Esteban O'Leary... ¡Qué yo lo conozca siquiera!

Más tarde había limpiado con aceite la hoja del puñal y la coloco sobre la mesa. Era un trofeo que le gustaba acariciar diariamente con la mirada y con los dedos, como si su filo mellado le diera una extraña energía.

Bajo la mirada apacible de su madre, Juan estudiaba con ahinco. Era el único entre los muchachos de la aldea que sabía leer y escribir correctamente.

-¡Si nuestro pueblo no fuera tan ignorante -decía Dominick-, no sería engañado tan fácilmente por los ingleses y los traidores! Un pueblo que desconoce sus raíces, que ignora su pasado, está perdido y es esclavo del desamor y de la ignorancia ¡Ah...-suspiraba a veces-, yo debí de haber nacido hombre!

-¿Qué hubieras echo, madre, de haberlo sido?

Dominick permaneció un momento en silencio, luego dijo:

-Seguramente hubiera hecho lo mismo que tu padre porque a pesar de que la ausencia sigo siendo parte suya. Pero te aseguro que nunca me hubiera doblegado a la política de tolerancia, de sumisión a su majestad que me predican ahora los sacerdotes en la misa. Es indigno hacerlo cuando hay hombres desterrados, familias desechas, mujeres que sufren desamor y soledad. "La paz a cualquier precio", dicen, pero porque eso les permite vivir en paz, cómodamente. Ya no hay sacerdotes como aquellos del 98...

-Ahora vivimos en 1818...

-Es verdad. Tú vas a cumplir veinte años y ya eres un hombre. Esa edad tenía tu padre cuando me case con él... -le miró con ansiedad, fijamente, y cuando preguntó-: ¿no le recuerdas Juan?

Juan movió la cabeza negando.

-Es verdad... eras apenas una criatura casi recién nacida. A veces pienso porque habemos mujeres que tenemos el atrevimiento de traer hijos a este mundo. Si alguna vez te pesa la vida, Juanito, recuerda que te pido perdón humildemente y piensa también que la vida tiene su lado hermoso, fuerte, y que en algún lugar debe haber paz y abundancia...

Se levanto y atizó el fuego, como si la voz se hubiera ahogado en su garganta, guardó silencio y tomó el rosario. Afuera, confundido entre el golpear de la lluvia, se escucho un leve golpe.

-Debe ser Sally..., estaba por nacer su criatura -dijo Dominick echándose sobre los hombros un grueso chal de lana.  Abrió la puerta y miró hacia fuera, entre el cortinaje liquido que desdibujaba los contornos y las figuras. Juan se sorprendió al escuchar un grito ahogado que parecía un sollozo, un alarido, una queja. Se levantó violentamente y tomó la vela, cuya flama cubrió para protegerla del húmedo viento que entraba por la puerta entornada. No alcanzó a salir. Dominick penetró seguida por un desconocido que le miró fijamente. La voz de la sangre le gritó en las venas un nombre remoto, pero vivo en el recuerdo. Dos brazos rudos y fuertes le estrecharon contra el pecho y una humedad de lluvia y lágrimas le empapó el rostro.

-Por el amor de Dios, cierra la puerta. ¡Que nadie te vea! ¡Estos cobardes te entregarían sin piedad al verdugo!

Al acomodar la vela sobre la mesa, la mano de Juan tocó el oxidado puñal y pensó en la pregunta lejana de Dennos CONABAN. Era ridículo que siendo un hombre, ahora recordara la existencia de los lepricorn. ¡Hacía tanto tiempo que había perdido la gracia que se le concedía ahora! Pero al fin había llegado. Esteban O'Leary dejaba de ser un sueño y entraba al mundo de realidad y formaba parte de su juventud, de su vida misma.

Volvió los ojos y le miró como si de pronto fuera a desvanecerse. Pero Esteban no le miró siquiera. Cambiado con ropa seca, tomaba asiento frente al hogar, y Dominick, poseída por la infinita ternura, reclinó su cabeza en sus rodillas y cerró los ojos...

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Comentarios Batallon de San Patricio. (Patricia Cox)

interesante libro..me encanta..pues nada próximamente me leeré la segunda parte..saludos.
Hoteles Milán Hoteles Milán 09/10/2008 a las 11:03
en donde puedo adquirir la novela el batallon de san patricio
lia lia 27/10/2008 a las 22:52
Hola amigos!!!

que bonita página, me dio mucho gusto saber de todos ustedes, que son admiradores de estos grandes héroes próceres de la patria... gracias alberto por escribir el libro y subirlo, es una joya, te lo agradezco de corazón...
quiero comentarles, que estoy tratando de gestionar un gran homenaje al batallón, para que se haga el 12 de septiembre, he enviado una solicitud formal para que se declare el 12 de septiembre día del batallón de san patricio...
por favor únanse a mi propuesta, escriban a sanpatricio47@hotmail.com   , o busquen en s¡facebook el perfil "Batallòn San patricio", tenemos una comunidad que apenas al 2 de junio tiene 11 miembros, promovamos la admiración por este batallón...
en el perfil, encontrarán una foto auténtica de la placa conmemorativa en la ciudad de Clifden, ciudad natal del Héroe Juan Reley (John Riley)

Gracias! erin go bragh!
Batallón san patrici Batallón san patrici 02/06/2011 a las 18:01
EL LIBRO ES EXELENTE, DEBIERON HABERLO HECHO EN PELICULA. HONOR ETERNO AL BATALLON DE SAN PATRICIO!!!!!!
CUAHUTLI SAMPERIO CUAHUTLI SAMPERIO 25/07/2011 a las 08:36
Magnifica labor ,te felicito
Otto Otto 05/08/2011 a las 22:42
Magnifica labor ,te felicito
Otto Otto 05/08/2011 a las 22:42
Te quiero dar las gracias por la molestia que te tomaste en transcribir este libro... Fue un libro que marcó mi juventud, que cambió mi manera de pensar de muchas cosas... tuve el infortunio de prestarlo... y por supuesto jamás me lo devolvieron y no lo he encontrado en ningún lado.  Haberlo encontrado aquí fue tan bueno! Gracias de nuevo!  El Señor bendiga tu esfuerzo.


Patricia Aq Patricia Aq 04/04/2012 a las 01:08
Patricia Cox no sólo escribió "el batallón de San Patricio" , dos años después publicaría "el enemigo está adentro" editorial Stylo, México 1956. Que es la biografía novelada de John O'Reilly.
Luis Gerardo Tépoz Audiffred Luis Gerardo Tépoz Audiffred 30/05/2017 a las 07:12

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