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Batallon de San Patricio. Capitulo 13

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Capitulo 13

 

Los Polkos

 

Las tropas que pelearon en La Angostura abandonaron San Luis. Eran largas filas de hombres en desbandada, hambrientos y enfermos, a quienes aquella "gloriosa derrota" había enfermado del cuerpo y alma.

 

Los jefes del ejército, disgustados entre sí fueron victimas de la cólera de Santa Anna que culpó a todos del fracaso. El único limpio era él, que había ordenado la retirada.

 

Regresó violentamente a la capital, donde debería resolver grandes conflictos. Desde  Querétaro reañadieron a su comitiva los nombres que por el momento se sentían fuertes contra Gómez Farías, causa de los disturbios.

 

México engalano sus calles y se deshojaron flores al paso de don Antonio; desde los balcones, las damas sonreían al "vencedor"; las campanas de los templos se echaron a vuelo. De pronto, como por arte de magia, La Angostura era triunfo, no una "gloriosa derrota".

 

Para reprimir el descontento, que culminó en rebelión, don Antonio quitó a Gómez Farías la presidencia y con esa providencia se calmaron los ánimos y se logró otro préstamo del clero.

 

La enloquecida ciudad parecía ignorar la dolorosa verdad. Los Polkos, que no habían disparado un solo tiro contra el invasor se convertían en héroes; el Ejercito del Norte, que había sangrado y padecido heridas y miseria, no eran sino hombres derrotados que llegaban a la ciudad ignorantes de su destino.

 

Zacarías Taylor invadía el territorio y en Veracruz, Winfield Scout, jefe de la segunda expedición desembarcó sin que nadie pudiera impedírselo.

 

Tras un intenso bombardeo, los cónsules de varias naciones presentaron bandera blanca y pidieron al invasor que permitiera la salida de la población civil; Scout no admitía tregua: la ciudad, o se rendía incondicionalmente o sería arrasada. Sin ayuda de la capital, dado que la revolución de los Polkos había impedido envío de armas y refuerzos, las tropas derrotadas entregaron sus armas con lágrimas en los ojos, y ante la atónita mirada de la población civil, abandonaron el puerto. Era el 1ª de abril de 1847.

 

Don Antonio había jurado por novena vez la Presidencia, pero urgido por el estado de guerra, dejó el gobierno en manos de don Pedro María Anaya y partió hacia Veracruz "no para repeler la invasión, lo que parece imposible, sino para evitar siquiera que los yanquis entren en México con el arma al brazo".

 

A la aridez de la llanura, siguieron las calidas y feraces tierras.

 

Con desesperación los hombres al mando del ingeniero Robles trataron de fortificar Cerro Gordo, donde el General-Presidente había determinado presentar combate. De nada sirvieron hechos aislados de valor temerario que no pudieron contener el avance. Ciriaco Vázquez y sus hombres cavaron su propia tumba en el Cerro del Telégrafo, árido y escarpado, a un lado de la cañada de Cerro Gordo.

 

"Si el enemigo avanza un paso más, la independencia nacional se hundirá en los abismos del pasado", proclamó don Antonio López de Santa Anna en uno de sus ardientes manifiestos dirigidos a su pueblo.

 

Winfield Scout, en su parte presentado a Washington en el que informaba de su victoria, llamó la atención sobre esta frase y agregó: "Ya hemos dado ese paso".

 

A Cerro Gordo siguió Xalapa, donde una vez ocupada la ciudad, se obligó a las tropas y oficiales mexicanos a juramentarse.

 

El avance de Scout parecía una marcha triunfal, cuando de pronto hicieron su aparición las temibles guerrillas. Eran hombres aguerridos y sin miedo que no daban punto de reposo a los invasores sin que les arredrara lo caluroso del clima, lo escarpado de las cañadas y lo abrupto de las montañas.

 

Tan duras fueron las represalias de las guerrillas que merodeaban por los poblados y caminos por donde vivían o pasaban tropas yanquis, que Scout se vio precisado a dictar un bando por el cual condenaba a todos los municipios a pagar a prorrata "los despojos hechos por los facciosos" y especificaba claramente que cualquier americano muerto sería vengado haciendo rápida justicia.

 

El 11 de mayo Winfield Scout publicó en perfecto castellano un manifiesto en el que avisaba a que sus tropas se ponían en marcha sobre Puebla y expresaba su deseo de paz, al mismo tiempo que decidía seguir la guerra "si no se llegaba a los resultados satisfactorios".

 

"Nosotros -decía el manifiesto- no hemos profanado vuestros templos ni abusado de vuestras mujeres; ni ocupado vuestra propiedad; lo decidimos con orgullo y lo acreditamos con nuestros propios obispos y curas de Tampico, Tuxpan, Matamoros, monterrey, Veracruz y Xalapa; con todos los religiosos y autoridades civiles y vecinos de los pueblos ocupados. Nosotros adoramos al mismo Dios, y gran parte de nuestro ejercito, así como la población de los Estados Unidos, somos católicos, como nosotros; castigaremos el delito donde quiera que le hallemos y premiaremos  el merito y la virtud. El ejercito de los Estados Unidos respeta y respetará siempre la propiedad particular de toda clase y la propiedad de la Iglesia mexicana y ¡desgraciado aquél así no lo hiciese donde nosotros estemos!".

 

La gente de Cayetano Uribe había pasado a Veracruz, donde se le necesitaba. Eran hombres que sabían pelear, cautos y astutos, honrados y cabales bajo la dura mano de su jefe.

 

El manifiesto de Scout circuló profusamente entre la templada gente de las guerrillas, algunas de ellas al mando de sacerdote y curas del clero bajo, que, así como en la independencia, permanecían a lado de su pueblo. La flama del padre Domeco de Jarauta, catalán recién llegado de Cuba y de pintoresca  vida, así como la del cura don José Antonio Martinez había llegado hasta las filas del invasor. Ellos no se contarían entre los curas y los frailes que podían testimoniar "el respeto a la propiedad particular y de la iglesia" que proclamaba Winfield Scout.

 

Los pequeños poblados, las rancherías enclavadas en la sierra, los ingenios y las haciendas, eran refugio seguro para las guerrillas.

 

Cayetano y los suyos escuchaban atentos la lectura que de tal documento les hacía Ricardo Gutiérrez, un muchacho del lugar que se les había añadido y que, para colmar las referencias que pudiera presentar, sabía leer y escribir de corrido.

 

Los hombres escuchaban con rostro sombrío, el arma descansando sobre la tierra suelta de la pulpería de don Juvencio, el gachupín del pueblo que había escapado a la ex'pulsion del 33 que tantas lagrimas costó.

 

Los hombres de la guerrilla escuchaban atentos; la voz de Ricardo podía escucharse sin que la distrajera un movimiento o una exclamación. Algunos hombres del pueblo estaban allí, con el machete colgado al cinto. Eran trabajadores de los ingenios, y sin el arma se sentían desnudos. El machete era medio de vida y defensa de las víboras en los cañaverales. Ricardo levantó la vista y miró a Cayetano que tenía las crispadas las manos en el arma.

 

-... ¡y desgraciado aquél que así no lo hiciere donde nosotros estemos!

 

 

Los hombres se miraron entre si mientras Ricardo continuo la lectura del manifiesto, que mas adelante indicaba "que los Estados Unidos tenían el deber de conservar y proteger al gobierno liberal mexicano establecido bajo la influencia norteamericana" y hacía hincapié en que "nunca podríamos consentir que México se viera así gobernado por un príncipe extranjero".

 

Ricardo doblo la hoja, rodeada del mismo silencio que había reinado en la tienda; sobre el mostrador, las copas habían quedado servidas y nadie las había tocado.

 

-Eso es todo -dijo.

-¿No quieren dejarnos en paz, eh? -Comentó Cayetano que recargo el arma sobre el mostrador-. ¿No hicimos ya la independencia?

 

-Hay algo aquí que no me gusta, compadre... -dijo Onésino tomando su copa entre los dedos.

 

-A mi todo junto no degusta -comentó Cayetano-. Mira que venir a contarnos que respetan la propiedad particular, ¿no es la Republica propiedad de todos nosotros? Y decirnos que son católicos, ¿por qué combaten entonces contra nosotros, que somos católicos? ¡Esto es engaño!, compadre... ¡Mentira! Nada más que mentira, ¡ si lo sabremos nosotros! Jamás el vencedor ha tenido misericordia del vencido. Yo vide a don José María Morelos, que en paz descanse, acuchillar gachupines en los pueblos de la costa brava después que le mataron al cura Matamoros y a Tata Gildo. No era un hombre; era el mismo diablo poseído de furor y de rabia. Y te juro que lloraba con lágrimas que deben de haberle abrazado el alma..., porque era un hombre bueno y devoto y era cura de almas ¡Que no nos cuenten los yanquis que son mejores que don José María!

 

-¿Por qué vamos a creerles no más porque escriben sus cosas en papeles? -comentó Enésimo-. ¡La verdad es otra, la verdad la estamos padeciendo todos nosotros!

 

De pronto se escuchó un tiro aislado y un grito desafiante. Los hombres se miraron y Juvencio se asomó a la puerta. El sol de la mañana iluminaba las calles solitarias de Coatepec aromadas del perfume de los cafetales. Si acaso algún perro vagabundo o alguna gallina hurgaban sobre la tierra suelta.

 

Los hombres ya tenían las armas en las manos, el oído alerta.

 

Un tropel de caballos avanzaba; los jinetes disparaban las armas y gritaban como salvajes.

 

La copa en manos de Enésimo, se rompió sobre la tosca madera del mostrador.

 

La campana de la parroquia tocó a rebato. El tiroteo se generalizó. Cayetano y sus hombres montaron de prisa en sus cabalgaduras y cogieron calle adelante hasta la plaza. La gente huía de  sus hogares para refugiarse en sitio seguro. En el desorden de la cabalgata levantaba en vilo mujeres que se llevaba a las grupas.

 

A la puerta de la parroquia se había congregado la gente que miraba anonadada regados por el suelo los milagros y las joyas de los santos.

 

Algunas casas comenzaron a arder.

 

Cayetano y los suyos, apenas repuestos del asombro, se dieron a correr tras los bandoleros.

 

La persecución fue inútil. Arriba, en la montaña entre la tupida selva de la sierra, se perdieron las huellas, y rumiando su coraje regresaron al pueblo, a la parroquia, pero al pasar por la tienda de Juvencio, lo encontraron asesinado, rodeado de os suyos que lloraban. El hijo mayor tenía las manos cruzadas y miraba el rostro mortalmente pálido de su madre que sollozaba.

 

-¿Los alcanzaron? -preguntó alguien.

 

Cayetano movió la cabeza negando con furia impotente.

 

-Parece que se los trago la tierra. ¡Que alguien nos acompañe, los traeremos y haremos justicia! No necesitamos que los yanquis lo hagan por nosotros.

 

-Iré con ustedes -dijo el hijo de Juvencio, que era un adolescente apenas-. ¡Conozco la cañada!

 

 

La gente se había congregado y todo era confusion y desorden.

 

-Así caen estos malditos -dijo alguien.

-¿Qué gente es?

-Yo alcancé a verlos -dijo el hijo de Juvencio con voz entrecortada-. ¡Eran yanquis!

 

-¿yanquis? ¿Cómo pueden conocer la sierra? -preguntó Cayetano, pensando violentamente en la rápida desaparición de los forajidos en la selva.

 

-No se como pueden conocerla, pero eran yanquis. Los vi, les mire los ojos desteñidos, los oí hablar esa jerigonza que el diablo les entiende.

 

El joven había montado ya y esperaba con una fieradesicion las ordenes de Cayetano.

 

-¿Conoces la sierra? -preguntó enésimo.

-como la palma de mis manos -respondió.

 

La madre parecía no darse cuenta de lo que ocurría, absorta en la sorpresa dolorosa de la muerte de su marido. Sus gemidos se escuchaban entre la voz que llamaba a Juvencio con ternura. De pronto levantó los ojos y miró a su hijo, montando al lado de los guerrilleros.

 

-¿Qué vas a hacer, hijo mío? -le preguntó.

-A buscar a los asesino de mi padre -dijo resuelto.

-¡No, hijo, no! -clamó ella desesperada-. Eres un niño... ¡van a matarte!           

 

-Va con hombres, señora -dijo Cayetano, y mirando al hijo del difunto, su aire resuelto, su rostro pálido con los labios apretados y firmes, añadió-: ¡Es también un hombre, todo un hombre!

 

Se acercó a él y puso su mano brevemente sobre el joven. Una extraña ternura le invadió; pensó en Constancia, en todos los hombres y mujeres jóvenes que Vivian sacudidos por la violencia y el infortunio, pensó que así como en la independencia, era injusto todo lo que ocurría en su propia patria. Le dolía esa juventud atormentada y confusa, como la que había vivido.

 

-Vamos -dijo-. ¡Adelante!

 

Los hombres echaron a caminar por las calles donde ahora solo había gente llorosa y lamentaciones de madres que gemían por las hijas raptadas y por sus hombres heridos o muertos.

 

-Malditos..., malditos... -balbuceaba Enésimo entre cervantescas interjecciones, de pronto se detuvo y preguntó-: ¿Y si fueron bandoleros mexicanos?

 

Ricardo intervino entonces.

 

-Ellos no atacan en esta forma. Caen por sorpresa sobre trojes o haciendas o sobre las conductas y las diligencias... ¡Estoy seguro de que estos eran yanquis! Juvencio tiene razón. Nadie pudo ser sino ellos...

 

Salieron del pueblo callados y sombríos. El camino angosto y húmedo se levantaba como una señal cortada en la montaña.

 

-Han de estar lejos... -dijo Juvencio-, ¡pero por daremos con ellos, como ser hijo de mi padre!

 

-Daremos con ellos, muchacho..., y cobraremos cara la vida de tu padre -exclamó Cayetano. Y se hundieron en un silencio huraño. La selva toda trasudaba peligro. Caminaron todo el día y acamparon al anochecer. Armaron el real al amparo de una cueva en la cañada. Juvencio los llevaba por  atajos escondidos, y los caballos acostumbrados a la llanura, perdían el tanteo del piso. ¡Qué ese mundo al suyo, tendido y ancho bajo el sol!, pensó Cayetano. El fuego del vivac le encendió los ojos ardorosos.

 

-¿Sabe, compadre? -dijo mirando a Enésimo-. ¡Ella es la que me duele..., y todas las mujeres como ella, las que son de carne de nuestra carne y sangre de nuestra sangre1, ¿Por qué hemos de dejar que caigan en malas manos?

 

Enésimo no  respondió. Todavía miraba los ojos del muerto, claros como manantiales de agua con todo el sol bebiéndose la vida, y oía los sollozos de la viuda, y el rebato de las campanas, y os gritos de las mujeres. No pudo más y se levanto como si las brasas le ardieran en la sangre

 

-Mal rayo los parta -dijo.

 

Juvencio había hundido la cabeza entre las rodillas, sentado sobre el piso; parecía mas niño, indefenso casi. Más allá de los hombres comenzaban a echarse sobre el piso, tendiendo los pochos para defenderse de la humedad que transudaban las rocas de la cueva. Abajo, el río daba tumbos y rugía como fiera encadenada. Ricardo atizó el rescoldo y se levanto  la llama.

 

-Y pensar que se nos fueron de las manos -dijo.

-¿Quién iba a saberlo? De pronto creí que era una gavilla, o gente de guerra que entraba a pedir refuerzos. Hasta aquí no había visto antes los pies de un yanqui.

 

Todos guardaron silencio y se miraron; hasta Juvencio levantó el rostro y sus ojos reflejaron el fuego de la hoguera.

 

-Alguien les enseña el camino -dijo.

-Cabal -respondió Enésimo-. ¡Algún traidor esta con ellos!

 

-Pues a dar con él -dijo Cayetano.

-Alguna de tantas veredas debe llevar a su guarida -dijo Juvencio.

 

-No -respondió Ricardo-. Alguita de tantas veredas debe llevarnos a donde caigan, ellos no tienen punto fijo donde dormir, de hacerlo, están en los cuarteles de Scout; más bien creo que siguen el sistema de nuestras guerrillas...

 

-Justo; así debe ser -aclaró Cayetano. Había quedado pensativo. Ricardo tenía razon, guerrillas y contra guerrillas, a las que sin duda alguna se habían unido a las gavillas de merodeadores que asaltaban poblaciones indefensas y saqueaban las trojes de las haciendas. Caro habría de cobrárselo a todos aquellos que estaban convirtiendo Veracruz en una ancha cinta de odio y fuego. Había que llevar un propio con razones para las guerrillas del padre Jarauta y las del padre Martinez, ellos se pondrían en contacto con los hombres de Rebolledo y los de rea. Era necesario ponerles una trampa y hacerlos caer en ella a toda costa. Las guerrillas no eran don Antonio López de Santa Anna.

 

Cayetano relevó al centinela y quedo allí, solitario frente a la noche, abismado en el recuerdo de Constancia. A la hora del alba, se le unieron Enésimo y Ricardo.

 

-No ha dormido nada, jefe... - reprochó cordialmente el joven.

-¿Quién va a dormir? -dijo Cayetano desentumiéndose os brazos y las piernas encogidos-. ¡No me ha dejado el recuerdo de Constancia! ¡Con lo que vide allá abajo, nomás pienso en ella! ¿Por qué no la saque de San Lorenzo y la lleve a un sitio seguro? -se reprochó-. ¡Ahora ya es tarde! No puedo ir hasta allá y me atormenta pensar que algo pueda sucederle...

 

Enésimo replico:

 

-Ella sabe valerse sola, compadre. Bien que lo demostró ya.

 

Cayetano sintió como si le hubieran golpeado la cara con la mano abierta. Todo su odio se le encendió de nuevo, toda su ansia de venganza se le endureció en un momento. Ricardo le miró asustado.

 

-¿Conoces a Macario Pacheco? -preguntó el jefe

-¡Que voy a conocerlo!

-Cabal, pero si algún día se cruza en tu camino avísame. ¡Tengo una cuenta que cobrarle!

 

-Pues se la cobro yo -dijo Ricardo resueltamente.

A ese nadie lo toca -dijo Cayetano enseñando sus manos sobre el rescoldo de la hoguera-. ¡Estas manos han de hacerse justicia!

 

-Ya lo oyeron -dijo Enésimo-. ¡A ese valedor nadie le pone la mano encima!

 

Hervía el café y oían las tortillas calentadas al fuego en las brazas. La mano de Cayetano se apoyo sobre el hombro de Juvencio. Su perfil blanco y pálido se recortaba contra el verde follaje de la selva. El joven le miró a los ojos y los dos se comprendieron.

 

-Tal vez hacemos mal -dijo Cayetano suspirando-.Ya una vez en Palma Sola, una mujer me lo dijo, somos nosotros los que clamamos venganza, no es la guerra. ¡Nos olvidamos de ella para ir tras de lo nuestro, y hacemos mal Juvencio!

 

El muchacho distrajo su mirada en las brasas que pisoteaba la bota de campana del  compadre Enésimo.

 

-¡Menos mal que lo tuyo está comprometido con los yanquis, menos mal que tu podrás tomar desquite contra extraños! Yo tendré que hacerlo contra uno de mi raza.

 

Y escupió con desprecio entre el rescoldo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Comentarios Batallon de San Patricio. Capitulo 13

Felicidades Alberto!!! Por retomar la publicación de esta obra, te ayudaremos a difundirla, y con ella a difundir el mérito para ti

Muchas gracias!!!

Tu amigo Hugo 
Hugo, de Batallón SP Hugo, de Batallón SP 20/06/2011 a las 17:52

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