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Batallón de San Patricio, Capitulo 20: La sentencia

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CAPITULO 20

LA SENTENCIA

 

En la placita de San Jacinto se agolpaba una multitud ávida e impaciente. Los recios muros de la parroquia estaban patinados de lluvia, y en las casonas, convertidas en hospitales, se agolpaba la gente dominando difícilmente su cólera y su impotencia. Las tropas yanquis formaron cordón para contener al pueblo que miraba pasar las figuras espectrales de los nueve indultados seguidos por fray Román.

 

-Yanquis malditos… -gritó una voz mientras la gente se amotinó amenazadoramente sobre los guardias.

 

Con la culata del fusil los soldados obligaron a los reos entrar por la ancha puerta de la casa cural y ellos se protegieron cerrándola con violencia.

 

-Es un pueblo difícil –comentó uno.

 

Su mirada se cruzó con los ojos fijos de Juan O’Leary que parecía impasible, y no pudo sostenerla, pero su actitud cambió y ya no fueron empellones, sino ademanes de hombre civilizado que conducían a los reos donde estaban condenados. El pequeño claustro se incendiaba con la luz de la mañana y un cielo estallante y azul parecía haber barrido con las nubes y la lluvia. O’Leary cerró los ojos cegados por el brillo, y caminó a ciegas entre los fardos humanos que permanecían echados sobre el piso, algunos en abandono total y absoluto de sí mismos como si anticipadamente hubieran renunciado a la vida; otros como si nada les importara lo que ocurría a su alrededor. Era una quietud extraña y pesada, llena de miradas absortas, de rostros austeros, de bocas resecas por una angustia tan profunda que había agotado las fuentes de la vida.

 

Allí estaban cada uno de ellos como cuerpos inertes e insensibles, llenos de soledad y de irremediable desesperanza. Nada ni nadie pudo aliviar su tortura. Aquellos hombres vivían hundidos en su amargura, en los recuerdos de una miseria continua; pronto no serían ya sino cuerpos laxos balanceándose bajo su propio peso. Fray Román estaba muriendo con cada uno de sus hombres, y el desconocimiento del idioma era una barrera infranqueable para proporcionarles ningún consuelo.

 

¿Qué podrás decirles, fray Román, que no sean sino las eternas promesas escuchadas desde siempre, desde que sus ojos se abrieron a la luz? ¿Qué ha sido de su vida sino una eterna promesa que nadie ha pedido cumplirles? Y pensando en ello, tuvo dolor y vergüenza de sí mismo. ¡Qué puedo decirles ahora que ya pisan el umbral de la eternidad!

 

Y se dejó caer pesadamente junto a ellos, como si formara parte de aquel batallón condenado a muerte. Los frailes carmelitas habían llevado un modesto refrigerio: pan y café caliente, y sin decir palabra, lo ofrecieron a los cautivos, que lo aceptaban o lo rechazaban también en silencio.

 

Comieron en aplastante quietud algunos; las manos temblorosas se aferraban al jarro de café caliente y mordisqueaban el pan que se atoraba en las gargantas apretadas por una seca ansiedad.

 

O’Leary sintió entre sus manos frías el calor del brebaje; una curiosa sensación de consuelo le proporcionaba sorberlo lentamente, sentir como bajaba hasta su estomago hambriento y, después, cómo ese calor fue ampliándose hasta sus miembros aterrados. Levantó los ojos y encontró la mirada curiosa de fray Román que le sonrió y le hablo en un lento español:

-¿Tienes familia, hijo?

 

Sin quererlo tal vez, Juan le sonrió también y movió la cabeza negando, mientras volvió los ojos hacia sus compañeros.

 

-Hemos perdido las raíces padre… -dijo.

-¿Todos? –interrogó de nuevo, ahora con dolorosa curiosidad.

-¡Qué más da! Cuando se va a morir solo se piensa en lo que pudimos hacer y no hicimos…

-¿Qué hubieras querido hacer, hijo mío?

-Tener un poco de tranquilidad; vivir como un hombre libre, amar sinceramente a una mujer sin el dolor de pensar que vamos a perderla… Qué sé yo… Cuando se llega a donde hemos llegado, la muerte viene como una liberación…

 

El fraile cerró los ojos como si dormitara, luego se dirigió a Juan con un ademán afectuoso y le ofreció una fruta. El aroma de una manzana fresca, redonda y roja le llegó a los sentidos como algo vivo, como un llamado de la vida que se apresuraba a dejar sin dolor alguno.

 

El rostro risueño, ingenuo, tenía el encanto primitivo de una infantil amistad; le miraba a través de unos ojos lagrimosos y enrojecidos mientras suspiró.

 

-No pude hacer nada por ustedes, hijo – explicó como si tratara de justificar una culpa que no había cometido.

 

-No había nada que hacer, padre. Ya todo estaba hecho; estaba escrito en la sangre de cada uno de nosotros desde que venimos al mundo.

 

-¿Podría hacer algo por ti, además de rezar?

 

O’Leary guardó silencio. Esperaba la muerte pero no quería partir sin dejar a Constancia algunas palabras; pero la muchacha no sabía leer.

 

-Hay una muchacha que es mi novia. Se llama Constancia Uribe… -volvió los ojos a encontrar aquella mirada húmeda y fiable-. Dígale que la sigo queriendo y que muero queriéndola…

 

-Está bien…, se lo haré saber, ¿Sabes siquiera donde encontrarla?

Juan se encogió de hombros.

-Está muy lejos… en las llanuras de San Luis. Tal vez no la verá usted nunca pero, de cualquier manera, me conformo con decírselo a usted…

 

Y volvió a quedar callado, con el jarro de café vacio entre sus manos tibias, con la manzana en el regazo, como si de pronto esa ráfaga de vida se hubiera apagado por completo.

 

Los frailes carmelitas recogieron el servicio y uno de ellos habló a los prisioneros. Volvía Juan a sentir aquella sensación de irrealidad, de lejanía, como si todo volviera a ser ajeno y distante, como si él no estuviera presente. Junto al fraile, un soldado yanqui presenciaba la escena y le entregaba unos documentos. Los hombres permanecían en sus sitios, sin moverse. Era como si un derrumbe los hubiera sepultado.

 

Las palabras del fraile trataban de ser sencillas al querer llevarles algún consuelo. La noticia de los nueve indultados “por causas atenuantes” conmovió un poco a aquellos cuerpos derrotados, y por un momento, los labios se abrieron anhelantes. ¡Tal vez entre esos nueve figuraban todos y cada uno!

 

Parecía imposible que el capitán O’Reilly hubiera sido indultado: la ley que condenaba a muerte a todo desertor había sido dictada después de que él se hubiera pasado a las armas mexicanas; entre ellos un joven que, frente a sus superiores en Churubusco, se había pasado voluntariamente con los prisioneros, y como algo increíble, Juan O’Leary escuchó su nombre. No había sido encontrado en la lista de soldados que podían considerarse culpables. Pero aunque indultados aquellos nueve recibirían el castigo que permutaba su vida por un indulto cruel.

 

La voz guardó silencio entre la apatía de aquellos seres que parecían ansiar solamente volver a sumergirse en esa mudez amarga de una lúcida agonía.

 

Afuera, en la Plaza de San Jacinto, a espaldas de las casas que dan al oriente, se armaban las horcas. Se escuchaba el golpear el martillo armando los cadalsos y las voces de los soldados que gritaban órdenes o reían soezmente.

 

Se acercaba el fin.

 

Los frailes iniciaron la tarea de preparar a los condenados a bien morir. Era una tarea ingrata, pero había que hacerla. Ya en ese último paso, la fortaleza de algunos se derrumbó calladamente, sin histerismos, pero con un recóndito anhelo de esperar un milagro.

 

No es fácil morir cuando se tienen las facultades completas, cuando se piensa y se siente la sangre correr entre las venas, cuando el aire trae aromas y olores familiares, cuando hablamos y sentimos que la vida se aferra a los sentidos. ¡Qué duro, qué difícil es morir así! ¡Qué ignominia morir sin defenderse, sin llevar en las manos el arma del combate, sin tener en los labios un grito de guerra! ¡Y morir como culpables de un delito que en coincidencia no habían cometido!

 

Y de pronto un llamado angustioso, una palabra que jamás hubiera sido pronunciada:

-Tú que vas a vivir…, hazle saber a los míos…

 

Y aquella breve expresión era un frustrado anhelo de aquello que no se logró nunca.

 

Sin sentirlo, llego la noche. ¡Qué rápidas se habían ido aquellas horas, escuchando el golpear de los martillos sobre las maderas armando los cadalsos, qué violento había corrido el tiempo!... ¿o sería que eran ya las últimas horas?

 

Una candelita pegada al piso del ladrillo se consumía entre un mar liquido de cera; el pabilo alargado y tambaleante naufragaría muy pronto en ese mar denso y pesado y bajarían las sombras como muros de silencio, húmedos como el llanto, callados como la muerte…, y sin sentirlo por su fatiga, sus heridas y la fiebre, Juan O’Leary se quedó dormido.

 

Amaneció de pronto, rasgado el día por el toque del clarín y por las órdenes de mando. Era un amanecer sucio y gris de lluvia, con las ramas de los árboles pesadas por el agua, con el gorjeo de los pájaros como un día cualquiera. Olía a flores, a fruta y a tierra húmeda y la vida llamaba por los poros de la piel, por los sentidos despiertos, por los labios entreabiertos y anhelantes.

 

Un escalofrío le recorría el cuerpo y Juan miró a sus compañeros. Allí estaban los rostros que fueron hermanos en la jornada de todas las derrotas, las palabras con que se dijeron penas y esperanzas,   los ojos que rieron con malicia y las manos que se tendieron siempre en una cadena de sangre. Muy pronto, en unas horas más, ya no quedaría nada de ellos, nada sino un hombre perdido en la tormenta del odio que desangraba la tierra, nada sino un cuerpo que acabaría en el polvo.

 

En esos momentos no había odios ni rencores estériles; todo pasaría y el sol brillaría de nuevo, y sobre la tierra nacería el sustento, y la lluvia caería como una bendición . volverían a amar a los hombres y las mujeres tendrían hijos…, y ellos rodarían en el silencio hacia la Eternidad, como habían rodado antes los prisioneros y ajusticiados de todas las guerras, como habían caído en los campos de batalla los soldados, sin distinción de razas, ni credos políticos y religiosos. Todo hombre a un destino común e inaplazable.

 

Fray Román había querido decir la última misa a sus hombres, y los frailes carmelitas accedieron a ello. Allí, en el altar mayor, dorado y brillante como un sol, lucía San Jacinto  su palma de martirio.

 

Dennis Conahan se arrodilló junto a Juan. Habían permanecido cerca uno del otro sin decir palabra, ahora llegaban a la última hora y escuchaban precisos y claros los ruidos del exterior. El corazón golpeaba adentro del pecho como en un hueco.

 

-Por lo menos –dijo Dennis-, muero por una causa justa y me dignifico a mismo. Se librarán mis noches del recuerdo infame y podre mirarme en los ojos de Malvina cuando lo encuentre donde no hay dolor- y le tendió la mano a Juan, que la estrecho con fuerza.

 

Los minutos corrían vertiginosamente. El tiempo, con pies de plomo, había dejado paso al tiempo alado que pasa sin sentirlo.

 

Fray Román habló a todos brevemente desde el altar y les pidió perdón por no haber sabido salvarlos del tremendo castigo. Sus palabras se quebraron en llanto y le temblaron las manos al dar la sagrada forma a los condenados.

 

Lo que sucedió después fue horrible, tan rápido y espantoso que el fraile hubiera dado gustoso sus dos ojos por no verlo.

 

El  ronco redoble de los parches flojos, el toque monótono de la campana doblando a muerto, la gente agolpada y ávida, iracundos e impotentes unos, mientras otros seguían las oraciones de los agonizantes. Los frailes acompañando hasta los carros dispuestos bajo las horcas con cirios encendidos, y toda aquella escena bajo un sol dorado que se abrió paso entre las sucias cortinas de la lluvia.

 

Poco a poco la fila de hombres fue colocada en los carros bajo los postes del suplicio. No había un grito ni una voz como no fueran los murmullos que salían de la multitud contenida a duras penas por los soldados yanquis.

 

Una voz leyó la sentencia. Aquellos “miserables convictos” pagarían con la muerte le precio de su traición.

Un toque de clarín dio la orden y los látigos restallaron en el aire desgarrando ese silencio preñado de odios e inquietudes.

 

Tiraron los caballos de los carros y los cuerpos de treinta y dos hombres se balancearon sin apoyo bajo los pies en horribles contorciones. Colgando de los postes infamantes pendía la justicia hecha escarnio.

 

Los animales, asustados y jadeantes, tiraron con fuerza, azuzados por los gritos de los verdugos. Los  relinchos de los brutos y las voces inarticuladas de los ahorcados se confundieron, mientras un alarido de horror sacudió al pueblo amotinado. Fray Román  rezaba el oficio con palabras que se ahogaban en su garganta. Los hombres del pueblo tenían la cabeza descubierta  y las mujeres y los niños lloraban con el rostro envuelto en el rebozo.

 

De pronto se escuchó el galopar de los caballos, y una vez más, la contraguerrilla poblana se presentó frente a los irlandeses de San Patricio. Aquella presencia indignó a la gente que gritó insultos, pero los hombres avanzaron resueltos a contemplar con perverso deleite el  final de aquellos hombres que habían escuchado la voz de su conciencia y habían cumplido los deberes que ellos olvidaron por el oro yanqui. 

 

O’Leary reconoció a Macario Pacheco y éste se acercó a él resueltamente. Frente a frente los dos se miraron con reto. Macario Levantó la fusta y le golpeo el rostro mientras O’Leary  le lanzó un escupitajo y una maldición. Toda la furia adormecida se levantó en su sangre como una llamarada y forcejeo con los guardias, mientras que la gente se apoderaba de Macario Pacheco y a rastras lo llevó bajo un árbol y lo ahorcó.

 

O’Leary dejó de ser pronto el ser apacible resignado a su suerte, le dolía no haber sido el que hiciera justicia por sus propias manos. Los golpes de los guardias lo redujeron a la impotencia y mientras los ahorcados se convulsionaban, los verdugos se aprestaban a cumplir el sangriento ritual de su jornada.

 

Arrastraron a los condenados a los postes del suplico y los ataron los brazos, de un tirón desgarraron las ropas y el látigo implacable golpeó las espaldas desnudas.

 

Los primeros golpes fueron respondidos con alaridos de rabia y de dolor, después, los cuerpos agotados quedaron exhaustos, despojos sangrantes sin defensa ni piedad.

 

Un sabor a sangre, a polvo, a derrota se le metió en las venas a O’Leary mientras una nube roja le quemo los ojos. Muy cerca del rostro sintió el braserillo  en el que el verdugo llevaba el hierro candente con una “D”; sintió que una mano áspera le tomaba los cabellos y, de pronto, el sol le cegó  la vista y el olor nauseabundo de su propia carne quemada le revolvió su ser… Un dolor intenso, un ardor de fuego le cuajó en los labios el grito de angustia…, después una ola incandescente le envolvió los sentidos como una llama de luz, y sucumbiendo al dolor cayó sobre la tierra húmeda y se  hundió en las tinieblas de la inconsciencia.

 

Fue un deslizarse sin voluntad ni resistencia, un dejarse llevar hasta la oscura puerta de un sueño que no era sino una anticipación de la muerte.

 

Fray Román le tomó en brazos. La cabeza de cabellos rojos colgó sobre el hábito sucio del mercedario.

 

-OH, Señor… -clamó-. Ten piedad de mí y ayúdame. ¡Que no me estalle el corazón en odios!

 

El fruto sangriento de la horca se balanceaba todavía en prolongada y terrible agonía. Al pie del árbol del suplico, los soldados yanquis impedían al pueblo acercarse a los ajusticiados. Las mujeres se habían arrodillado, mientras el sol, avergonzado tal vez  de tanta infamia, se había escondido en el embozo de las nueves.

 

Los frailes procuraban  atender a los infelices torturados. Nadie podría negarles la merced de aliviar en algo el dolor de aquellos hombres. Uno de ellos había muerto al retirarlo del poste de castigo. La sangre que manaba de la espalda había agotado la vida del reo. Pero el castigo debería ser cumplido en su totalidad y el rostro del difunto fue marcado con hierro, como el de sus compañeros. Ya no hubo convulsión ni dolor. Había pasado todo como una pesadilla.

 

Y el cielo de septiembre se vistió de lluvia.

 

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Espero sus comentarios , ya solo siete capitulos más y terminamos, un saludo a todos.

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Comentarios Batallón de San Patricio, Capitulo 20: La sentencia

Excelente... el capítulo 20 del gran libro de Patricia Cox "Batallón de San Patricio"... felicidades a nuestro amigo Albert Soto por el esfuerzo y por compartirlo con toda la comunidad, es un libro que ya no se consigue y gracias a esta web y su publicación podrá seguirse difundiendo como parte del legado de nuestro batallón...
¡Difundámoslo ahora amigos! ¡Viva el Batallón de San Patricio!


Batallón Sn Patricio Batallón Sn Patricio 16/07/2012 a las 23:43
muy buen aporte sigue asi gracias
israel israel 08/04/2014 a las 19:31
Muchas gracias.
Felipe Jiménez Pérez Felipe Jiménez Pérez 29/11/2014 a las 23:55

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