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Batallon de San Patricio. Capitulo 17

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Hola, aquí les dejo el capitulo numero 17 de este libro, espero que lo disfruten y recuerden que los capitulos anteriores pueden encontrarlos mas abajito en este blog, saludos y comenten.

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Capitulo XVII

 

El ultimo reducto

 

La ciudad estaba sobre las armas.

 

En los cafés y las almuercerías, en el Coliseo, en los portales y en los atrios no se hacía otra cosa que discutir sobre la guerra. Por vez primera, la ciudad bulliciosa y alegre recibía el tremendo impacto de aquella bárbara invasión.

 

En las plazuelas y en las calles se adiestraban los polkos que formaban la Guardia Nacional. Aquellos regimientos reunían todas las clases sociales en la población  y respondían a nombres de los héroes de la independencia: Victoria, Mina, Bravos, Independencia, Hidalgo, eran cuerpos adiestrados y bisoños que solo conocían de la guerra aquella revolución que hicieron contra Gómez Farías y en defensa de los bienes del clero.

 

Por vez primera se hacía recuerdo de las fuerzas nacionales.

 

-¿Por qué desertores? –preguntó Connaban una mañana en el amplio del cuartel de San Juan Teotihuacán al que habían sido confinados-. ¡Se nos engancho con engaño y además no somos yanquis! Estamos aquí una vez más peleando por la libertad, exactamente igual que pelearíamos si hubiera sido posible vivir en Irlanda o en España.

 

-¿Cómo podrá un irlandés, un cristiano, adoptar bandera tal? –preguntó a sus compañeros Connaban-. Estas tierras son de México y jamás deberán ser cuna de esclavitud.

 

-¿Y la independencia de Texas? –respondió uno.

-¿Cuál independencia? A Texas, la solitaria y orgullosa estrella, la devoró la poderosa república de los Estados Unidos. ¡Tenía sus días contados desde que se apartó de su legítima madre!

 

-¡Y los apaches?

-Otro engaño que fue señuelo.

 

Dennis guardó un momento de silencio y los miró a todos desde su pequeño sitial, los brazos cruzados sobre el pecho, después que paseó sus ojos sobre aquellos rostros expectantes, macilentos y sucios, preguntó:

 

-¿Por qué están ustedes aquí?

-Porque es igual que en Erie –respondió uno.

-Hubieras dejado de ser Irlandés de no haberlo echo.

-Pero hay muchos todavía del otro lado.

Muchos están ciegos y sordos a su conciencia, a su propia convicción de hombres libres y de cristianos. Dios iluminó nuestros ojos a tiempo y nos hizo ver el camino justo.

-Pero perderemos la guerra.

 

Tal vez. No siempre es la justicia la que esta al lado del débil, pero dejaremos constancia de nuestro paso en estas tierras, aquí escribiremos con sangre nuestros nombres, aquí hondeara nuestra bandera y el nombre de San Patricio será venerado. Seremos, nosotros mismos libres para resolver nuestro destino.

 

Resultaba amarga aquella libertad que sólo podía elegir de una vez y para siempre una anticipada derrota.

 

Los políticos continuaban sus intrigas partidaristas, los prestamistas hacían su agosto felicitando al gobierno dinero con réditos altísimos y todo era anarquía y demagogia, palabras huercas que no conducían sino al desastre.

 

Las enardecidas rencillas entre los generales Santa Anna y valencia darían el nefasto fruto que arrastró al país a una sangrienta, injusta y dolorosa mutilación.

 

Por las calles de la ciudad corría el rumor de que era el propio Santa Anna quien proponía a Scott durante unos tratados secretos que, “para conseguir una paz honrosa” avanzara hacia la capital, cosa que pondría en el pueblo la consiguiente alarma, mucho mas efectiva si el ejercito americano atacaba y hacía suyas las fortificaciones. Según Santa Anna, trató de comprobar más tarde, sus intenciones habían sido las de atraer al enemigo y presentarle el combate final.

 

Parecía que su plan, puramente defensivo, estaba bien estudiado y que, de realizarse, podía coronar los esfuerzos de los mexicanos, pero el tiempo demostró lo contrario al seguir los jefes sus propios y particulares enconos y al desbaratar al propio Santa Anna, como siempre, sin previo aviso, su plan defensivo original.

 

El 7 de agosto en el árido Cerro del Peñón  se abanderó a las tropas en una conmovedora ceremonia. El Batallón de San Patricio recibió su insignia blanca, con el arpa de Erín y el escudo de México y el nombre de su capitán bordado en verde. Desde ese momento se esperaba solamente el trágico aviso de que el enemigo avanzaba sobre el camino de puebla.

 

Las calzadas se llenaron de gente que huía buscando refugio en los pueblecitos aledaños a la capital. En aquella desesperada hora se multiplicaban los horrores de la guerra y la angustia empujaba con prisa a los capitalinos, que no querían ver las calles de su ciudad pisadas por la bota del invasor.

 

La defensa, por medio de una línea de fortificaciones, parecía invulnerable. Sin embargo, estudiándola sobre los planos, el general Gabriel Valencia señaló el punto débil de la Hacienda de Padierna. Santa Anna sostuvo que el sitio era indefendible y Valencia insistió en defenderlo por su cuenta. Ambos, enemistados por cuestiones  políticas, estaban dispuestos a no ceder. Santa Anna no perdonaría jamás a Valencia su pretensión de ocupar la Presidencia de la República y se hicieron de palabras. El general-presidente señaló como traidor a Valencia y lo dejo que cargara con la culpa que le correspondía al empeñarse al defender Padierna.

 

El 9 de agosto la campana mayor de  Catedral tocó

 A rebato y sonó el primer cañonazo avisando a los habitantes de la capital que la hora decisiva había llegado.

 

Se movilizaron de sus posiciones las aguerridas tropas del Ejercito del Norte hacia Padierna. Santa Anna mordiendo su rabia y su despecho ante tal desobediencia, se dedico a jugar a las cartas del destino de la nación y sus incondicionales le siguieron a San Ángel.

 

El ejercito enemigo, después de un largo rodeo, encontró precisamente el punto débil previsto por el general Valencia. La artillería enemiga amenazó la Hacienda de Padierna.

 

Noche tras noche los soldados mexicanos habían soportado la lluvia inclemente. Se habían resignado a esperar una furiosa embestida pero abrigaban la esperanza de que don Antonio no los abandonaría en el momento decisivo. Muy clara estaba la comprobación a las suposiciones de Valencia.

 

Los hombres del San Patricio habían medido cabalmente las consecuencias que acarrearía un abandono que sería mortal no solamente para ellos, sino para el país entero; aquellos largos días de espera, aquellas noches eternas sin sueño ni reposo habían quebrantado las últimas murallas de su fortaleza moral. ¡Al fin para morir nacimos!

 

Y era la muerte que acechaba sus pasos, la que había cegado muchas vidas desde Matamoros hasta  Padierna.

 

El 19 de agosto el enemigo  abrió el fuego y le respondió una defensa valerosa y denodada. Las tropas de Scott, sorprendidas ante el rechazo, tuvieron que replegarse y se organizaron de nueva cuenta. El punto débil resistía tan bravamente que Winfield Scott vio en peligro su campaña en México. Otro rechazo y se vería obligado a retroceder sin lograr nunca esa paz honorable cuyo precio todavía se resistían a aceptare los desordenados y hambrientos mexicanos.

 

Padierna estaba a punto de convertirse en una tenaza trituradora, en una trampa mortal. En lo alto del lomerío las tropas del general Pérez dispuestas al ataque, y a sus espaldas, las líneas fortificadas que la ciudad preparó para su defensa. Un empuje más y el orgulloso invasor tendría que volver las espaldas para siempre.

 

La muralla de Padierna, muralla de soldados que sabían pelar, estrellaba las ambiciones políticas de Scott y las territoriales del partido esclavista. Los codiciados territorios de México se le escapaban de las manos y quedarían perdidos si Santa Anna no intervenía favorablemente.

 

La madrugada del 20, Valencia pidió refuerzos. Las tropas miraron con angustia la retirada de la caballería que comandaba el general Pérez, y Santa Anna ordenó que Valencia abandonara el punto y fuera hacia San Ángel por caminos ocultos.

 

Gabriel Valencia apretó las manos con furia. ¡Se le abandonaba a su suerte! Pero ahora no era solamente el destino de un rival político…, era el destino de la patria.

 

  -¡Resistiremos!... –fue la orden.

 

Los hombres conocían cabalmente el significado de aquella palabra. Había sido la misma que tras amargos días de lucha dejo Monterrey en poder de Zacarías Taylor.

 

Muy temprano en las lomas don Antonio montado en su caballo blanco. Desde allí, sus ojos se recrearon contemplando la desesperación de las tropas, dignas de mejor suerte; su espíritu perverso y mezquino había determinado su malévolo propósito: “Entre la derrota del invasor y la derrota de su enemigo, prefirió la derrota de Valencia”.

 

Volvió la espalda. El lomerío quedó limpio de tropas y limpio de esperanzas y la anhelada victoria se coronó en derrota, como en la Angostura.

 

-¡Esto es la muerte! –gritó Dennis Conaban.

 

Entre el humo y la pólvora, entre la desesperación y la furia, los hombres lucharon como leones. Ya no era la batalla por la libertad, ni por la justicia: era la defensa de la vida propia, la angustiosa desesperación ante una presentida venganza.

 

Sin refuerzos y sin parque, el Ejercito del Norte se vio rechazado y copado. Una compañía del San Patricio quedó envuelta por el enemigo.

 

Ya ondeaba en las lomas de Padierna el pabellón invasor.

 

Valencia huyó con los suyos a Cuautitlan; el Ejercito del Norte, ya sin jefe, se dispersó.

 

-¡A Churubusco… a Churubusco! Era el grito que salía de todas las gargantas.

 

Una avalancha humana se dejó caer hacia los muros asilados del convento de San Diego; las casuchas y las tierras pantanosas que lo rodeaban se vieron de pronto sacudidas por le fragor del combate. Los cañones del invasor arrasaban la retaguardia y el Ejercito del Norte llevaba a rastras a sus heridos. Con ellos venía la otra compañía del San Patricio. Palmo a palmo del terreno  se rego con sangre de valientes. El Celaya, que había enarbolado nuevamente el Pabellón tricolor arriando el de las barras y las estrellas en Padierna en un acto de gallardo desafío y los Piquetes de Tlapa, formados por españoles, acudieron en defensa del convento convertido en fortaleza.

 

Churubusco se encontraba defendido por los Polkos del Independencia y del Bravos al mando de don Manuel Rincón y don Pedro María Anaya a quienes Santa Anna les había dejado dos cañones.

 

Los colorados del San Patricio se parapetaron en el puente. A un tiro de piedra se veían los blancos muros envueltos en el humo de la pólvora y la llovizna.

 

Adentro, en el convento, se descubrió con rabia que las cajas de parque no eran sino cartuchos de salva y los pocos útiles eran de otro calibre que los soldados mordían con desesperación para introducirlos en sus fusiles. Ya sin parque Peñuñuri dio la orden:

 

-¡A bayoneta!

 

Los defensores fueron replegándose hacia el convento, cuando de pronto se hizo un extraño y fúnebre silencio preñado de impotencia y desolación.

 

El enemigo quedo desconcertado y el capitán Smith izó la bandera blanca y atravesó el campo mortal. Penetró en el convento por el boquete abierto por un estallido de la pólvora y se sorprendió al ver en el patio a las tropas de pie  con las armas en descanso; sus jefes tenían las manos y el rostro quemados por la pólvora. El comandante del San Patricio miraba ondear en la torre su blanco Pabellón. El y los suyos habían cumplido su deber de hombres libres.

 

Un alarido salvaje cortó los aires; era un grito altanero y desafiante mientras una carga de caballería cruzaba el campo; eran hombres vestidos de charro que llevaban en el sombrero lña infamante cinta roja que decía spy company.

 

La contraguerrilla poblana hizo caer la puerta de Churubusco.

 

Tres irlandeses fuera del convento se batían a bayoneta calada. El solo echo de ver a aquellos despreciables sujetos manejar el arma contra sus hermanos era suficiente para mantener ardiendo la llama del coraje y del desprecio ante la vida. Hubo un momento en que la contraguerrilla dio el frente a sus atacantes y de entre el humo y el estruendo de la caballería, un hombre, insolentado de sí mismo, avanzó gritando mientras batía el machete:

 

-¡Ábranla…, hijos de la mañana, que aquí viene Macario Pacheco!

 

Aquel maldito hombre tuvo un mágico poder sobre Juan O’Leary que avanzo resuelto hasta encontrar a su adversario; atrás de el, Tomás McCaffrey le seguía con el arma dispuesta. El pelo rojo al aire, el rostro  cubierto de lodo, la ropa desgarrada, el fusil sin carga y la mirada llena de rabia les hacían blanco seguro, pero no dieron un paso atrás, llevados por el ansia de aniquilar a aquel despreciable sujeto.

 

Era tan resuelta y denodada la actitud de aquellos hombres, que varios de la contraguerrilla se hicieron atrás. De caer en manos de sus enemigos, su suerte estaba echada, y ellos no eran héroes.

Adentro, en el convento, las tropas invasoras trataban de “hacerse justicia” en los miserables convictos que formaban el Batallón de San Patricio.

 

¡Colgarlos allí mismo, sin proceso, sin juicio, atendidos a la sola razón de un triunfo conseguido sobre toda justicia para ellos y que el vencedor desquitaría en su carne doliente y humillada los imaginarios agravios que un pueblo débil y exhausto como México no les había causado! En ellos, en sus pobres cuerpos fatigados y rendidos, la soberbia del fuerte se cobraría la eterna rebeldía del oprimido.

Al mediodía Churubusco arrió el Pabellón tricolor desgarrado por el fuego, el infortunio y las pasiones. El ultimo Pabellón que descendió fue el blanco del San Patricio, donde las manos campesinas dibujaron el arpa de Erín y el águila de México.

 

Una lluvia menudita empapó la tierra y resbaló sobre los muros. En los ojos de los prisioneros no había siquiera el consuelo del llanto; muy adentro, el alma sollozaba silenciosa, amargamente, entregada a su implacable infortunio.

 

Muy alta, el águila mexicana plegaba sus alas a la herida de muerte.

 

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Comentarios Batallon de San Patricio. Capitulo 17

saludoss!!
me he leido todos los capítulos que has publicado,  cuantos faltan? quiero saber como termina, gracias, no dejes de escribir por favor.
ERIN GO BRAGH
Francisco Francisco 22/09/2009 a las 05:50
Y el 18?? Espero que sigas subiendo capitulos.
Por favor el 18 :(
Francisco Francisco 06/10/2009 a las 03:42
Este libro no se consigue ya por lo que me parece excelente que lo pongas en la red. Es el 17 el ultimo capitulo???
Laura Laura 19/02/2010 a las 02:20
gracias por el esfuerzo y el trabajo que has hecho en subirlo para toda la comunidad, concluir tu obra seria un gran logro animo y te estaremos siguiendo 
kozmik kozmik 05/03/2010 a las 00:46
PORFA   SUBE  ,   TODOS  LOS  CAPITULOS 
GRACIAS 
any any 05/03/2010 a las 01:09
¿en qué capítulo viene el estribillo con el que el Batallón de San Patricio se identificaba que empezaba con green goes .....? me gustaría recuperarlo para verlo en clase con mis alumnos, gracias
olga arias olga arias 25/05/2010 a las 19:49
chido
monse monse 27/08/2013 a las 23:53

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