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Batallon de San Patricio. Capitulo 12

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su falta de comentarios aumentan mi desinteres por seguir escribiendo....

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Capitulo 12

 

Los Colorados

 

El general Romero le miró sin sorpresa. Al principio, cuando comenzaron a presentarse los primeros voluntarios, había abrigado enorme desconfianza. Aquellos hombres a quienes el color de la piel y los cabellos habían dado pie al remoquete con que se les conocía, los colorados, eran gente extraña. Venían de un bando victorioso y en cuyo ejercito cobraban puntualmente sus sueldos y tenían además, la oportunidad de ganarse ascensos y medallas y la gratitud de los Estados Unidos. ¿Qué impulso les llevaba a pasarse a las filas mexicanas?

Cuando el general presidente reconoció a las compañías de San Patricio como miembros oficiales del ejército nacional, había dictado órdenes para que a todo irlandés se le ofrecieran trescientos acres de buena tierra, una cantidad en efectivo y, además, el fusil que se les entregaría, pero esa oferta había sido echa cuando ya existía un buen numero de hombres que formaban dos compañías. Las proclamas fervorosas y patrióticas que se hacía circular profusamente entre ellos haciendo un llamado a su conciencia, habían sido también escritas después de la formación de esos grupos que llevaban mas de seis meses de haber prometido lealtad a México. ¿Podía considerarse que les atraía simplemente una romántica aventura? Las deserciones del invasor eran numerosas, pero no todos abrasaban la causa de México; en ambos bandos se desertabas para aumentar las gavillas de bandoleros que dañaban a las poblaciones civiles tanto o más que la guerra. Lo singular en el caso de los colorados era que sus filas aumentaban mientras mayores eran las victorias del enemigo. Mirando a O'Leary, pensó en aquellos soldados que. Frente a las bayonetas mexicanas, clamaron piedad con rosarios en la mano.

-¿Estuvo en la Angostura? -preguntó secamente.

-No, señor. Cayetano Uribe me recogió gravemente herido en el desfiladero de piñones y me llevo a su casa. Apenas estoy repuesto de las heridas.

-¿Y sabes también que los hombres del San Patricio pelean también con la soga al cuello? El congreso de la unión ha decretado la pena de muerte a todo hombre que sea capturado.

O'Leary lo ignoraba, era natural que así ocurriera. En embargo, los colorados ciertamente no pertenecían al ejercito invasor. Habían sido reclutados y se consideraban engañados, según se lo había relatado Dennis Conahan.

Juan hizo un gesto afirmativo y respondió:

-Lo acepto todo, señor, tal como es.

El general le miró de nuevo, pero esta vez hubo en sus ojos una expresión amable; tocó la campanilla que había sobre su escritorio y se presentó un asistente, mientras Juan firmaba en el libro de registro con su nombre y escribió su nacionalidad. Allí, en la larga lista en la que figuraban en aplastante mayoría los irlandeses, había también nombres alemanes y polacos. ¡Todos arrastrados a la misma suerte!

Dennis estaba esperándole en el claustro, un pequeño conventico luminoso y alegre donde los frailes hospedaban a los soldados, que estaban atareados en reparar calzado, en zurcir algunas ropas y en limpiar las armas. Muchos ojos le siguieron los pasos a lo largo del corredor, otros disimularon su curiosidad, afanándose en su tarea y algunos ni le advirtieron, ocupados en jugar a las cartas o en acompañar una vieja canción que cantaban a coro. Estos eran los heridos, que reposaban sobre el suelo sus cuerpos exhaustos y sus miembros vendados.

-Cuatro mil bajas, entre muertos y heridos -dio Dennis mientras cruzaban por entre los grupos-. ¡La muerte tuvo magnifica cosecha!

En un extremo del corredor, Juan O'Reilly charlaba con sus hombres. Había sido nombrado comandante  del Batallón de San Patricio y  fue el primer voluntario. Hecho prisionero, desde los comienzos de la guerra, por los soldados de Ampudia cuando en marzo de 1846, después de innumeras provocaciones por parte de Taylor a las tropas mexicanas, los invasores lanzaron contra  el fuerte de Santa Isabel. La heroica y desesperada defensa de la población civil que quemó la pólvora e incendió sus casas y se echó al camino con sus criaturas, habían desgarrado el velo del engaño.

No eran bárbaros quienes así defendían su patria y sus hogares; no eran bárbaros aquellas mujeres que ayudaban a sus hombres a evacuar el Fuerte, que había sido un hogar común, un reducto contra la apachería; no podía ser bárbaros una población civil indefensa.

De fácil palabra, Juan O'Reilly había inútilmente tratado de convencer a los soldados mexicanos de la nobleza de sus intenciones, pero cuando a la caída de Matamoros se presentaron cuarenta irlandeses y cuatro esclavos negros "para abrazar voluntariamente la causa de México", los jefes mexicanos comenzaron a creer en la sinceridad de su actitud.

Era el antiguo llamado por la justicia y la libertad que volvía a hablarles en las voces adormecidas de su sangre; era la tristeza de las ciudades incendiadas, la furia del saqueo, la defensa de los débiles en una suicida valentía; era la voz de Dios que se hacía oír sobre las llamas que destruían templos y hogares, la suprema Voz que hablaba todavía mas alto que el estampido de los cañones. Era el eco rebelde, latente siempre en el recuerdo de la isla lejana, escarnecida y humillada. Así fue como los débiles se unieron a los débiles en el sagrado derecho de la libertad. Allí estaba de nuevo la lucha sagrada que ellos creyeron terminada al abandonar su patria y que ahora salía a su paso y aclaraba la mentira y el engaño que los había arrastrado a tan sangrienta e injusta aventura.

Hombres jóvenes y llenos de esperanzas; viejos cansados de guerrear inútilmente, ignorantes y burdos, cristianos al fin de buena cepa que no permitían engaño a su conciencia. ¡¡Era cruel haber sabido en busca de esa tierra prometida y volver a encontrar el ultraje y el despojo de hacerlo suyo nuevamente!

O'Reilly le miró a los ojos, le sonrió y le habló en su lengua. Juan O'Leary sintió que se estremecían las ultimas fibras de sus ser. ¡Qué contrasentido escuchar al otro lado del mundo su propio idioma y tratar su propia gente!

-¿Sabes pelear? -preguntó.

-No he hecho otra cosa en mi vida -respondió.

La niñez campesina y solitaria parecía borrarse en su memoria. Después de todo, Dominick O'Flymm había sido un soldado a carta cabal.

O'Reilly rió, y con el sus compañeros.

-¡Uno más muchachos! ¡Un colorado más para el San Patricio.

Sus palabras fueron seguidas por un grito de triunfo y los que cantaban, que parecían ajenos al tumulto, iniciaron su canto de guerra: La lavandera irlandesa, sin faltar algunos que, sin gaita, iniciaron los bruscos movimientos de una alegre jiga.

-No hay ropa que ofrecerte -dijo O'Reilly señalando los uniformes sucios y desgarrados de sus hombres. Tal vez algún día seamos un cuerpo decente en el ejercito, después de todo tienes una bonita camisa- dijo señalando la de manta, que las propias manos de constancia le habían echo-, y con tu ropa de chinaco bien puedes pasar por guerrillero.

Varios hombres habían rodeado a O'Leary y le hablaban con entusiasmo. Todos querían saber al mismo tiempo cuál era su condado y dónde había guerreado. O'Reilly hizo un ademán de orden y dijo:

-Esta tarde juren bandera los nuevos... -y se volvió particularmente a Juan para decirle-: Vas a oír algo que no habías escuchado antes. Descansa, porque saldremos mañana mismo para México. No hay tiempo que perder, Veracruz está amenazada y la jornada es larga.

Dennis Conaban le llevó afuera, a la plaza del Carmen, donde un sol de oro besaba la dorada cantera de la maravillosa fachada. Juan se recreo los ojos y el espíritu contemplándola.

-Me hubiera gustado conocer este país en sus tiempos de paz -dijo-. ¡Los hombres que labraron estas piedras deben haber sido buenos cristianos!

-Nunca había visto semejante alarde -convino Dennis-. ¿Te acuerdas de España? Yo la siento aquí, pero distinta. Menos austera, menos atormentada, pero no menos piadosa.

Juan no respondió. Le bastaba mirar ese encaje exquisitamente trabajado donde los santos y los ángeles habían echo un paraíso de piedra.

-Nosotros no tenemos iglesias como ésta- dijo.

-San Patricio dijo "que los hombres espirituales nunca pueden perder más que deseando bienes temporales, y hasta un libro es para ellos demasiado si se le quiere inmoderadamente".

O'Leary sonrió. Dennis era muy versado en asuntos religiosos y en la historia de erin, porque había sido hombre de letras formando en uno de los más prósperos monasterios de España.

-Nunca te pregunté en España por qué abandonaste las órdenes religiosas; me gustaría saberlo, pero si no lo deseas, olvida que te lo he preguntado.

Dennis guardo breve silencio y comentó:

-No me importa decírtelo a ti, que lo comprenderías. Tal vez por eso he recordado a San Patricio; si no fue comprendido por Roma en su tiempo, cuando su palabra estaba viva y su ejemplo era como una zarza ardiendo. Sigo creyendo firmemente lo que él dijo: hasta un libro es demasiado si se le quiere inmoderadamente.

Y señaló la grandeza el templo, más hermoso mientras el sol iba resaltando con sombras las armonías de su conjunto.

-Pero la iglesia ha sido almacigo del arte -replicó Juan.

-No lo niego. Gracias a la iglesia se han edificado templos de increíble belleza; en ellos está la Casa del Señor, ¡pero no crees que hay demasiado apego a las cosas terrenas?  Estamos viviendo aquí en México lo que sucede cuando hay inmoderado amor por los bienes temporales! La época de los misioneros, de los evangelizadores, pasó ya desgraciadamente

-¿Y no podrías haber sido tú uno de ellos?

Dennis sonrió con tristeza.

-hay un momento en el que el hombre se mira a si mismo y se tiene lástima. _Su infinita pequeñez se pierde ante la grandeza divina. No es sencillo aspirar a la santidad, y yo soy sólo un hombre cualquiera.

Se levantó como si ya no quisiera hablar más de sí mismo. En la plaza se agrupaban soldados que se disponían a salir. En la Almeda cercana se escuchaba el relinchar de los caballos y los toques de los clarines. Una columna se ponía en marcha. Las noticias recibidas de Veracruz eran alarmantes. México debería disponer de todos sus hombres para esperar al invasor en el nuevo frente de batalla. Tal vez tuviera un poco más de fortuna y lograra rechazarlo definitivamente.

Cuando volvieron al claustro  los hombres esperaban el rancho. Una enorme olla humeaba en el naguan. Los frailes habían compartido no solamente su casa, sino participaban de su comida a las compañías de San Patricio. Era un solo platillo, pero caliente.

Juan pensó una vez más en Constancia, le parecía verla moviéndose libremente por su cocina, atizando l0os leños del hogar, echando las tortillas y moliendo la salsa picante, esa con la que los mexicanos dicen que si no hay salsa no hay comida. ¡que lejos parecía estar ya! Un presentimiento le avisaba que Constancia pertenecería ya sólo a sus recuerdos.

Por la tarde se presentaron los hombres a jurar bandera en la iglesia del Carmen. Un pequeño grupo respondió afirmativamente a la pregunta del sacerdote, después

 Juan O'Reilly les hizo repetir en su propio idioma el juramento que prestaban a la causa:

"Señor Dios Omnipotente: no permitas que me aparte de esta causa que acepto con toda mi voluntad, con todas mis fuerzas y toda mi fe. Ayúdame a respetarla y a sacrificarme por ella en memoria de aquella que hemos dejado más allá del mar; ayúdame también a conservar mi fe en la hora de la adversidad, porque Cristo está más allá de todas las miserias y tu divinidad es dueña del poder y de la gloria. Serás Tú nuestro guía y el sostén en nuestras flaquezas. Así sea".

Era imponente escuchar de nuevo el idioma nativo en las voces de los hombres poseídos de la solemnidad de la promesa jurada. Una intensa emoción turbó el animo de O'Leary arrodillado frente al mágico retablo que adquiría extraños fulgores a la luz de los crios que lo iluminaban. Una sensación de paz y de abandono se adueño de él y un profundo sentimiento de piedad le invadió los sentidos. La mística heredada de los suyos parecía acrecentarse en su corazón en ese templo de  excepcional hermosura. Su mirada absorta se detenía en los detalles de la piedra policromada, se recreaba en el color dorado de la cantera moldeada con amor, como si toda aquella fuera una alabanza al Ser Supremo, y pensó en lo inútil de todas las vanidades humanas, en el vano esfuerzo del hombre por seguir quimeras y sueños que parecen, mientras la obra de manos anónimas perdura en el tiempo. Y comprendió entonces a Dennis Conaban, y sintió la impaciencia humana frente al hombre mismo. Su fatalismo le llevaba irremediablemente hacia un camino inseguro y sombrío. ¿Qué más podía hacer sino aceptarlo ya que no había sido otra cosa que un paria en su patria y en la ajena? ¿Que le había llevado a luchar siempre contra toda esperanza? ¿Dónde, en que lugar estaba la paz, la libertad y la justicia por la que habían combatido por los siglos de los siglos las criaturas que eran hechura de Dios a su imagen y semejanza?

Todos y cada uno de ellos  no eran sino hombres dispersos sobre la tierra; cada uno, una huella de dolor y sacrificio, una esperanza en recomenzar una vida que jamás había comenzado verdaderamente...

Siempre repetir la misma historia, la eterna lucha contra el poderío y la injusticia desde que un hombre se constituyó en verdugo de sus semejantes.

Se reunió a la salida con Dennis, que le esperaba a la puerta de la iglesia.

Había caído la noche y en la ancha plazoleta, alumbraba apenas por hachones de ocote, se podía mirar un cielo limpio iluminado de constelaciones. Los relieves de la fachada desaparecían en las sombras, y todo el encanto se esfumaba y quedaba una masa negra confundida en las tinieblas.

De entre los grupos se oía el rasgueo de una vihuela mientras un guerrillero cantaba. Debería tener intención malicia en la copla, porque un coro derivas festejó al cantante.

¿Cómo podían reír aquellos hombres si habían dejado tras de si un campo de batalla sembrado de cadáveres? ¿Cómo podían cantar si la muerte afilaba su guadaña a sus espaldas?

Juan y Dennis sorprendieron algunas parejas en los rincones. En ellas estaba el amor desesperado y violento; un amor sin mañana.

Una Voz potente y bien timbrada, inició una canción que era un lamento:

¡Ay muerte,

no seas inhumana!

¡Déjame vivir mañana!

 

Se le unieron otras más, que eran ásperas y rudas, pero que se estremecían ante un mañana funesto.

Se escucho el clarín tocando a silencio, y una quietud sofocante y llena de presagios lo llenó todo mientras las campanas dieron el toque de queda.

Fueron apagándose los pasos y las voces. En la plaza sobre el duro piso, tendieron sus jergones los bravos guerrilleros. Frente a la hoguera, los centinelas taladraban con sus ojos las sombras.

Juan O'Leary se sentó y hundió su cabeza en las rodillas. Estaba cansado y triste; una desolada nostalgia de Constancia le abrumaba.  Ahora comprendía cuánto la amaba; en ella estaban reunidos los cariños y esperanzas de toda su vida; aquellos que truncó la adversidad y que solamente fueron una ráfaga de dicha. En ella estaba resumido todo.

A pesar de su tristeza, el sueño comenzó a apoderarse de él y se dejo caer al piso, sin sentir su dureza y su frialdad. Ese túnel oscuro le llevaría al descanso y podría conducirle a sus quimeras, a sus ensueños.

¡De quien es el mañana?

Lo último que alcanzo a ver, fue la figura erguida del centinela, iluminada por la hoguera del vivac. Un hombre que junto a él sorbía una jarra de café, llevaba el pecho descubierto y se alcanzaba a ver el brillo de una medalla. Instintivamente tomo la suya y la tomo entre los dedos.

Deirdre... Constancia... el principio y el fin.

Y se dejo llevar, sin fuerzas ni voluntad, por las veredas del sueño.

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solo comenten y ya, es como una forma de saber qeu leen esto =) sino sabre qeu le estoy enseñando esto al viendo virtual....

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Comentarios Batallon de San Patricio. Capitulo 12

:P grax x escribir este libro!!
es muy bueno y me estas ayudando con mi tarea jeje


am..me podrias decir cuantos capitulos son???.
muxas grax x responder

bye!!
sonia 02/01/2009 a las 11:08
Te agradezco mucho por ayudarme con éste libro.... No sabes cómo ha sido importante tu transcripción....

GRACIAS y por favor sigue.....

Yadira
Yadira Yadira 19/01/2009 a las 23:35
bueno..hay mucha gente que desea que sigas..adelante.
trabajo trabajo 04/02/2009 a las 19:32
muy interesante sigue escribiendo es la primera vez que encontre estos articulos y la verdad muy bien
fernando balderas ca fernando balderas ca 24/06/2009 a las 09:31
GRACIAS POR TU TRABAJO, CREO QUE HAY MAS PERSONAS QUE LEEN ETO A PESAR DE QUE NO COMENTEN, PUES YO ME ENTERE DE ESTO EN OTRO SITIO, Y POR ESO ESTOY AQUI. SOY FIRME ADMIRADOR DE LOS COLORADOS. Y UN MEXICANO QUE ESPERA QUE ALGUN DIA SE HAGA JUSTICIA PUES POR LEY, EL CORRER DEL TIEMPO NO DA POR LEGITIMO UN ROBO.  JAMAS!! DE NUEVO GRACIAS POR TU BLOG.
JAIME JAIME 09/08/2009 a las 19:58
NUEVAMENTE GRACIAS, POR CONTRIBUIR A TU MANERA, PARA QUE LA ESCENCIA DE LA VERDAD SEA RECORDADA. TE IMAGINAS CUANTOS PODRAN LEER LO QUE TU ECRIBES ,AL PASO DEL TIEMPO, CUANTOS TE HABRAN LEEIDO DENTRO DE   20 AÑOS, Y CUANTOS PASARAN ESTA INFORMACION MAS DELANTE??  POR FAVOR NO DEJES DE SER ESA CADENA ENTRE EL HOY Y EL MAÑANA!!!!
JAIME JAIME 09/08/2009 a las 20:06
Muchas gracias, no te preocupes, si no lo ve mucha gente,  desgraciadamente estamos perdiendo  interes en los valores.
Gerardo Gerardo 21/09/2009 a las 00:53
alberto eres un gran ser humano por el trabajo que te has tomado de compartir lo que tienes ,ese es un gran gesto de grandeza.
NO me explico porque no deseas seguir escribiendo eso seria limitarte y dejar de compartir,no te superdites a lo que los demas digamos solo deja fluir lo que tienes

y gracias por compartir tengo 41 años  y me encanto tu blog ,trabajo en educacion abierta en INEA y creeme que tu trabajo me ha NUTRIDO EL ALMA MI CORREO ES    lely_gil@yahoo.com
ALEYDA ALEYDA 14/03/2010 a las 17:57
Me gusta bastante el libro no se si se pueda hacer una publicacion en acrobata reder. Me gustaria este tipo de lecturas en los libros de educacion primaria y secundaria y si  se pueda despertar el interes de la sep para incluirlos en sus libros y los niños se sientan mas patriotas ya que sus libros carecen de informacion
David martinez herna David martinez herna 31/03/2010 a las 02:20
¿Alguien puede decirme cuando se publicó esta novela?
Benjamín Benjamín 23/07/2010 a las 04:02
Hasta aquí, no he podido alejarme del libro... te agradezco tanto el esfuerzo que hiciste...
Patricia Aq Patricia Aq 04/04/2012 a las 02:24

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