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El batallón de San Patricio. Capitulo 19

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Capitulo 19

 

La sentencia.

 

Con certeza no sabía el lugar donde se encontraba. Había llegado allí llevado por sus captores y sin imaginarse siquiera los sitios que habían atravesado pie, entre lodo y lluvia, entre la noche y la angustia de ser sólo un hombre arrastrado por la violencia y el orgullo. A empellones le habían obligado a caminar el ultimo trecho; recordaba que había caído algunas veces, porque sintió en el rostro el frio visoso del lodo de los charcos, pero le parecía que se movía en otro cuerpo ajeno al suyo y que él ya no existía desde hacía mucho… ¿desde cuándo? ¿Tal vez desde esa trágica mañana de agosto en que sus ojos vieron descender de la torre de Churubusco el blanco pabellón del San Patricio! Tal vez desde entonces había dejado de ser él y solamente se movía por ocultos y misteriosos resortes. Le había parecido que desconocía sus manos y que le era raro el acento de su propia voz; era como si las palabras vinieran de algo profundo y hueco que no era su garganta. Tal vez había tenido fiebre porque, a veces, su pensamiento se iba por caminos confusos y sombríos, como entre sombras, hundiéndose en una tiniebla pegajosa y húmeda. ¿O sería que la lluvia le envolvía como un sudario?

 

La enorme estancia se encontraba  apenas alumbrada por unas bujías que ardían en un candelabro de plata, sobre una mesa de roble oscuro. Las luces iluminaban rostros desconocidos y turbios como sus pensamientos; las voces parecían venir de muy lejos, como si las palabras se colgaran en las sombras como pesadas gotas de un líquido oscuro como la sangre. Nunca lo había pensado antes: que hubiera palabras dichas con sangre…, pero así era, porque su mente comenzaba a aclararse como si alguna ráfaga hubiera realizado el prodigio de abrirse paso entre a confusión. Por aquella brecha venían las voces dichas en el mismo odiado idioma de los ingleses; por aquel túnel negro  de su memoria, parecían revivirse aquella madrugada en que Esteban O’Leary murió acribillado por balas traidoras. ¡Hasta creyó escuchar los sollozos de su madre y le pareció sentir su mano dolorosa, crispada sobre su hombro hasta hacerle daño!

 

Sus ojos empezarn a escudriñar las sombras y comenzó a descubrir algunos rostros; eran caras amigas, gestos conocidos, perfiles duros y ojos penetrantes. Habían sido amigos y compañeros, hombres que siguieron la misma lucha y que cayeron al empuje de la adversidad, y cada uno de ellos era un manojo de nervios sacudidos en la agonía de una espera imposible, un manojo de carne desgarrada y doliente, sin ternura ni cariño sin futuro: un muro cerrado ante la vida.

 

Tal vez como Juan O’Leary, todos ellos ya estaban pisando aquel umbral oscuro y misterioso de la muerte. Sus rostros parecían modelados con la sombra; los ojos eran pozos de luz donde agonizaba la esperanza.

 

Todos ellos no eran sino la prolongación de una humillación, de una eterna vergüenza, de una maldición que cayera sobre Erie cuando en la edad remota, sus antepasados olvidaron el privilegio sagrado de la libertad y se esclavizaron involuntariamente y por ignorancia al poderoso.

 

Es duro el precio que el hombre paga por la cobardía; es muy alto el castigo merecido por caer en el engaño… Y debe pagarse con la sangre, con el dolor y la vergüenza de los que se resisten a ser esclavos, de los que se niegan a sí mismos el derecho de ser cobardes.

 

Una voz venía del fondo de la sala, una voz que explicaba cómo irlandés del Batallón de San Patricio habían sido engañados y seducidos por el llamado de los mexicanos.

 

El hombre que decía aquellas palabas avanzó hacia el marco de luz que proyectaban en las bujías; tenía el rostro lampiño, casi infantil y sus palabras más que una defensa, eran una acusación.

 

Levantó las manos y mostró unas páginas impresas mientras seguía diciendo:

 

-fueron seducidos, puedo afirmarlo con plena convicción porque aquí están los testimonios que lo confirman firmados por Guillermo Prieto, por Luis Martínez de Castro y por Fernando Ramírez. Ellos hicieron un llamado a los católicos de nuestras filas, nombrando con viles calificativos a los que no lo atendieran, atraídos por los mexicanos a su causa por cuestiones religiosas no es extraño que los irlandeses hayan respondido y desertaran, desoyendo las palabras de nuestro clero cuando se les aseguro que no faltaban a su condición de católicos los que permanecieran fieles a nuestra bandera.

 

El orador hizo una pausa, seguramente para meditar sobre su defensa, cuando de pronto, de entre los prisioneros se adelantó una figura maltrecha y desgarbada, vestida a retazos por un uniforme oscuro que le colgaba del cuerpo sucio de lodo y de sangre. Su actitud resuelta hacia olvidar su falta de prestancia, su voz enérgica y vibrante resonó en el espacioso salón y los severos jueces se turbaron al escucharlo.

 

Un rumor lejano se escuchó distante; era un murmullo de voces remotas, como el retumbo de un río como el estruendo de una tormenta.

 

-¡Despejen la calle…, contengan al pueblo!

-Sin disparar un tiro… ¡Orden…, orden!

 

¡Qué extrañas sonaban aquellas palabras, mientras un solo hombre, de pie frente al Consejo de Guerra, iniciaba la defensa del Batallón de San Patricio! Y ese hombre era Dennis Conaban, el eterno juglar de los caminos, el errabundo poeta de los campos, el que cantaría la epopeya de la verde Erin en tierra extraña.

 

Juan O’Leary le reconoció apenas; le parecía que se encontraba arrastrado por las turbias aguas de un torrente y, ya sin fuerzas, se dejo llevar por la magia de aquellas palabras, por la fuerza tranquila y serena de aquella voz que había estado a sus espaldas durante los últimos tiempos.

Era uno de los hombres capturados en la batalla del Molino del Rey, un prisionero apenas llegado al tribunal, un hombre que al fin hablaba de todos los demás que, como un puño, habían cerrado de golpe toda esperanza al negarse a hacer su propia defensa. Había sido algo así como un silencioso y mudo desafío, como un reto orgulloso al vencedor. Nada sino silencio habían obtenido en todas sus preguntas, nada sino una aceptación de culpa a la clemencia. Esa actitud, que no era de humildad sino de deliberado orgullo, había herido en lo profundo al general vencedor quien desde Churubusco había anhelado escuchar una súplica, una queja de sus prisioneros.

 

Levantó la mano en señal de asentimiento. Los soldados que habían avanzado hacia Conaban retrocedieron mientras Dennis se adelantó acercándose a la mesa.

 

-Se nos ha acusado de desertores –dijo volviendo su mirada hacia sus compañeros-. Y yo pregunto al honorable consejo de guerra: ¿Somos nosotros ciudadanos americanos? ¡Ciertamente que no! Venimos como inmigrantes a Texas que ha pertenecido a México a pesar de la firma del general Santa Anna en un documento que dictaron las ambiciones esclavistas y que firmó la mano de su excelencia cuando cayó prisionero en San Jacinto. Esto pertenece a la historia y, como ella, queda escrito sin que nadie pueda borrar la tinta que imprimieron las palabras. A una mujer se le seduce, a un hombre se le convence.

 

Dennis volvió el rostro hacia sus compañeros y nuevamente fijó la vista en Winfield Scott.

 

-Muchos de nosotros fuimos colonos llegados a Texas cuando Esteban Austin iniciaba sus labores para apoderarse de ese territorio; ciertamente, veníamos esperanzados en forjarnos una patria que os ingleses nos habían arrebatado. Veníamos en busca de paz, de un sitio donde labrar y cultivar la tierra, donde fundar un hogar y crear una familia, pero volvimos a encontrar la misma intolerancia religiosa, la misma discriminación que nos segregaba de aquellos colonos orgullosos que se dijeron católicos perseguidos en los Estados Unidos y encontramos también una nueva infamia, desconocida hasta entonces para nosotros: la esclavitud humana, una esclavitud humillante y dolorosa, una esclavitud sin rescate posible. En la escarnecida Irlanda, en la perseguida y hambrienta multitud que se volcaba sobre estas tierras, ese horror y esa vergüenza eran desconocidos. México había decretado la abolición de la esclavitud y los colonos de Texas se sublevaron contra el país que le había dado tierras y bandera… Los católicos perseguidos de Esteban Austin no eran ciertamente católicos: eran lobos con piel de oveja, eran cristianos sin Cristo…

 

Un murmullo de enojo acogió sus palabras. Los prisioneros le escuchaban electrizados por aquella palabra fácil y candente, por aquellas frases que, como un látigo, caían sobre los acusadores y los convertía en acusados.

 

-Muchos inmigrantes –añadió- fundamos el Condado de San Patricio, esperanzados en formar en esas tierras la patria que el destino nos negaba. Hicimos de ese desierto un oasis, y un malhadado día los apaches cayeron sobre nosotros y no dejaron de nuestros hogares piedra sobre piedra. México no nos ayudó entonces. Sus problemas internos eran lo bastante graves para preocuparse de un puñado de colonos arrasados por las tribus bárbaras, y después de refugiarnos en Matamoros, volvimos a establecernos y a empezar de nuevo. Nuestro error fue no haber saldado aquella cuenta con la apachería y ese error lo estamos pagando hoy ante este tribunal porque el General Zacarías Taylor nos enroló en su s fuerzas asegurándonos que íbamos a combatir contra los bárbaros mexicanos y caímos en el engaño. Santa Isabel nos abrió los ojos y desgarró el velo de aquella mentira. Íbamos a combatir contra un pueblo que era nuestro, íbamos a desangrar un pueblo católico como nosotros, y un hombre no puede obligarse por juramento a pecar; si comprende que una vez jurado falta a sus deberes de católico, está obligado a rehusarse… Y eso es para nosotros, señores del jurado, no es desertar: es cumplir simple y llanamente con nuestro deber cristiano, con nuestro deber de hombres libres. Eso no es seducir; eso es convicción.

 

Winfield Scott se había ido incorporando lentamente escuchando aquellas palabras. El mismo había proclamado abiertamente su fe católica en algunos manifiestos que circulaban profusamente en las poblaciones ocupadas del territorio invadido, pero nadie le había dicho que faltara con ello a sus deberes de conciencia. Nadie, ni siquiera los sacerdotes que venían entre sus tropas, ni los irlandeses que, sedientos de venganza y de altivez, habían exigido la ejecución de sus compatriotas caídos en desgracia. Y aquel hombre prisionero frente al Consejo de guerra, aquel desconocido insolente lo gritaba ante los jueces y los prisioneros. Dejó caer violentamente el puño  sobre la mesa y con el rostro congestionado por la cólera, gritó:

 

-Basta…, basta ya…, puerco irlandés…

 

Pero Dennis Conaban se había alterado también y apretó los puños fuertemente, estaba en derrota y no pudo hacer más que decir sus últimas palabras:

 

-Moriremos todos condenados al a horca, lo sabemos y no esperamos clemencia de ustedes, pueblo joven y auténticamente bárbaro, algún día la providencia ajustará sus cuentas ante la faz del mundo.

 

Dos soldados se acercaron hasta el prisionero y a una señal de Scott lo redujeron a la inmovilidad. Un golpe sobre el rostro le hizo sangrar la boca y Dennis Conaban fue obligado a ponerse de rodillas, pero el prisionero hundió la cabeza sobre el piso y quedó inmóvil.

 

Fray Román, que había presenciado la escena, trató de acercarse al infeliz, pro fue detenido por las armas cruzadas de los soldados.

 

El sacerdote nada había entendido de aquellas palabras, pero el silencio con que fueron escuchadas le había impresionado vivamente. Hay veces que no es necesario entenderlas porque la emoción y el tono de la voz nos hace comprender lo que ellas dicen. Y él estaba seguro de haber entendido todo.

 

Desde la mesa, el Tribunal superior de guerra leía la sentencia inapelable que los prisioneros escucharon de pie, con los brazos cruzados sobre el pecho y la cabeza descubierta.

 

Nuevamente todo volvía a ser confuso y turbio para Juan O’Leary; volvía a caer en aquel pozo de sombras donde iban perdiéndose los contornos de los seres y las cosas, los ecos de las voces y el significado de las palabras. Lo último que alcanzo a escuchar fue un grito de terror, un alarido histérico que corrió por entre la muchedumbre agolpada por la calle:

 

-¡La horca!... ¡La horca!

 

Las fatídicas palabras rodaban de boca en boca, se agrandaban alzando proporciones gigantescas y corrían como un incendio por las calles, los hogares y las plazas.

 

La campana de la parroquia dobló a muerto.

 

Adentro, en la sala del consejo, la voz del fiscal daba lectura a la sentencia. Nueve hombres quedaban indultados por causas atenuantes no especificadas, y entre aquellas nueve figuraba, sin saberlo, Juan’OLeary.

 

Sintió que caminaba empujado por un impulso que no era suyo; se movía como llevado por resortes mecánicos que hacían de el un ser grotesco impulsado por algo distinto a su propio ser. Era como si las aguas del torete volvieran a arrastrarlo y él se dejaba llevar ya sin fuerzas ni deseos de lucha.

 

-¡Constancia…, amada mía! –se oyó decir y desconoció su voz.

 

Oía sonar los parches flojos de los tambores, escuchaba el murmullo de las voces, el eco de los pasos y se sintió levantado sobre un carro. El aire de la noche le golpeo el rostro como una fría caricia de múltiples dedos agiles y feroces. Se sorprendió mirando en lo alto una estrella que brillaba en un desgarrón de las nubes, y pensó: ¿cómo es que todavía hay estrellas en el cielo?

 

A los lados del carro iba la turba enfurecida, llevando antorchas y gritando maldiciones. El carretero hizo sonar el látigo contra la multitud mientras respondió a las injurias.

 

Junto a él, los guardias charlaban mientras bebían el licor de una botella:

 

-En la batalla del Molino murió el sobrino del general Scott…

-es explicable entonces que a nadie haya perdonado…

-¿Y los nueve indultados?

 

El otro arrojó un escupitajo.

 

-¿El perdón a cambio de todo eso? –dijo con desprecio-. ¡Prefiero la horca!

 

El carro se balanceaba entre los baches del camino. Uno de los guardias alargó a O’Leary la botella de linar mientras le dijo:

 

-Bebe…

 

Pero aquella palabra tenía acento de una orden no de un amistoso llamado, y O’Leary movió la cabeza. El soldado replicó con ira:

 

-Cerdo…, cerdo irlandés… -y la mano se aplastó sobre el rsotro en na bofetada.

 

O’Leary crispó sus manos esposadas y se enterró las uñas.

 

La horca…, mil veces la horca en vez de aquella clemencia arrogante y vulgar. Y por vez primera en esas largas horas de opaco cautiverio, sintió que sus pupilas se llenaban de un llanto ardoroso como el fuego.

 

Como traídas a la muerte por una comprensión tardía, entendió el destino que le estaba deparado a cambio de la vida: cincuenta azotes sobre las espaldas desnudas, a ser rapados y a no percibir pago alguno de sus sueldos, a ser marcados en el rostro con una letra “D” con hierro candente, a llevar al cuello un collar de hierro con tres picos de un pie de largo y a llevar grilletes en dos pies, a sufrir prisión y trabajos forzados por todo el tiempo que el ejército invasor tuviera la “penosa necesidad de la ocupación”, entonces serían dados de baja y expulsados ignominiosamente del ejercito… ¡Eso era la clemencia para el vencido!

 

Fray Román había orado fervorosamente para que el Arcángel san Miguel bajara con su flamígera espada y acabara con aquella cobardía solapada en la justicia…, pero el Arcángel no había escuchado su indigna voz y había permanecido con sus legiones celestiales, alejado del horror del hombre contra el hombre.

 

Juan O’Leary  pudo verlo entonces frente a él, sentado en el mismo carromato, balanceándose en los altibajos del camino: los dedos nudosos llevando las cuentas del rosario y los ojos fijos en el rostro de los indultados.

 

La justicia del General Scott alcanzaba proporciones de inhumana clemencia.

 

Muy lejana brillaba la aurora perfilando la sierra. El aire trajo perfume de manzanas y el aroma penetrante de la retama.

 

 

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Comentarios El batallón de San Patricio. Capitulo 19

Antes les envié un correo que no sé si pasó. Tengo la novela Umbral de Patricia Cox por Jus de mediados del siglo pdo. No hay mayores referencias biográficas de ella en internet. Parerce ser que de México se fue al extranjero (EE.UU). Me interesa saber su historia. Quizá el titular de este blog tenga parentezco eon ella. Agradezco su respuesta.    
FELIPE J. DE LA TORR FELIPE J. DE LA TORR 23/09/2011 a las 01:51
descubri este blog por casualidad andaba buscando la portada del libro que edito Populibros la Prensa, yo me quedaba mucho tiempo mirando la portada cuando era un pequeñito de 5 años, mi padre como buen historiador me explico el significado de la pintura que me parecia religiosa, y comprendi que un patriota es el que da la vida por la verdad y la justicia, y ese joven rubio en brazos de la patria mexicana era mi hermano que habia defndido mi tierra para que yo pudiera nacer y hablar y pensar en español Dios bendiga a esos muchachos
MIGUEL ANGEL ARRIOLA MIGUEL ANGEL ARRIOLA 30/03/2014 a las 01:59

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