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Batallon de San Patricio. Capitulo 16

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Capitulo XVI

La corona Negra.

 

Las mulas se atascaban en los lodazales atrasando la pesada artillería; los hombres, bajo el bochorno del sol o empapados por la lluvia, hacían la marcha con grandes esfeurzos.

 

-¡Solo en Irlanda llueve así! –dijo Conaban.

-Sólo en Irlanda hay tanta miseria y tanta injusticia –responió Juan.

 

Atrás de ellos, Tomás McCaffry comentó:

 

-¿Y en España…, no hay injusticia, ni pobreza ni cárceles? 

 

O’Leary soltó una maldición. Una de las bestias había caído, hizó esfuerzos por levantarse y luego, al castigo del arriero, quedó agotada, de panza en el lodo, sacudiendose aveces en el espasmo de su agonía. O’Leary detuvo el brazo del hombre que iba asestar un nuevo golpe.

 

-Dejala morir en paz –exclamó.

 

El arriero se seco el sudor y bajó el latigo, se encogió de hombros y escupio con desprecio.

 

-¡Parecen señoritas! –dijo.

 

Los colorados no le presondieron. Desengancharon a la pobre bestia y desviaron a su compañera. Algunos hombres se metieron a empujar  el vagon mientras otros tiraban de él. Ya nadie se quejaba ni maldecía, uno tras otro los carros y los cañones se hundían y el empuje de todos los hombres los rescataban de los atascaderos.

 

-Debe haber norte…

 

    O’Leary levantó sus ojos y miró el cielo sucio, la montaña oculta por los jirones de nubes, el camino cubierto por la niebla,  y añoró la llanura áspera y seca, y como removido por su propia angustia, el recuerdo de Constancia, de sus ojos, de su voz llámandole con el arrullo de la tortola.

 

Y siguó la marcha hundiendose en el lodo y el despecho. ¡Maldita guerra!...

 

Al atardecer rindieron la jornada. Hombres y bestias estaban agotados, rendidos por la fatiga  rodearon la fogata. El olor de la carne asada despertó el apetito y algunos arrieros  se les unieron para compartirles  un trago de licro que calentara a los miembors entumecidos.

 

-Salud, colorado… -los ojos tenían reidora malicia y fraternal amistad.

 

-Slanta igo moch –respondió O’Leary en gaélico.

 

El arriero soltó la risa y empinó el jarro hasta acabarlo, luego se limpió las manos con el dorso de la mano y se acercó al fuego. Levantó los ojos. Por los desgarrones de lasn ubes parecían luceros.

 

-Va a levantar –dijo-. Llegarán a México con buen tiempo.

 

-Dios te oiga compadre –dijo McCaffry.

 

     Algunos hombres tendían los jergones y se echaban a dormir: otros sacaron las cartas para jugar un rato, algunos se contaban chistes y su risa sonaba ruidosa, pero no alegre. Poco a poco el sueño se fue adueñando de todos; las bestias permanecían quietas, apartadas, hechas un puño para calentarse y tal vez para aliviar esa extraña tensión del miedo que se sentía como algo presente que pudiera tocarse como algo vivo.

 

-¿No fuiste vos el extranjero que llevaron al rancho de San Lorenzo los hombres de Cayetano Uribe?

-Si…, era yo –respondió con voz quebrada por la emoción.

 

-¡Quien iba a decirlo! –dijo mientras lo observaba con curiosidad-. ¡Hubiera jurado que no se salvaba!

 

O’Leary sonrió con desgano. Las palabras venían a ser casi un cumplido. Le interesaba ahora charlar, le era grato hacerlo con quien conocía a personas lo unían firmes lazos de gratitud y cariño. Seguramente no tenía que forzar a su compañero, porque este ya se disponía a decir todo lo que quisiera.

 

-¡Diablo de viejo..., hace años que nos conocemos!

 

La difunta era una mujer preciosa…, igualita a la Constancia, sólo que esta es más echa, más mujer. ¡Buena gente todos ellos, hasta la pobre Matilde!

 

O’Leary comentó:

 

-Ayer apenas nos vimos en San Martín.

-También yo lo vi. Se vuelve a Veracruz. Se le ha metido entre ceja y ceja acorralar a Walker, que tantas vidas esta costando…,  ¡y pobre de Macario si le pone la mano encima!

-¿Quién es Macario? –preguntó O’Leary extrañado nuevamente ante ese nombre que nada le decía particularmente, pero que parecía significar mucho para los guerrilleros.

 

-¿No sabes vos quien es Macario Pacheco? –el viejo arriero parecía asombrado-. ¡Haber vivido en San Lorenzo y no saberlo!

 

-No no lo sé…, pero usted puede decírmelo.

 

El arriero atizó las brasas y levantó los ojos para ver a O’Leary que comenzaba a impacientarse.

 

-Macario había pedido en matrimonio a la Constancia…

 

O’Leary sintió que el corazón  le daba vuelos, pero trató de parecer indiferente; el arriero bajó la mirada otra vez a los leños que comenzaban a arder y añadió:

-Tienen mala fama los Pacheco, pero son ricos y el muchacho es galano. Cualquier mujer hubiera dado el sí alocadamente y sin pensarlo, pero la Constancia dijo que nones, y tan cerca como su padre, nadie la sacó de su contesta; y ya sabe usted de lo que es capaz un despechado. Una noche, ya empezada la guerra, hasta creo que usted ya estaba allí más muerto que vivo, el tal Macario llegó a San Lorenzo y quiso hacer violencia en la muchacha…

 

O’Leary  cerró los ojos como si del rescoldo se hubiera levantado una llamarada; seguía oyendo las palabras como si vinieran de adentro de su sangre.

 

-Pero la Constancia es brava y se defendió como un demonio. Con un atizador le dio un diablazo y lo dejó marcado. ¡Quién sabe cuantas atrocidades hicieron en la cocina: rompieron la olla del agua, echaron la mesa patas arriba y quebraron toditos los trastes! Cuando llegó la Matilde que estaba en la troje con algunos hombres heridos, el Macario había huido dejando un rastro de sangre. Nadie pudo alcanzarlo, nadie metió las manos siquiera.

 

O’Leary se levantó para caminar algunos pasos. Hasta ahora comprendía cabalmente lo que significaba Macario Pacheco para todos ellos, hasta para él mismo. El arriero lo miró de hito en hito.

 

-¿No lo supiste vos? –preguntó.

-No supe nada –respondió seco y cortante. El arriero volvió el rostro al fuego y se entretuvo haciendo crepitar los leños. O’Leary se acercó hasta él y arrodillándose a su lado le urgió.

 

-¿Y que pasó después?

- El Macario se escurrió de las manos como el mismo diablo. Nadie supo más de él hasta que ya en Veracruz, un día, Cayetano se dio a maliciar que algún cochino traidor enseñaba a los yanquis de Walker las veredas para caer a los poblados o sobre los escondites de las guerrillas y se dio a seguirle los pasos con cautela. En Santa Clara ya los tenía en las manos, si no hubiera sido porque Juvencio, el gachupincito que es una criatura sin experiencia, disparo el arma y se sembró la confusión. Y allí, cara a cara se vieron Cayetano Uribe y el Macario Pacheco…, ¿para que preguntar más?

-Malhaya… -exclamó O’Leary apretando los puños-. ¿Por qué Cayetano Uribe no lo mató antes cuando el quiso abusar de Constancia?

 

-El arriero le miró sorprendido; parecía extraña aquella actitud del colorado, irritada y anhelante.

 

-¿Por qué? ¡Dios sabe!

-¿Y por qué no lo mató allí, en Santa Clara?

-Porque a Macario parece que lo protege el diablo… -respondió el arriero santiguándose-. Y lo que es peor: parece que Walker se lo mandó a Scott bien recomendado para que lo ponga en la lista de la contraguerrilla poblana. ¡Buena guerra van a darnos estos…! –y soltó la injuria con reprimida cólera-. ¡De todos ellos no dejaría uno sin la soga al cuello!

 

-No son hombres… -dijo, como si de pronto toda su cólera se ahogara en una rabia sorda, turbia, que le mordiera el alma a tarascadas furiosas.

 

El arriero se levantó también; el raído poncho rozó la tierra húmeda.

 

-Cualquier desconfianza es poca –murmuró.

 

El aullido del coyote se escuchó a lo lejos como un lamento, una lechuza cantó en la rama y un coro de grillos salmodió un De profundis.

 

-Hay que reposar un rato…, la jornada de mañana es ya la última…, y yo me vuelvo –dijo el arriero.

 

-No tengo sueño, gracias. Yo velaré el resto de la noche; no despierte al centinela en turno… -dijo Juan.

 

Poco rato después. O’Leary estaba solo, tan solo que sintió frio.

 

-Es el relente – se dijo removiendo la hoguera.

 

Pero era un frio intenso y desolado. Le invadía una sensación de disgusto, le irritaba que Constancia no hubiera mencionado aquel desagradable incidente y  le molestaba haberlo sabido por otra boca y tan lejos de ella.

 

Era esa hora pesada en la que la noche empieza a ceder su paso al día y toda la desconsolación de los seres abandonados aplasta sobre su espíritu; es la hora de los insomnios y las pesadillas. Muy lejana, una tormenta rasgaba el vientre de las nubes y ponía en el cielo extraños reflejos azules y vibrantes. Un retumbo, y la tormenta desgajada bajaba por la sierra, tempestuosa y desencadenada. ¿Qué haría Constancia a esa hora? Tal vez saliera al portal y mirara a lo lejos, en su eterna  espera. Quería encontrarla en su corazón, porque sentía que la ausencia comenzaba a desdibujarle el rostro amado.

 

 -¿Por qué nunca me dijo nada? –se preguntaba una y otra vez para responderse como los hombres de las llanuras lo hacían siempre: ¡Sabe!... Y le parecía sentir sobre su pecho en la tierra de Constancia mientras encerraba toda su pesadumbre en unas cuantas palabras.

 

-se ha ido…

 

Y pensó que él tampoco había dicho a Constancia  nada de su atormentada juventud, ni había mencionado siquiera el nombre de Deirdre, ni le había hablado de aquella hija a la que no conocía, ni había dicho tampoco que cuando el destino le puso entre sus manos, él no era de los colorados del San Patricio. ¡Y ella empezó a amarme por ellos! –se dijo-. ¡Qué de extraño tenía entonces que hubiera guardado silencio sobre algo que la humillaba y sobre un hombre al que no amaba!

 

Muy altas, las nubes del amanecer tomaban tintes metálicos y palidecían los luceros en la aurora; lenta y siniestra giraba arriba de las cumbres la negra corona de los buitres.

 

Los hombres comenzaban a desperezarse y O´Leary, de cara hacia la aurora, permanecía absorto en sus pensamientos. De pronto, alguien gritó con voz apretada de horror:

 

-¡Miren… allí!

 

Bajo el árbol se balanceaba el cuerpo de un ahorcado. Su horripilante aspecto causaba miedo y asco.

 

-¡Cuando dije que aquí penaban las ánimas benditas…! –dijo el arriero, persignándose.

 

-¡Haber velado sin ver al difunto! –dijo otro.

 

Se apresuraron los arreos, tiraron con  prisa de las bestias y ensillaron los caballos bajo el espectro de aquella pesadilla que el viento movía en horribles contorsiones.

 

-Lo bajaremos –dijo O’Leary.

 

Los hombres le miraron asistiendo.

 

-Hoy por él –dijo uno- para que alguien entierre a nosotros también mañana, si nos toca la de perder…

 

Un fornido joven subió a la rama y brazos potentes recibieron el cuerpo. El rostro tumefacto y los ojos saltados eran horrorosos, la lengua colgante tenía estrías de sangre. O’Leary le echó un pañuelo sobre el rostro y se arrodilló. Los demás le imitaron rezaron una breve oración por el difunto.

 

En un momento quedó cavada la sepultura y el cuerpo bajo la tierra envuelta en un raído capote. Las ramas de un árbol le hicieron la cruz, atada con una correa.

 

-En paz descanse… -dijo el arriero santiguándose.

 

-¿Quién sería?..., ¿qué habría echo? ¿fue justicia o venganza? –peguntó el viejo.

 

O’Leary se encogió los hombros.

 

-¿Hay alguna diferencia? –preguntó. El fin es sólo un monton de tierra y el olvido después…

 

El arriero le tendió la mano diciéndole:

 

-Adiós colorado. Si no volvemos a vernos en esta vida, sabe que me llamo Remigio Salazar.

 

-Adiós…

 

Las manos rudas se separaron; los hombres también. La guerrilla volvió grupas y emprendió el camino monte arriba.

 

O´Leary miró hacia la tierra recién removida por última vez.

 

Había velado el sueño sin sueños de un desconocido. ¡cuantos como él habría por los caminos de México, cuántos más sobre las tierras de Irlanda!

 

Y el hombre sueña en la justicia, en el amor y en la paz y vive debatiéndose entre el odio y la ambición: y todo acaba en un puñado de tierra, de ceniza triste. El justo y el pecador, el que ama y el que odia tienen señalado el único camino al que no han de escapar jamás. ¿De qué vientre de mujer ha nacido el hombre que no ha de morir nunca?

 

Oh Dios –se dijo-, si tan solo por un momento el hombre midiera la magnitud de su maldad, si por un momento pensara que el fin de uno es el mismo fin de todos, no destruiría su propia vida ni la de su prójimo. Pero nadie piensa en la muerte, ni siquiera aquellos que la llevan a la espalda y que de tanto llevarla la olvidan.

 

Ya los hombres bajaban la cuesta arreando las bestias. El sol era tibio y la mañana azul. La corona negra revoloteaba en busca de su presa y abajo el rio golpeaba contra las rocas profundas de la cañada. Más allá, el camino de herradura y los toques de los clarines y caballos.

 

O’Leary volvió la mirada a la montaña. No había ya guerrilleros y en ninguna rama se detenía la muerte. Trepando, el camino se perdía en la sierra como una herida.

 

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Comentarios Batallon de San Patricio. Capitulo 16

Excelente.

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