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Batallon de San Patricio. Capitulo 14

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Capitulo 14

 

 

El sucio juego

 

De Xalapa a Puebla había partido Scout sin que Santa Anna pudiera detenerle. Todas las disposiciones del general-presidente, los acuerdos tomados por sus ingenieros y ayudantes de campo, eran poco después retirados sin explicación alguna que pudiera justificarlas; esto creaba desorientación y desorden entre los jefes y oficiales del Ejercito del Norte, que comenzaban a retirarse de sus posiciones en Veracruz para replegarse hacia Puebla.

 

El famoso manifiesto de Scout, profusamente publicado, respondía a un hábil plan para dividir al pueblo del gobierno aprovechando las coyunturas que para ello le daba el descontento al general y la discrepancia entre los partidarismos y enconos públicos.

 

Los acontecimientos se desarrollaban con insólita rapidez. Un parte americano avisaba: "Nopalucan, mayo 12 de 1847: el infrascrito general Worth avisa que, obedeciendo ordenes de su superior, el mayor general en jefe del ejercito de la unión en la mañana del 15 que rige, con la fuerza a su mando, tomará posesión militarmente de la ciudad de Puebla".

 

Y de nuevo el turbio juego de Santa Anna de salir a combatir buscando sitio propicio para entablar batalla, y de nuevo su fracaso al convertirse de perseguidor en perseguido. Al llegar a Puebla le recibió el clamor popular pidiéndole armas para combatir al invasor.

 

La entrada de los americanos en Puebla se revistió de solemnidad diplomática al ir el propio general Worth a visitar al obispo, quien devolvió su visita media hora más tarde y fue recibido con los honores correspondientes a un general.

 

El Ejercito del Norte recibía ordenes y contraordenes, marchando por veredas lodosas y arrastrando consigo la maltrecha artillería. En Xalapa se organizaba violentamente el ejecito de oriente, con soldados bisoños, mientras los oficiales juramentados escapaban para presentarse de nuevo en sus filas. Algunos, hechos prisioneros o denunciados por "traidores", fueron pasados por las armas. Los yanquis miraban con despecho la deserción de sus filas que iba a engrosar la de los colorados del San Patricio, cuyo renombre hacía palidecer de cólera a Winfield Scout.

 

Pronto pudo descubrirse que, una vez en Puebla, las tropas mercenarias habían vencido sus contratos y Scout se vio precisado a licenciarlas y devolverlas a los Estados Unidos.

 

Las contraguerrillas del capitan Walter, sin embargo, obraban y saqueaban impunemente los poblados y las haciendas.

 

Durante su estancia en Puebla, Scout realizó una maniobrta que vino a dejar muy mal parado su prestigio militar, al adiestrar reclusos de la penitenciaria en una contraguerrilla de cuatrocientos hombres de la peor ralea, todos ellos convictos de robos y asesinatos. Denominados como la comañía de espías -spy Company- estos sujetos fueron de valiosa utilidad para el invasor, toda vez que le ponían al tanto de los movimientos de las tropas, denunciaban a los oficiales y soldados juramentados y acechaban a las guerrillas. Vestían estos individuos lujosamente el traje de charro con ostentosas botonaduras de plata y las comandaba un tal Domínguez y otro tal Aria, que era un zapatero francés. En esta forma Winfield Scout quiso demostrar             que él también contaba con un cuerpo de voluntarios nacionales, y varias veces hizo comparaciones entre su compañía de espías y los colorados del San Patricio.

 

La noticia no tardó en tener alas y volar hasta los escondites de la sierra veracruzana.

 

La guerrilla de Cayetano Uribe seguía empeñada en sorprender a los de Walter en sus fechorías.

 

-Ya se enseñaremos al general Scout cómo se hacen justicia los mexicanos -había dicho Cayetano.

 

-Malicias de viejo -comentaba con Juvencio, al que comenzaba a querer como a un hijo-. ¡Qué quieres, estos ojos han visto mucho y mi pobre estomago está asqueado de tanta porquería! ¡Qué vergüenza que los hijos vean este mundo que les han heredado sus padres!

 

Juvencio era una criatura extraña, callada y solitaria; se diría que no desaparecía de sus sueños la imagen sacrificada de su padre y se arrimaba al viejo Cayetano que, huraño y adusto, juntaba su soledad con la del mozo.

 

-¿Quién lo diría?..., nunca se habían mirado antes, ni se conocían siquiera -decía Enésimo al verlos tan estrechamente unidos, como padre e hijo.

 

Y en aquel terreno donde se había establecido una guerra a muerte, florecía la amistad.

 

-¡Un hijo de gachupín con uno que había sido enemigo implacable y feroz de los realistas!

 

-Pero eso  fue allá..., hace años. Todavía Juvencio no nacía -explico Cayetano ala irónica frase de enésimo.

 

-No, tampoco nacía la Constancia... y quien te iba a decir los encuentros que da la vida. En tierra extraña, con un hijo de gachupín como hijo tuyo; y tu hija comprometida con un extranjero que no es español. ¿Y crees que vale una guerra todo esto?

 

-¿Y yo qué culpa tengo? El irlandés esta en lo justo. Los pueblos y los hombres tienen su destino.

 

-No somos nosotros los que nacimos odiando -dijo el compadre-. ¡Así nos enseñaron..., nos lo legaron los viejos!

 

-Había esclavitud y labor de sangre, y muy disparejo todo entre el pobre y el rico, pero todos éramos cristianos -respondió Cayetano, luego suspiró son pesar y dijo-: yo creo que ya ni cristianos somos.

 

Se habían establecido en lo alto de un loma, dominando el caserío de Santa Clara abajo, bañando por luz de luna. El centinela vigilaba el camino, el río distante que parecía una ancha cinta de plata. Las luces de las casas se habían apagado y Santa Clara se durmió arrebujada de luna.

 

La gente dormía y Cayetano volvió sus ojos para ver a Juvencio, el pálido rostro sobre el oscuro poncho se destacaba como una medalla, a veces el delgado pecho se elevaba como en un suspiro.

 

-Nunca ha disparado un arma -dijo.

-Espera que la dispare -respondió Enésimo-. ¡Se hará como nosotros!

-¿Y qué somos nosotros, compadre? -preguntó Cayetano.

 

Enésimo guardo silencio. Sus ojos de campesino viejo adivinaban el campo, reconocían las sombras, los ruidos. Cayetano había maliciado algo.

 

-Hay gente al otro lado del río -dijo en voz muy queda-. Despierta a los hombres.

 

Poco a poco se reunieron sin ruido. La aldea dormía confiada y el viejo soldado le velaba el sueño. Ladró un perro cerca del río y pareció que se movieron las ramas de los árboles. Era un parecer no más... pero el perro avisaba la presencia de desconocidos.

 

Montaron rápidamente sobre los caballos, pero permanecieron en silencio, al asecho. Todos estaban listos, anhelantes, espantado el sueño que había pesado sobre sus parpados después de largas noches de vela.

 

De la orilla del río se desprendió un hombre que avanzó cautelosamente. Vestía el traje de chinaco y había dejado el caballo atado de un palo. Atrás de él aparecieron otros, vestidos con el uniforme oscuro de los yanquis.

 

-Debemos caerles..., pero que no nos sientan siquiera -ordenó Cayetano-. Vamos a rodear el caserío y los atrapamos. Tú compadre, te harás cargo de los caballos para impedir la huida. ¡Cada uno un hombre! ¿Entendidos?

 

Le respondieron con una señal.

 

Comenzaron a bajar la cuesta tan callados, que nada turbaba el silencio. El perro dejo de ladrar y las sombras desaparecieron como fantasmas untados a los muros.

 

Se oyó un silbido. A Cayetano le pareció reconocerlo. ¿Dónde, en que parte se lo había escuchado? ¡Suposiciones! -se dijo.

 

Sus hombres rodearon el pueblo. Seguramente Enésimo se acercaba al río para quedarse cuidando los caballos. Si el golpe iba bien, el capitán Walter no volvería a sembrar el terror en poblaciones indefensas, ni se fusilaría más a un inocente.

 

-¡Esta vez las pagas condenado! -dijo Cayetano.

 

A su lado, erguido sobre el caballo, Juvencio murmuró con voz opaca.

 

-Tengo miedo...

 

Cayetano se detuvo un momento y le miró. El hombre desaparecía bajo el rostro aniñado; los ojos grandemente abiertos demostraban su terror, las manos temblaban con las riendas entre los dedos. Cayetano acercó su bestia a la de Juvencio y colocó su mano sobre las del muchacho. Las sintió heladas, le miró a los ojos y dijo en voz baja:

 

-Guárdame el secreto. ¡Yo también tengo miedo!

 

Y lo decía de verdad.

 

Juvencio se enderezó entonces, la luz de la luna le iluminó el rostro pailido que sonreía forzado, como una mueca, tenso los músculos del cuello, seca la boca. Llevó la mano hacia el fusil y lo tomó con extraña resolución. Iban a jugarse el todo por el todo, ¡ al fin para morir nacimos! Y creyó ver tendido sobre el suelo el cuerpo ensangrentado de su padre.

 

Los pobladores del rancho parecían no darse cuenta del peligro que corrían. En el palo de una casa gritó un loro y en los árboles se agitaban los pájaros. Un gallo cantó en un corral..., y después todo se hundió otra vez en silencio.

 

-Dejamos los caballos -ordenó Cayetano apeándose. Ricardo y otros obedecieron-. ¡Que nadie dispare hasta que los tengamos copados!

 

E adelantaron por las calles de tierra suelta.

 

De pronto una sombra azul se adelanto hacia la prefectura del municipio, atrás de ella, otra avanzó para guarecerse en la puerta de la troje del ingenio.

 

Los hombres de Cayetano se parapetaron en la esquina. Juvencio tomó con resolución el arma y paso en tierra la rodilla. Sus ojos distinguían con claridad un bulto oscuro que avanzo de pronto hacia el centro de la calle. La mano infantil apretó el gatillo y reprodujo el disparo. El hombre cayo de bruces, con los brazos abiertos y dando un alarido espantoso. Juvencio sintió que su cuerpo se quedaba sin sangre. Un frió extraño le entro por los dedos y una corriente helada se le fue por el cuerpo, como un rió. Le temblaban las manos y el cuerpo, y tuvo ganas de vomitar; la mano de Cayetano se apoyó en su hombro pero no le reprocho nada, al verlo al verlo tan abatido le limpio el arma.

 

Había desobedecido, y por su causa, los hombres de Walter avisados, iniciaban el tiroteo y hacían a los de Cayetano volver a sus posiciones.

 

Juvencio se recostó contra el muro y le pareció que ardía; la boca seca le sabia a polvo, a sangre, a humo...

 

De la orilla del río llegaron mas hombres que ayudaron a sus compañeros a huir protegiéndoles la fuga. Algunos iban heridos, otros quedaron muertos con la cara sobre la tierra húmeda de las callejas. De las ventanas entornadas se escuchaban gritos, imprecaciones y jaculatorias. La campana comenzó a tocar a rebato. La mañana, como tallada en plata, se asomaba por lo alto de la sierra.

A la incierta claridad, Cayetano reconoció a uno de los fugitivos. El rostro altanero tenia una cicatriz que le marcaba. Se miraron frente a frente durante un segundo..., después un vértigo de fuego le arrastró.

 

-Macario Pacheco, hijo de...- gritó pero la ira le ahogo la voz.

 

Juvencio tenía de nuevo el arma entre las manos y apuntó. Aquel hombre tenía un llamado de infierno, un eco diabólico que había persistido en sus oídos y en sus sueños; era el mismo rostro que había visto el día en que los yanquis asesinaron a su padre..., ¡no podía ser otro! La mano no temblaba, el frió de su sangre iba convirtiéndose en una llama que había de abrasarlo en odio.

 

Y ahora que su mano no temblaba, erró el tiro.

 

Los hombres de Walter desaparecían furtivamente perseguidos por los guerrilleros de Cayetano Uribe que estaban a la orilla del pueblo. La ancha cinta del río ya no era de plata; el agua turbia tenia rastros de sangre y fuego.

 

La troje de Santa Clara estaba ardiendo. La gente abrió sus puertas y los gritos y la confusión arrastraron a Juvencio y a Cayetano hasta el incendio. No había medios para combatirlo. Algunos hombres comenzaban a demoler el grueso muro para ahogar las llamas, otros venían del rió con ramas de árboles para sofocarlo. Nadie había advertido cuando se inicio el siniestro. Las llamas se retorcían y se levantaban sobre los tejados, volaban como diablos y se abrazaban a los techos de las casas, algunas chozas estaban ardiendo en las orillas.

 

Los guerrilleros  soltaron las armas y trataron de ayudar, pero todo era inútil.

 

Al medio DIA, agotados y sudorosos, miraron con tristeza las ruinas calcinadas de la troje. Algunos jacales habían ardido y la gente se reunía en el atrio de la parroquia. Los llantos de los niños y los aullidos de los perros eran un macabro concierto. Las mujeres parecían de piedra, sentadas sobre el piso, cubiertas con los rebozos bajo la ancha sombra de los fresnos. No tenían palabras ni lagrimas. Eran imágenes desamparadas y hurañas bajo el sol.

 

Ricardo había tratado de atender a los heridos, entre ellos había un yanqui con una bala que le había clareado el vientre y que se quejaba dolorosamente. El joven miraba aquel despojo con más lástima que rabia.

 

-Podría matarlo... -se dijo.

 

Pero no lo hizo.

 

Improvisaron unas angarillas y lo levantaron.

 

-¿A dónde lo llevan? -preguntó el comisario.

 

-A donde pueda hablar con alguien que le entienda y nos dé cuenta de todo lo que ha hecho -respondió Cayetano.

 

En algún poblado cercano debería de estar desatada una guerrilla con gente mas letrada que la suya. El padre Jarauta o el padre Martinez..., ellos sabrían lo que debería hacerse.

 

Emprendieron la marcha. El fuego había  chamuscado las ramas de los árboles y el hollín había tiznado los rostros de los hombres. Santa Clara había visto arder sin salvación lo que habría sido el pan y el rescate de los suyos en un momento dado.

 

Enésimo se acerco a ellos. Había perseguido a la contraguerrilla porque creyó reconocer a alguno.

 

Tenía el rostro demudado por la cólera:

 

-¡Yo lo vide compadre!...

-Yo también... -le respondió con voz seca.

 

Una vez  más su corazón no le había engañado.

 

Cayetano marchaba dominado por una confusa sensación de humillación y vergüenza, de odio y despecho contra el mismo por no haberse tomado justicia esa misma tarde en la que Matilde le contara lo ocurrido. Vengado el agravio sufrido por su hija hubiera salvado a su patria de un gusano miserable.

 

Nada podría tranquilizarle, jamás tendría reposo. Esa inquietud sería suficiente para condenar su alma hasta lograr que un día el cuerpo de Macario Pacheco, podrido entre las ramas de cualquier árbol, fuera despojo hediondo de buitres.

 

Le escocían los ojos y llevaba la garganta como plomo ardiendo. Ya había volcado para desahogarse todos os epítetos que conocía y su lengua y su rencor no se saciaban.

 

El odio le zumbaba  en los oídos como la voz del mismo diablo; le apretaba e pecho como sui sus garras estuvieran clavadas en su corazón y en sus entrañas y sentía que su carne se abría como si se la hubieran rajado a latigazos.

 

¡Oh, su odio iinsaciado, su cólera trunca, su ira impotente! ¿Hubiera querido ser como la troje de Santa Clara, una hornaza donde se acrisolara todo hasta consumirse  y perderse en la nada, rescoldo del odio y de la pesadumbre despechada!

 

-¿Oh Dios..., ten piedad de mi! -exclamó mientras por sus curtidas mejillas rodaron dos lagrimas de fuego.. La voz resera gimió impotente: ¿Alíviame de este odio!

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Comentarios Batallon de San Patricio. Capitulo 14

Buah que bueno, me tiro un buen rato leyendolo, pero merece la pena.
brasil brasil 17/03/2009 a las 09:42
Apenas hace poco que lo empeze a leer y la verdad que me encanto
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